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    La Pascua y las empresas

    N° 1810 - 09 al 15 de Abril de 2015

    Durante la llamada Semana Santa, los cristianos celebran la pasión, muerte y resurrección de Jesús, actos que —aun para los no creyentes— tienen un enorme simbolismo: el cambio, la transformación, el dejar una vida (actividad) y poder reciclarnos o reinventarnos para realizar otra.

    Las personas, al igual que las empresas, debemos morir y renacer (figurativamente) varias veces durante nuestra vida física. Cuando cambiamos de empleo, de mercado, de tipo de producto o nos mudamos, de alguna manera estamos “muriendo” y, a la vez, “renaciendo” con nuevas ideas, nuevos lugares o nuevos bríos.

    Pero si bien los cambios son parte de un proceso natural de la actividad humana, muchos se resisten a ellos. Y el gran freno al cambio es el temor. Se teme no solo a lo desconocido del entorno, sino a lo desconocido de uno mismo.

    “Conócete a ti mismo”, reza el pronaos del templo de Delfos, como factor determinante para dominarse a uno mismo y poder entrar en comunidad con otros. Este mensaje pensado para las personas aplica por igual a las empresas. Cuando estas no identifican sus fortalezas y su propósito, pierden su norte, su razón de ser y, al tiempo, cierran.

    La resistencia al cambio lleva a la inacción, pero como los hechos son más tozudos que las fantasías, al final se imponen por la fuerza, obligando a personas y a empresas a cambiar. Estos tipos de cambios son dolorosos, traumáticos y siempre dejan secuelas.

    Pero el verdadero cambio debe darse en forma proactiva, no reactiva. Implica que el líder sea el propio verdugo del pasado y a su vez el sembrador del futuro. Peter Drücker lo explica con suma claridad: “Realizar el futuro implica siempre desechar el pasado. La clave para hacer algo mañana es desembarazarse de lo que ya no es productivo, de lo que ha envejecido, de lo obsoleto”.

    Por este motivo es que las empresas deben tener sus propias “Pascuas”, donde puedan enterrar lo ya caduco y fecundar ese “huevo de Pascuas” (símbolo de la fertilidad) con nuevas ideas, proyectos y realizaciones.

    Recorrer estos pasos puede ser una verdadera vía crucis, ya que implica hacerse preguntas duras para las cuales no siempre se tienen las respuestas. Implica aceptar la realidad (por cruda y dura que sea) y realizar cambios no siempre queridos. Y en algunos casos extremos, también implica asumir su propia muerte (el cierre parcial o total de la empresa).

    Aun en estos casos, es bueno recordar las enseñanzas de Lavoisier, que decía: “Nada se destruye, todo se transforma”. Nunca hay una “muerte” total. Siempre quedarán recursos, personas o ideas que podrán renacer y rehacerse, una y mil veces. Por eso las decisiones más difíciles las debemos tomar en forma proactiva, ya que de no hacerlo, otros, o las circunstancias, lo harán por nosotros.

    Pero pretender mantener vivas a empresas fundidas y sin futuro, puestos de trabajo que no agregan valor o servicios públicos que nadie aprecia, es un acto tan bárbaro como la propia crucifixión. Es una muerte que no deja lugar a una nueva vida. Y hoy, como hace dos mil años, todavía muchos se abocan a esa fútil faena.