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    La Escuela Naval

    Sr. Director:

    La historia edilicia montevideana es tan vasta como lo es su mismo casco urbano, y corresponde plenamente con procesos de desarrollo, de ocupación y de organización de un espacio físico que, como en el caso puntual de la capital de la República, se traza desde su misma fundación, como centro de dirección de la Banda Oriental. En este caso es evidente la macrocefalia de nuestro país, pues la ciudad de San Felipe y Santiago constituye el punto de partida y de arribo radial de la virtual totalidad de sus sistemas de comunicación y por supuesto acumula una población acorde con su geografía.

    Ante ello, en beneficio de este ensayo, se debe decir que el desarrollo de las ciudades y de su organización en general está ligado a lo que los sociólogos denominan como sociabilización de la naturaleza, que es nada más que la adecuación del ser humano a sobrellevar su misma sobrevivencia, concentrando sus actividades bajo el marco de las viviendas, la casa, término que deriva de la palabra latina caja. Un aspecto más de la relación hombre-tierra.

    La faz de este mundo global nos muestra cómo las grandes ciudades se han tejido en torno a diferentes estructuras edilicias, en ocasiones, construcciones que representaban tanto el poder del Estado como aquellas que se establecían libradas a las más diferentes actividades de la sociedad en su conjunto. Quizás, Roma con sus “siete colinas” suponga un ejemplo acorde con estas digresiones, pues el monte Palatino fue el reducto central de su casco urbano, donde se asentaron los mayores edificios de sus tiempos primeros, para luego culminar la obra construyendo la muralla que rodeó dichas colinas, proporcionando la unidad material necesaria para consolidar la ciudad y por ende aglomerando todas las funciones del poder político y social. Por ello, por fuera de este gran cinturón de piedra los romanos no permitieron edificación alguna más allá de los límites del “campo de Marte” y todos los centros poblados del interior peninsular más cercano fueron siempre reductos secundarios con específicas funciones militares, de esparcimiento, o puntos de comunicaciones o de aprovisionamiento. Tal como lo rubrica Max Weber: Roma supone una especie de “acumulación sedentaria a todo nivel de los resortes de la vida social”.

    Pero, sin duda, aún en esta misma actualidad, los números urbanos a escala general siguen los parámetros clásicos que marca esta historia, donde los asentamientos ciudadanos alcanzan más del 90% de la población mundial. No en balde el siglo pasado vio como las ciudades crecieron más de un 200% en relación a sus pasados.

    De tal manera y entrando en este capítulo, surge lo que los sociólogos denominan cultura urbana o comportamiento urbano, elementos que marcan una pauta metropolitana para la virtual totalidad del formato habitacional que se adjunta a la misma entidad de la organización de las sociedades, junto con el entendimiento de que existe una correlación entre las formas de organización resultante de estas. Esto último se define con el término urbanismo en oposición al espacio exterior de los asentamientos humanos. Y bien se puede expresar que el dominio de la ciudad sobre el campo resulta total, cosa que posee sus consecuencias en todos los terrenos imaginables.

    En el exclusivo caso de la metrópoli montevideana, esta alcanza, como ya señalamos, una acentuada característica que la arrima a una verdadera megalópolis, a la altura social, cultural o económica del resto de sus congéneres del extranjero. Por ejemplo, Montevideo concentra más del 75% de las industrias del país. Y esto debe tenerse en cuenta dado que lo está avalando esa misma proyección urbana que posee su dilatado entorno extradepartamental con sus prolongadas “ciudades dormitorio”, totalmente conexas a su casco edilicio.

    En esta línea interpretativa tenemos que la historia de los barrios de Montevideo posee innumerables plumas y las mismas van destacando el paso a paso de su expansión sobre su geografía, superando ya sobre mediados del siglo XIX su Ejido y luego sus Propios. De las 160 casas que sobre la Ciudad Vieja sobresalían en 1760 a las casi medio millón de hoy día, hay un prolongado trecho que va pautando el devenir de una urbe que tuvo una expansión sostenida, aun a despecho de los mismos valores de la tasa demográfica uruguaya, la más baja del continente. Es que Montevideo explanó su planta urbana sobre un espacio casi infinito, privilegiando las casas-habitación de construcción horizontal por sobre el verticalismo, hasta ya bien entrado el pasado siglo cuando la vorágine constructora transformó barrios enteros, como el Centro o Pocitos, derivándolos a las alturas.

    En este caso la misma funcionalidad de la sociedad fue definiendo estos barrios en una suerte de heterogénea clasificación, aunque con criterios de uso bien definidos, etapa tras etapa, en forma significativa y muchas veces en torno a edificios referenciales. Ejemplo lo es el mismo Palacio Legislativo, punto de la urbe que concentra una característica propia, mostrando a dicha notable construcción sobre una altura visible desde el mismo centro de dirección de la ciudad.

