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El escenario es Pinares, un balneario poco poblado donde solo algunos vecinos tienen teléfono y el único centro de reunión es el club social. Allí vive un joven que carga con un dolor muy profundo, que se llama Dante, un nombre que está muy acorde con su gusto por las llamas, por eso algunos le dicen Dante Infierno. Pero esta no es una historia sobre incendios, sino sobre adolescentes que conviven con la violencia y también con el amor en un balneario en pleno cambio. La novia del incendiario (Alfaguara, Serie Roja) es también una novela de misterio, porque los bosques de Pinares encierran sus secretos. Su autor es Sebastián Pedrozo (Montevideo,1977), un escritor difícil de encasillar porque ha escrito libros infantiles, juveniles y para adultos. El primero lo publicó en 2007, pero para él su carrera de escritor comenzó con su oficio de maestro, cuando comenzó a contarles historias a sus alumnos. Eso fue en el 2003 y desde entonces ha enseñado en todos los grados de Primaria, incluso en preescolares, porque está especializado en Educación Inicial. Hijo de obreros textiles, Pedrozo se crió en un hogar de Colón, donde la cultura, el libro y el arte eran valorados, y piensa que de allí le vino su vocación docente. Ahora da clases en un cuarto año de una escuela en Ciudad de la Costa. Y vive, como su protagonista, en El Pinar. Sobre su última novela mantuvo la siguiente entrevista con Búsqueda.
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—Enseño literatura infantil a estudiantes de Formación Docente y es muy rica la discusión que se da sobre ese punto, porque ni siquiera yo estoy seguro de que deba existir esa categorización. Tiendo a pensar que lo que hay son temas que le pueden interesar más a niños que a adultos. He escrito poesía, teatro, narrativa y nunca mi forma de escribir se condicionó por la edad del lector, en cuanto a lo que voy a contar. Primero veo los temas y después busco el narrador y la forma de contarlos. ¿Por qué “La novia del incendiario” es juvenil? Bueno, tal vez porque le hinqué el diente a temas que les atraen más a los jóvenes, como el misterio o el vínculo amoroso más naïf, pero no me lo propuse de antemano como una novela juvenil. Como es una novela sobre jóvenes, naturalmente la editorial la ubica para ese público.
—¿El público adolescente es el más difícil de conquistar?
—Hoy la lectura tiene su pico más alto en la escuela, cuando los niños están en cuarto o quinto año. A esa edad leen mucho y ese entusiasmo llega hasta los primeros años de liceo, después empieza a caer. No creo que los jóvenes dejen de leer, sino que están bombardeados por muchos estímulos y ponen al libro en otro lugar. Me recuerdo como liceal y mi vida era una meseta, salvo por algún deporte o el estudio de inglés. Había tiempo para el ocio creativo y para aburrirse, pero también había falta de información. Yo vivía en Colón y no me llegaban muchos libros o películas, y nunca me visitaron escritores en mi escuela.
—El protagonista de la novela es un incendiario, ¿surgió de alguien real?
—Yo fui un incendiario durante mucho tiempo. Estaba siempre echando cosas al fuego en un gran quemador que había en mi casa. Era una adicción muy fuerte, casi inexplicable, que solo se me fue porque me agarré una congestión, seguramente porque salía del calor fuerte de mi casa al frío a buscar madera para quemar. Me pasé meses en cama sin poder respirar. Ese impulso que tenía por las llamas fue el que utilicé en la historia. El personaje sufre la pérdida de su madre y comienza a quemar. Pero no es un piromaníaco. La diferencia es que el piromaníaco ve el incendio como una obra de arte. Por eso muchas veces se queda a ayudar a apagarlo y saca fotos y las manda al canal de televisión. En el último incendio grande que hubo en la costa, descubrieron que el incendiario estaba entre los voluntarios que ayudaron a los bomberos. Eso es más complejo. Mi personaje no lo es tanto, pero tiene fascinación por el fuego, que es también mi fascinación.
—La novela trata sobre temas típicamente adolescentes. ¿Cómo se hace para abordarlos sin caer en lugares comunes?
—Esa es la lucha que más agota. Lo que hice fue tomar todo lo que consideraba natural en los jóvenes y escribirlo. Hubo cosas que me rechinaron y las corté, pero enseguida te das cuenta cuando hay un lugar común. El error es pensar que se puede ser original describiendo a dos chiquilines de 17 años que se están besando. La situación tiene que ser creíble y honesta. Por otra parte, todos somos parecidos a la hora de querer, de tener miedo o de sentirnos solos.
—El protagonista tiene un dolor muy profundo por la muerte de su madre. ¿Fue otro tema difícil de tratar?
—La pérdida de un ser querido siempre aparece en algún momento en mis historias. En este libro explica por qué el personaje tiene sus problemas con el fuego. La pérdida del personaje está relacionada con la muerte de mi padre. Fue el evento que a los 20 años cambió mi vida y mi estructura mental. Lo puedo decir ahora, tantos libros después. Creo que todo lo que tiene que ver con mi personalidad aparece en los libros, y a través de ellos puedo aprender mucho de mí. La literatura me ha dado la posibilidad de reinventarme. En esta novela volví a temas que ya había tratado lateralmente en otros libros: el enojo de un adolescente frente a la pérdida de un ser querido, la fascinación por la naturaleza y la situación personal de un amigo que sufrió violencia y discriminación por ser diferente. Esa situación me dio el puntapié para el personaje de Mateo. En la vida real esa discriminación es más triste que en la novela. Quienes la sufren están tan golpeados que la única forma de salir adelante es desconfiar y cerrarse, entonces no se dejan ayudar. De eso también quería hablar.
—Es una historia sin celulares ni tecnología. ¿Fue a propósito?
—Eso me trajo problemas con la editora, que me decía: ¿Adolescentes sin celulares ni computadoras? Yo no quería que la historia tuviera una época determinada. En todo caso, que fuera 30 años hacia atrás. La pregunta es: ¿Les puede interesar a los jóvenes una historia que trata sobre ellos sin celular? Y bueno, hay que apostar a que sí. Eso me permitió sacarme de encima todo lo que fuera tecnología, incluso música, que a mí me gusta mucho incorporar en mis libros, para centrarme en los afectos y en la historia. Entonces quedaron los personajes descarnados. Quise dar la sensación de un barrio en cambio, en proceso, que empieza a recibir gente nueva. Si lo ubicaba en la actualidad hubiera sido otro libro.
—Roald Dahl es uno de sus autores preferidos, ¿por qué?
—Dahl es la demostración que se puede escribir sobre cualquier tema, pero sin subestimar al lector. Él pensaba que los autores que decían que escribían para ellos eran unos farsantes, que eso de escribir para uno no existía. Tuvo una vida impresionante como piloto de guerra y en África, y todo eso decantó en sus libros con una imaginación desbocada. Es un gran innovador en la literatura. Tiene cuentos en los que los personajes son todos malos e historias policiales perfectas. Escribía sin pretensiones y tuvo un éxito moderado, para todo lo magistral que fue. A la hora de escribir lo tengo más presente que a ningún otro escritor.