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    La Champions da validación, prestigio y dinero, la Copa Libertadores da algo mejor

    La emoción del brasileño Marcelo en la consagración del Fluminense —“es el título más importante de mi vida”, dijo quien también fue cinco veces campeón de Europa con el Real Madrid— confirma la energía que se vive en Sudamérica, donde el fútbol no es solo un trabajo viralizado y muy bien pagado sino, sobre todo, un ventrílocuo de los pueblos

    El 2023 terminó con un susto con suerte para la Conmebol, que durante todo el año se hizo la distraída con la violencia latente dentro y fuera de los estadios sudamericanos en varios partidos de las copas Libertadores y Sudamericana y, también, de las Eliminatorias. Los bastonazos de los policías brasileños a los hinchas argentinos en el Maracaná pocos minutos antes de una nueva demostración de los campeones del mundo —que de esa forma se reivindicaron tras la clara derrota sufrida ante el gran Uruguay de Marcelo Bielsa— sintetizan la cara menos amable de nuestros estadios.

    Pero, a la vez, si la Conmebol tuviera que elegir una solo una imagen para sintetizar el espíritu del fútbol sudamericano de 2023, la más gráfica sería la de los ojos húmedos del legendario futbolista brasileño Marcelo en los últimos minutos de la final de la Libertadores entre Fluminense y Boca, también en el Maracaná, apenas 15 días antes. Los brasileños ganaban 2-1 y el lateral izquierdo estaba desbordado, superado, como si fuera un joven sin experiencia para este tipo de partidos en los que se sobrevive con piel de elefante. Ya en el banco de suplentes, reemplazado sobre el final del tiempo regular, Marcelo soportó el tiempo suplementario con las pupilas enrojecidas, como un holograma de sí mismo. En sus ojos había mucho más que un título en juego: había una cuestión de raíces, de infancia, de tierra, de la cultura sudamericana del fútbol.

    Lo magnífico es que, a sus 35 años, y después de haber jugado 58 encuentros para la selección de Brasil y 386 para el Real Madrid, el defensor creía vivir el día más especial de su carrera. Lo confesaría él mismo tras la victoria de su equipo. “Es el título más importante a nivel de clubes de mi carrera, el Madrid lo entenderá. El Fluminense es el club que me crio. El Madrid siempre estará en mi corazón, pero Fluminense está ahí. Es difícil hablar, encontrar las palabras. Esto es una alegría doble”, comentaría Marcelo a la transmisión oficial como si tuviera que justificarse o como si ya diera por sabido que en Europa no lo entenderían. ¿Una Libertadores por encima de cinco Champions? Sí.

    Hasta este sábado 4 de noviembre, más allá de haber levantado una Copa Confederaciones con la selección brasileña, Marcelo ya había ganado ¡25 títulos! con el Real Madrid, una cifra que lo transforma en el jugador más campeón del club más triunfador del fútbol mundial, una leyenda viviente y en competición, incluso por encima de Alfredo Di Stéfano o Cristiano Ronaldo. En ese palmarés se incluyen cinco Champions League, una cantidad que lo ubica —también— como el futbolista más campeón de la historia de la Liga de Campeones de Europa, en este caso compartido junto con otros nueve jugadores —por ejemplo, el propio Cristiano Ronaldo, Karim Benzema o Toni Kross—. Pero ninguno de ellos fue, además, campeón de la Libertadores.

    Es cierto que en el festejo de Marcelo había también una cuestión sentimental, de arraigo por sus orígenes en el Fluminense, club en el que jugó de 2005 a 2007 antes de viajar al Real Madrid —y que también se trataba de la primera copa para el club carioca—, pero en sus lágrimas había mucho más. Se desprendía, además, toda esa energía visceral que desprenden la Libertadores y el deporte sudamericano, una lava donde el fútbol no es solo un trabajo televisado, viralizado y muy bien pagado sino —sobre todo— una oportunidad de una nueva vida, un puente cultural y un ventrílocuo de los pueblos.

    Así como Marcelo sintió más alegría por su título con el Fluminense que por los que había ganado con el Real Madrid, los hinchas del Flu también festejaron mucho más esa Libertadores de lo que los simpatizantes del Madrid —o de cualquier club europeo— suelen celebrar la Champions. ¿O acaso Lionel Messi no sintió que su carrera al fin estaba lista, después de decenas de títulos en el Barcelona, recién cuando se consagró campeón con Argentina de la Copa América primero y de la Copa del Mundo después, mientras millones de compatriotas salían a las calles? Como en el caso de Marcelo, las cuatro Champions que el genio consiguió en Cataluña siguieron siendo una cuestión prestigiosa, claro, pero con menos pasión. Un posible resumen sería: Europa da validación, prestigio y dinero, Sudamérica da algo mejor.

    No se trata solo de Messi, Marcelo ni tampoco de Felipe Melo, el prototipo del jugador guerrero que se convierte en un osito de peluche, a sus 40 años, al mostrar cómo se va a dormir a la cama junto a las tres copas Libertadores que ganó en los últimos cuatro años, dos con Palmeiras y ahora la primera con el Flu. Edinson Cavani, el uruguayo que recaló en Boca en julio de este año después de una formidable campaña en Europa —llegó a Argentina como el séptimo goleador del mundo en actividad, con 437 tantos en su carrera—, había dicho algo similar en la previa del partido contra Fluminense. “Menos la Copa América con Uruguay (ganada en 2011, en Argentina), dejo todo lo que tengo por lograr la Copa Libertadores con Boca”, respondió el uruguayo, que en su carrera tiene 24 títulos, la mayoría de ellos, domésticos del fútbol francés en el París Saint Germain.

