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    Karma oriental

    Para los recién llegados de un viaje, la vivencia de Montevideo tiene por lo general lugares comunes: impacta la mugre, el caos urbanístico, el amasijo de bellas casas antiguas contiguas a edificios flamantes y horrorosos. También, hay que explicitarlo, genera un gran bienestar la visión de la Rambla, el follaje de los plátanos y el verdor general que surge en cada canterito espontáneamente, en esta agraciada tierra fértil que recibe lluvias.

    No obstante, el momento crítico se hace tangible al subir, por primera vez en mucho tiempo, al transporte urbano.

    La situación abominable top, al volver de países ordenados, sería subir a un ómnibus repleto a la hora pico. Ganado humano sudando y pisándose con aire de culpa. Pero no. Mi primera vez, luego del paréntesis del viaje, fue tomar un bus que acababa de salir. Vacío.

    ¡Oh, qué bien!

    No tan así: los asientos hervían; había estado el vehículo cerrado bajo el sol de enero. Mis nalgas protestaban; al final decidí sentarme y esperar que mi cuerpo se adaptara.

    Es domingo y sube un papá con su hijito. Me encanta detectar papás que, si bien se han divorciado de su cónyuge, cumplen rigurosamente con su patria potestad. En este caso es un papá blanco con un hijito negro.

    De pronto escucho que el guarda les habla mal. Les pide la cédula. ¿Qué sucede? Los domingos los menores de 12 años no pagan. El chiquito tendrá 5 años, pero el guarda es riguroso: tiene que pagar boleto porque no lleva consigo la cédula. Pienso en una norma concebida seguramente para un caso de ambigüedad. ¿Quién desea aplicarla absurdamente con tanto celo?

    Me detengo a mirar al guarda tan obediente de las leyes. Es un muchacho que lleva musculosa. En Uruguay, los obreros del transporte no llevan uniforme como en otros países, ya lo sé: pero esto es fuerte. Lo sorprendente de este guarda son sus tatuajes. Múltiples, constituyen un verdadero body art urbano. No se halla a gusto en su lugar de trabajo: una gestualidad cansina y una quijada fruncida lo atestiguan.

    Y entonces el conductor entra en acción: “¡Qué hacés cruzando ahí, viejo mongólico!”, le escucho gritar.

    Miro: efectivamente, un octogenario se halla varado en mitad de 18 de Julio. El viejito ha cometido un error, quizás justamente porque es viejito.

    Pero trabajar un domingo es pesado para algunos. El conductor se involucra cuadras enteras defenestrando al viejito con el guarda de los tatuajes.

    Pasado un rato, me parece un obsesivo que habla solo.

    Me voy a bajar (por la puerta de adelante, cosa de mirarle el rostro a este feroz guardián de las normas). No habla solo, sino que tiene los cables de un celular metidos en las orejas y platica a través de un pequeño micrófono. ¡Habla por celular, mientras conduce…, de los viejos que cruzan en mitad de la calle! ¡Está lleno de odio contra los viejos!

    Desciendo, dejando a aquellos uruguayos sumergidos en su karma oriental: la protesta perpetua ante las faltas de los otros y el desparpajo propio y placentero de burlar todos los límites.

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