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    Jugar con fuego

    En noviembre de 1995 defendí mi tesis doctoral en la Universidad de Lund, Suecia, sobre relaciones internacionales en la agitada Europa de los 30. Quizás por haberme dedicado durante años a cuestiones que trenzaban comercio exterior con política de seguridad, y por mis contactos en el sur del continente, el vicecanciller sueco me propuso coordinar una conferencia internacional llamada “The Baltic and Mediterranean Sea Regions: Security and Development After the End of the Cold War”.

    Durante meses me dediqué a tejer una red con personas involucradas en los procesos de decisión de la política exterior de los gobiernos europeos, logrando la participación de 32 representantes de 13 países. La conferencia se llevó a cabo en el Instituto de Política Exterior, en Estocolmo, del 24 al 26 de octubre de 1996: había pasado casi exactamente un año desde la defensa de mi tesis doctoral.

    Esta experiencia fue suficiente (y más también…) para que decidiera volver con urgencia a la investigación histórica y abandonara todo tipo de actividades relacionadas con política de seguridad.

    En aquel entonces, Boris Yeltsin pasaba de una borrachera monumental a un ataque de algo más o menos grave que lo mantenía postrado por varios días. Eso generaba un peligroso vacío de poder. En la sombra acechaba la figura del temido y duro general Alexander Lebed, el hombre de cara ancha y voz ronca que sostenía a Yeltsin en su lugar (cosas de la historia: el moribundo Yeltsin sobrevivió y el fornido Lebed murió a los 52 años, víctima de un misterioso accidente de helicóptero).

    La idea general en la Europa francesa y subalpina en ese momento era que Moscú, al no existir la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia, ya no representaba una amenaza. Pero en Escandinavia y en el Báltico se sabía que las fuerzas armadas rusas habían pasado por un proceso doble, siendo disminuidas en lo cuantitativo pero reforzadas en lo cualitativo. El oso ruso seguía siendo un peligro.

    El objetivo de la conferencia que me tocó organizar era demostrar la vigencia del peligro ruso y la necesidad de que la Unión Europea aumentase el presupuesto común de defensa también en el Báltico.

    Pero vuelvo a lo ya dicho: el contacto cotidiano con varios policy makers (“fabricantes de política” es una pésima traducción) me convenció que el estrés en el que viven sumergidos quienes trabajan con la política de seguridad a la larga iba a masacrar mi salud. Cada mañana tenía que devorar todas las noticias que iban llegando, procesarlas, medirlas, pesarlas y digerirlas, para saber qué poner en los memorandos y qué pasos dar. A las 24 horas, muchas de esas noticias ya estaban olvidadas, pues se derretían como manteca al sol.

    Ahora bien, si ese era un problema personal mío, más grave era que ese estrés, esa urgencia imperativa que el constante suceder de los hechos imponía en el ámbito de la política de seguridad, hacía que quienes tomaban las decisiones perdieran totalmente la perspectiva histórica. No tenían tiempo para ir a los archivos y analizar las novedades de los últimos minutos a la luz del pasado histórico.

    Me dí cuenta de que varios de los presentes en dicha conferencia no eran del todo conscientes de que el conflicto entre griegos y turcos era “eterno” y, por ende, le daban al incesante “cacareo” entre Atenas y Ankara un peso que no tenía, mientras que pasaban por alto mutaciones fundamentales y de alto peligro potencial en otras relaciones.

    Terminada la conferencia en el clásico ambiente de camaradería que suele cultivarse en esas circunstancias, logré volver a la década del ‘30 como coordinador de un proyecto sueco-hispano (“Suecia y España a través de los tiempos: imágenes y realidad”) que duró casi cuatro años y me permitió publicar dos libros y una docena de artículos. Si un día me sentía un poco engripado podía tranquilamente quedarme en la cama, sin por ello temer que Franco o los republicanos tomasen un paso que cambiase el rumbo de la guerra civil.

    Pienso mucho en estas cosas cuando leo ciertas declaraciones de gente que tiene el poder de decisión, que forma opinión y maneja los mecanismos que impulsan el proceso hacia un lado o hacia otro.

    Cuando veo el frío, metódico y calculado accionar de Moscú en Ucrania, basado en 700 años de aspiraciones imperiales moscovitas, y las a menudo disparatadas reacciones que ese accionar despierta en Occidente, imagino cientos de reuniones entre personas muy estresadas, despojadas de perspectiva histórica y condicionadas por necesidades concretas, grandes o pequeñas (asegurar la llegada del gas ruso, no perder votos en una inminente elección, no quedar mal parados frente a la opinión pública, aspirar a quedar bien con Obama y con Putin a la vez sin que nadie se dé cuenta del doble juego…).

    Los historiadores del futuro, con paciencia, sabrán sacarle jugo a estas cosas. Nuestros políticos, por el contrario, no ven el bosque pues tienen el árbol en la punta de las narices.