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    La FIFA y Suárez (I)

    Sr. Director:

    Uruguay llegó hasta octavos de final en el Mundial de 2014. Paradójicamente, luego de muchos años pudo vencer a los rivales europeos pero perdió con los latinoamericanos.  Este aspecto, sin embargo, no ha sido lo más relevante de la participación uruguaya, sino que la nota a resaltar fue la “conducta antideportiva” de algunos jugadores celestes, acontecimientos que parecían desterrados del “ser nacional” a partir de la llegada del maestro y el “destierro” de determinados “códigos” que solo están vigentes a nivel local.

    Así, el “patadón” de Maxi Pereira a un jugador de Costa Rica fue superado con creces por el “mordiscón” de Luis Suárez a un italiano. Esta nueva “reacción” irracional del “pistolero” desató en el Uruguay también reacciones irracionales e infelices en muchos sectores y ambientes, demostrando que hay personas que no quieren ver las cosas como son o suceden y ensayan discursos distorsionadores de la realidad, a partir de la asunción de una posición victimal que ya parece ser parte del “sum uruguayensis”.

    Lo cierto es que Suárez no es culpable de la eliminación de Uruguay (incapaz de vencer cuando Luisito no forma parte del equipo), sino que varios factores políticos más que deportivos condujeron a ese desenlace. Los mundiales son una mezcla de habilidad deportiva y política (área en la que Brasil y Alemania son expertos) en donde no siempre gana el mejor sino “el que tiene que ganar”. Ello indica que los juegos de Uruguay no sólo se perdieron en la cancha, sino que se empezaron a perder políticamente antes del Mundial. Todos sabemos que la FIFA y la Conmebol son organismos de dudoso comportamiento (moral, ético, financiero, etc.) que transitan al borde de la ilegalidad y el delito (económico, corrupción, lavado de dinero, etc.), pero que tienen inmunidad basada en el poder económico y político, y por el hecho de contar con su propio sistema (autopoietico) normativo y jurídico que impide investigaciones extra-sistema.

    En Uruguay, sin embargo, los intereses de algunos clubes de la AUF ignoraron este poder absoluto de tales organismos y se enfrentaron a ellos a días del comienzo del Mundial. El golpe de estado practicado contra el ejecutivo de Bauzá entre diversas “fuerzas” (ya no “conjuntas” sino “ocultas”) fue el primer elemento contrario a los intereses de Uruguay en el Mundial, porque los golpistas que ocuparon el poder de facto estaban directamente enfrentados a las autoridades máximas del fútbol regional. Eximios representantes de clubes desconocidos a nivel internacional y delegados de los dos clubes “dueños” de la AUF se arrogaron la potestad de “representar” al Uruguay en la contienda máxima deportiva, sin medir las consecuencias que su arrojada conducta aparejaría desde lo político hacia lo deportivo. Estos “neutrales” eran totalmente desconocidos como tales a nivel internacional y, para peor, estaban enfrentados a las autoridades políticas que gobiernan y deciden la suerte de los equipos nacionales en un Mundial a partir de pequeñas decisiones que van desde la elección de los jueces, las sedes, el horario de juego, hasta la decisión de las sanciones durante el Mundial. Ello condujo a que cuando Suárez agrede mediante un mordisco a un rival, todo el sistema se frotara las manos para radiarlo de la Copa del Mundo, así como que ningún “dirigente influyente” de ese “mundillo” hiciera nada para evitar lo inevitable. De nada sirvió que un uruguayo presida la Conmebol si quienes deberían “hablarle solicitando una intervención” eran quienes lo perseguían penalmente por temas vinculados al dinero que se origina “gracias” al fútbol.