    Pero la urbe debía acompasarse con el devenir de los tiempos y articularse en forma progresiva con las modificaciones culturales y generacionales resultantes que iban a segregar el espacio de acuerdo a las nuevas modalidades de vida. Montevideo ya no se proyectaría mucho más al norte, sino hacia otros puntos cardinales aprovechando sus considerables espacios. Y en este ítem la crónica nos va mostrando cómo la costa este montevideana se fue lentamente poblando a medida que las pautas de costumbres de sus habitantes fueron cambiando. En efecto, durante los mediados del siglo XIX y principios de la centuria siguiente los montevideanos concentraron sus actividades recreativas estivales en las playas del norte de la bahía, siendo el balneario de Capurro el punto referencial. En ese caso los barrios cercanos, como Prado, Athaualpa o Bella Vista, mostraban su faz netamente residencial y sus construcciones conformaban un área donde predominaba el verde y las casas de gran apariencia; en suma, un sector urbano localizado para el usufructo de un modelo de vida centrado en el día a día de los estamentos sociales más elevados de la ciudad. Empero, significativamente, esto iba a mudar en forma acelerada por imperio de esos cambios de comportamientos que mostraban cómo las gentes iban asumiendo la importancia que en sus calidades de vida tenían las bondades de la costa y sus playas. Y este fenómeno irresistible constituye en sí mismo uno de los hechos más importantes de la existencia del país, que se daba de consuno con sucesos y experiencias similares que se vivían en Europa y América del Norte.

    A inicios del pasado siglo Montevideo comenzó a entender que buena parte de su futuro se hallaba en sus terrenos costeros, bien por fuera de todos los proyectos y los trazados urbanos que se habían librado hasta el momento desde las más tempranas épocas. Comenzaba, así, el boom constructivo de un espacio hasta el momento totalmente desolado, pues desde playa Honda, donde únicamente se erigía el Molino de Pérez, hasta la playa de los Ingleses, pasando por la Verde, la Mulata y Carrasco, solo se hallaban extensos médanos de arena en el marco de una intrincada geografía, que mostraba un terreno de muy difícil acceso, donde no faltaban los pantanales y el cerrado monte criollo. En este caso, la playa Malvín y su escasa edificación, a esa altura del siglo XX, era el non plus ultra de la urbe montevideana.

    Por ende, en apenas dos décadas la ciudad arribó hacia el este, al mismo arroyo Carrasco donde finalizaba el departamento, y lo hizo en ancas de determinados procedimientos constructivos donde el Estado debió ceder a los particulares la virtual totalidad de los emprendimientos que se desarrollaron a lo largo de este gran perímetro acotado por la costa platense, el arroyo Malvín, el camino Carrasco y el arroyo del mismo nombre.

    En 1912 el gobierno departamental estableció que la rambla, en ese momento solo construída hasta Malvín, alcanzara como meta el arroyo Carrasco. Es el inicio del Montevideo veraniego, según lo denominaba el turista argentino y algún historiador urbano. Y es en esa década y la siguiente donde virtualmente se descubren las bondades de esa área de la costa y se comienzan a estructurar los barrios de Punta Gorda y Carrasco en el medio de grandes dificultades para el obraje. Para llegar hasta esa zona era necesario tomar el camino Carrasco y luego cruzar hasta el paraje, luchando con medanos y bañados. En 1921 ya surge la mole del Hotel Carrasco y en sus alrededores se teje una serie de amanzanamientos similar a la de algunos sitios urbanos de la Europa mediterránea. Y todo se sigue extendiendo hacia levante, ya que el año anterior el presidente Baltasar Brum había autorizado a la llamada Asistencia Pública Nacional para adquirir un predio de más de 10 hectáreas sobre la rambla y a unas 10 cuadras al este del Hotel Carrasco para destinarlo a “Hospital Marítimo”, similar al que desde 1912 funcionaba en el barrio de Malvín.

    Las obras del referido nosocomio, que iba a ser destinado para el tratamiento de enfermedades infectocontagiosas, se iniciaron a finales de este año de 1921 y continuaron en los siguientes meses en forma entrecortada. En 1929 aún restaba inaugurar algún sector del hospital que ya contaba con sus pacientes, en su mayoría niños y adolescentes. Al proyecto original se le habían hecho cambios notorios, construyéndose una piscina de regulares dimensiones y un patio cubierto, entre otras refacciones. Empero, en 1935, el ya fundado Ministerio de Salud Pública enajenó al inmueble pasando este a dominio del municipio montevideano. El edificio sería transformado en un gran hotel con todos sus aditamentos propios al de un balneario: profusión de piezas, aunque algunas sin sus respectivos baños privados, salones, bares y hasta una boite. Al año ya todo funcionaba y parecía que el futuro del Hotel Miramar transcurriría en ese destino, pero ya a mediados de la década siguiente surgen algunos problemas de marketing y otras yerbas, por lo que a principios del año de 1953 se cierran sus puertas. El municipio devolvía el edificio a Salud Pública.

