N° 1803 - 12 al 18 de Febrero de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“¿Y esta mina quién es?”, le dijo Peter Sarsgaard a Brian Cox en la presentación neoyorquina de la serie The Slap. Cuando se enteraron de que era su compañera de elenco Uma Thurman, deben haber puesto el saludo y las palabras en Piloto Automático Posición Extrema. La actriz, del mismo modo en que una chica luce un modelo en la pasarela, presentó su nuevo rostro: irreconocible. No es Uma Thurman. Imaginen al viejo Cox con unos tragos encima. Seguro que bebía y se agarraba la cabeza, bebía y se agarraba la cabeza, y otra vez lo mismo. O capaz que fue al baño y estuvo quince minutos riéndose por la relación costo-beneficio, el viejo Cox, que fue Agamenón y el primer Hannibal Lecter y que manejó boliches terminales y conoce de mundo.
Ahora hay que barajar y dar de nuevo. Entiendo las cirugías cuando te rompieron la cara, cuando la edad es muy avanzada y la vejez te arruinó. Pero a los 45 años y con esa belleza intacta... El cirujano responsable debe estar en estos momentos en Afganistán.
Las fotos, las películas y todos los registros gráficos hasta aquí muestran a una persona que ya no está: tan irreversible como la muerte. La nueva Uma tiene en común con aquella divina: las huellas digitales, el nombre y el apellido, el tono de voz y la altura. Y nada más. Porque el rostro no es solo el rostro: es la identidad.
Me da escalofríos la situación. Uma recién operada, envuelta en vendas como el hombre invisible, quitándoselas de a poco, pidiendo un espejo, contemplando su imagen, haciendo silencio. Y luego el estallido. El viejo tópico de la bella ante la imagen que se parte o de la bruja que por desmedida ambición lo pierde todo. Puedo ver el living de su casa, los portarretratos hechos pedazos, los vidrios y las fotos en el piso, la mesa con una cantidad de antidepresivos desparramados, el silencio de los hijos que no la reconocen, el silencio de todos los que están a su alrededor. Otra historia amarga para Hollywood, para que la filme Cronenberg.
Uma, cuya belleza era más que suficiente y cuyo talento sumado a esa belleza era una combinación tremenda, como lo demostró con Lars von Trier en Nymphomaniac: diez minutos de una actuación desesperada, trágica, imponente, que deberemos recortar como la última con SU rostro. Ahora no sabemos quién es.
Como el viejo Cox, me voy a tomar una o unas cuantas copas viendo de nuevo Pulp Fiction, Kill Bill, Una mujer para dos (Mad Dog and Glory) y Las aventuras del Barón Munchausen. Sí, es casi una necrológica.