    En todo caso, si hay un precursor en este tipo de frases es Carlos Tevez. Fue hace cinco años. Entonces delantero de Boca, a su llegada a Madrid para jugar la histórica final de la Libertadores 2018 contra River le preguntaron si sería capaz de cambiar sus 26 títulos, entre ellos, una Champions League con el Manchester United, por la copa que estaba por definirse contra su clásico rival. “Sí, lo haría”, fue su respuesta.

    Es cierto, también, que no se trata de hacer apología de Sudamérica. El triunfo de Argentina en el Mundial de Catar desaceleró parte del eurocentrismo que rige en el fútbol mundial, pero no conviene irse al otro extremo. Nadie puede desmentir que los torneos europeos concentran a los mejores futbolistas, a los mejores equipos y a los mejores partidos, aunque no los más apasionados: la última vez que un club sudamericano ganó un Mundial de Clubes fue en 2012, cuando el Corinthians venció al Chelsea. Incluso, para saber los verdaderos niveles del brasileño Endrick, el joven de 17 años del Palmeiras que el Real Madrid compró por 60 millones de dólares, y de los argentinos Valentín Barco —la figura de Boca que a sus 19 años pronto cruzará el océano Atlántico— y Claudio Diablito Echeverri —el pibe de River de 17 años que la rompe en el Mundial de la categoría en Indonesia—, conviene esperar a su adaptación al fútbol europeo.

    Dicho eso, tampoco es que los consagrados en Europa regresan a Sudamérica y sacan ventaja inmediata. Ahí está el mismo Cavani, con apenas tres goles desde su llegada a Boca y un récord aún más preocupante: remata al arco cada 105 minutos —lo que no habla tanto del delantero uruguayo sino de las defensas rivales, muy bien trabajadas—. El italiano Daniele De Rossi, emblema de la Roma, no dejó rastros en su paso por Boca. Incluso Luis Suárez, en Gremio, tardó un tiempito —más de lo esperado— para volver a ser, también en América, lo que siempre había sido en Europa: un fabricante de goles.

    Es curioso cómo desde el Río de la Plata y de toda América a veces se intenta mendigar algo parecido a un reconocimiento del primer mundo. Es cierto que esa especie de pedido de limosna, como una súplica de atención, no sucede solo en el periodismo de este lado del océano Atlántico. Por ejemplo, en los Juegos Olímpicos de Río en 2016, un cronista español le preguntó al velocista jamaiquino Usain Bolt, apenas minutos después de haber ganado los 100 metros, si era hincha del Real Madrid o del Barcelona, como si el genio de la velocidad estuviera pendiente de eso en ese momento. Pero en el fútbol sudamericano también suplicamos atención extranjera, en especial, europea.

    Hace pocos días, apenas 48 horas después de la final entre Fluminense y Boca, un periodista brasileño le preguntó a Pep Guardiola sobre el partido que había despertado el interés de la Sudamérica futbolera. “Ah, ¿Libertadores? Celebró Fluminense”, respondió, pero de inmediato se frenó: “No vi nada”. Lo cortés no quita lo valiente: lo que había ocurrido en la final más importante de nuestro continente no le había importado al técnico del Manchester City, y eso que tendrá que enfrentar al Fluminense en pocos días, durante el Mundial de Clubes a jugarse en Arabia Saudita en diciembre.

    No solo eso. A uno de los jugadores del City, el noruego Oscar Bobb, también le preguntaron —después de un partido por la Champions League— si pensaba en que habían estado cerca de enfrentar a Boca. “No, nos tocó Fluminense, y solo pensamos en ellos. No pensamos en Boca porque perdieron”, respondió el noruego, con toda lógica, por más que algunos portales argentinos hayan hablado de un “ninguneo a Boca”. Esa indiferencia también ocurre del otro lado del charco, en la falta de cobertura que los medios europeos le conceden a Messi en la MLS: no se publica nada, o casi nada, e incluso la vida social y del espectáculo del 10 tiene más despliegue que su parte deportiva.

    En ese contexto se entiende que no haya —y es una injusticia— un reclamo masivo para que Germán Cano —el argentino desconocido en su país que convirtió 13 goles y se consagró campeón de la Libertadores con el Fluminense— se sume a la selección dirigida por Lionel Scaloni, como si un futbolista únicamente pueda validarse en Europa. Está claro que, si fuera el goleador de la Champions, sería pedido. Pero la respuesta la tiene Marcelo, sus lágrimas, su emoción, ese posicionamiento prioritario a favor de la Libertadores. Que Europa tal vez no entienda y seguramente no mira, pero que también se pierde. Sí, a veces, tampoco en Sudamérica valoramos: el fútbol es nuestra felicidad continental bruta.

    (*) Colaborador de El País de Madrid y autor de diversos libros, como El partido. Argentina vs. Inglaterra 1986.

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    2023-11-29T18:04:00