    Así, al poco tiempo se instaló la Escuela de Nurses Dr. Carlos Nery, sumándose el Laboratorio de Higiene Pública al referido complejo, conformando un centro de enseñanza y estudio que tuvo una prolífica existencia hasta que por determinados factores que hacían a su lejanía del centro de la urbe, en 1967 los Ministerios de Defensa Nacional y de Salud Pública intercambiaron la vieja sede de la Escuela Naval, sita en la calle Sarandí 122 —que funcionaba desde 1916 como tal— por el ex Hotel Miramar, pasando la escuela de nurses y el laboratorio a la Ciudad Vieja.

    Es así que el 14 de febrero de 1968 se instala, en la novel instalación de la Escuela Naval, el viejo mástil señalero que oficiaba de tal en la anterior sede, izándose por vez primera la bandera nacional. Comenzaba otra etapa en la vida de un edificio que ya tenía toda una historia aparte.

    En el transcurso de estos más de 40 años el perímetro de la Esnal ha visto innumerables cambios de su anterior estructura, adecuando dichos espacios a un uso acorde con sus funciones específicas. En la actualidad se comparte esta gran área con la Escuela de Guerra Naval y el Complejo Deportivo Naval, ambos de flamante construcción. Por lo tanto, el movimiento diario de sus diversas actividades constituye en sí mismo un notorio centro social de significativo valor.

    Por ello las características inherentes a la zona barrial donde se enclava la Esnal, de marcada tendencia al usufructo de la alta burguesía, se ve mitigada por la presencia de una institución militar que aporta una visión notoriamente diferencial a su entorno, generando un enfoque asincrónico a esta zona residencial de la ciudad habitada, además, por buena parte del staff diplomático extranjero. Este equilibrio se pauta en la misma cotidianeidad que muestra su funcionamiento formal y las relaciones que de estas surge en su entorno, dando un toque de vida diferencial, de gran movilidad, que no se encapsula entre sus paredes, al contrario, se compatibiliza perfectamente, pues enriquece aún más un casco urbano que fue creado lejos del mundanal ruido de la urbe. Además, el crecimiento sostenido que posee las zonas conexas a la Esnal, con la cercana presencia de megasupermercados y diferentes complejos habitacionales, sumados a la Turisferia y al sustancial mejoramiento de las vías de comunicación y transporte urbano —hoy con más de una decena de líneas que pasan por la rambla y avenida Italia— tienen en la escuela un centro de importancia material que corresponde en plenitud a los procesos de fluido desarrollo social que, a escala global, se viven en la actualidad. Inclusive, el primer gran edificio estatal que puede observar el visitante extranjero, apenas traspone el puente de la calle Barradas, es la misma Esnal, una visión acorde, cuanto sugestiva, frente al marco de las aguas platenses.

    Entonces, la Escuela Naval ¿ha pautado el comportamiento urbano de su entorno?

    Sencillamente, creemos que ello se ha dado, quizás en mayor grado o en forma similar, a otros procesos conformados por determinados edificios decimonónicos de este heterogéneo Montevideo. Y si en estos tiempos posmodernos, donde por una lógica de peso las encuestas se hallan de moda, alguien se lance a la empresa de interrogar, cara a cara, a los habitantes de Carrasco, poniendo en juego la posibilidad de su mudanza, seguramente la respuesta sería rotunda: la Esnal ya forma parte del microclima de la estructura de un barrio que mira al Río de la Plata, toda una armoniosa articulación estética que, como vimos, cumple con los más diversos roles de servicio a la sociedad.

    Alejandro N. Bertocchi Moran

    Bibliografía consultada: Barrios Pintos, Ángel, Montevideo y sus barrios, ed. Monteverde, Montevideo, 1950; CEN, Aportes de sociología, Montevideo, 1975; Rizzi, Milton, Historia del predio y edificio donde hoy funciona la Escuela Naval, Ciclo de Conferencias, 2003, AUHMF, Montevideo; Roma, Luis, Aldecosea, Rómulo, Fernández Juan José, Un aporte a la historia náutica de nuestra patria, CLUNA, LMU, Montevideo, 1988.