    Impedido entonces el camino “político”, sólo quedaba una buena defensa jurídica que exigiera clemencia en el castigo, porque todos quienes estuvimos en Brasil en aquel momento “escuchamos” que el tema a dilucidar era “hasta por cuántos partidos podrían quitar a Suárez de en medio, para que no enfrentara a Brasil”. Pero el reconocimiento del hecho, el “arrepentimiento” por la inconducta ya reiterada de “morder rivales” durante instancias del juego y la solicitud de clemencia a los “todopoderosos” nunca fue manejada por los defensores de los intereses uruguayos en la Copa del Mundo. La defensa que hizo la AUF de Suárez se basó en el más puro desconocimiento del hecho intentando cambiar la voluntariedad por la casualidad (algo así como que el impulso dinámico de un cuerpo en movimiento puede derivar en un involuntario giro de la cabeza hacia adelante que culmina en una dentellada sobre otro cuerpo en movimiento), la solicitud de bizarros exámenes médicos para comprobar una “posible” agresión (con el argumento de que la víctima ya había sido mordida en ese lugar de su cuerpo) y la argumentación de que el agresor sufría la persecución de un determinado sector de la prensa de un país que justamente había sido eliminado de la Copa por la “culpa” del victimario (algo así como cuando se hace referencia al “derecho penal del enemigo”, esto es, cuando el culpable dice ser víctima de un sistema injusto que invierte las garantías en pruebas incriminatorias).

    Por supuesto que esta línea argumental facilitó las cosas a los verdugos que mostraron su peor cara en el desproporcionado castigo que roza la inconstitucionalidad a nivel nacional y la violación de los derechos humanos a nivel internacional. Pero esta desproporcionada pena (aunque no injusta), no justifica la reacción de gran parte del “pueblo” uruguayo que una vez más quiso creer que el mundo no nos quiere por ser pocos, pequeños, pobres y potencialmente capaces de derrotar a los grandes, poderosos y ricos.

    En Uruguay, parece que la teoría de la conspiración (que no puede ser demostrada empíricamente) ya se ha hecho costumbre para justificar lo injustificable y ello provoca mucha preocupación en gran parte de la población que no cree en sus postulados. Debe quedar claro que nadie nos persigue por ser “pobres” y “pocos”; en realidad, poco importamos a nivel internacional, de modo que la impresión que “ellos” tiene de “nosotros” es más bien de “indiferencia” antes que de “aversión”. Es más, “el mundo” nos alaba y venera cuando nuestro Parlamento sanciona leyes que el resto no se atreve ni siquiera a discutir, cuando nuestro presidente enfrenta al sistema global y lo desenmascara en aspectos básicos que la política internacional pretende ocultar, cuando nuestro sistema no cuenta como una variable lícita a la corrupción de sus funcionarios públicos, cuando podemos juntar en un evento académico en la misma mesa a víctimas con violadores de los derechos humanos y, también, cuando nuestros jugadores de fútbol —sin renunciar al objetivo de ganar— hacen las delicias de millones de espectadores compitiendo lícitamente.

    Ahora bien, no pretendamos quedar impunes cuando recurrimos a “malas artes” y “ciertos códigos” para obtener ventajas, porque ello ni siquiera es aceptado por gran parte de los uruguayos (entre ellos, el maestro Tabárez). Quizás la defensa más acertada hubiera sido la de aceptar el hecho reconociendo un problema compulsivo del jugador (como reconoció valiente y racionalmente Alcides Gigghia) que solicitara someterse a un tratamiento específico para superarlo, y en base al reconocimiento del hecho, recibir el menor de los castigos.

    Cabe recordar que el “mundo FIFA” se mueve por carriles políticos, no jurídicos. Por eso, esta línea argumental hubiera puesto en serio aprieto a las “ocultas intenciones” de la FIFA de sancionar desproporcionadamente al jugador y hubiera dignificado el sentir de miles de uruguayos que no comulgamos con el falseamiento de los hechos evidentes y comprobados.

    Pero, cabe reiterar, el Mundial lo empezamos a perder con el “golpe de estado” en la AUF a días del comienzo del Mundial. Los uruguayos exigimos respeto y ya no aceptamos que el “fútbol” se mueva por “códigos” no compartidos socialmente. Si queremos que el “mundo” nos respete, tenemos que empezar por respetarnos a nosotros mismos. De lo contrario, terminaremos “creyendo” nuestros propios “cuentos” conspiratorios y acabaremos confundiendo la realidad con las “novelas de caballería”. 

    Pablo Galain Palermo