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    La apertura comercial externa en tres dimensiones

    Nº 2261 - 25 al 31 de Enero de 2024

    El 2023 cerró con una agenda cargada desde el punto de vista de la inserción internacional (Unión Europea, EFTA, Singapur, CPTPP, entre otros), independientemente de que los resultados no fueron plenamente satisfactorios para quienes necesitan la apertura comercial externa como centro de gravedad, viabilidad y expansión de lo que producen; y por qué no también para quienes compran productos de otros mercados.

    Sería interesante previamente analizar los actores y receptores de los avances o retrocesos de la negociación comercial externa y dividirlos en tres dimensiones.

    La primera, y olvidada en algún caso es la que llamaría real de la integración económica, conformada por los ciudadanos en su calidad de consumidores, principalmente trabajadores o empresarios. Mayormente representados, y de buena forma, por cámaras o sindicatos.

    Pero esto no está tan claro cuando hablamos de consumidores, el grupo de los mayormente beneficiados o no por las negociaciones comerciales externas, a través de por ejemplo una mayor apertura comercial, que debería generar más competencia, y esto redundaría en mejores precios a la hora de comprar y consumir; un razonamiento lineal pero real.

    Para los empresarios implica la posibilidad de aumentar su capacidad de producir y exportar, y para los trabajadores mayores posibilidades de aumento de generación del trabajo.

    La segunda es la dimensión política. La que decide cómo hacer la integración económica a partir de factores, hasta muchas veces caprichosos de la geopolítica, y que en algunas oportunidades redundan en apreciaciones, como por ejemplo quienes sostienen que no se concibe un Uruguay fuera del Mercosur. O la definición de negociaciones políticas para obtener beneficios puntuales, que no necesitan un acuerdo comercial, como habilitaciones sanitarias, certificados habilitantes de ingreso, entre otros.

    Estos generan beneficios puntuales, son muy importantes para algunos sectores, pero no liberalizan el comercio de forma general, ni reducen aranceles de ingreso, ni aumentan cuotas de ingreso a mercados, ya que necesitan de otros instrumentos, como la negociación de una zona de libre comercio.

    Recomiendo, independientemente de la devaluada Organización Mundial de Comercio (OMC), leer su artículo 24, que deja claramente establecida la manera de otorgar este tipo de beneficios entre dos o más países o bloques. Y lo más importante, la certidumbre. Una zona de libre comercio es un instrumento jurídico internacional estable, mientras que una habilitación es algo puntual, hoy se obtiene y mañana se pierde.

    Si volvemos a la dimensión real de la integración, esto no demostró tener un efecto directo hacia los consumidores. No cambia mayormente las reglas de juego al ingreso de bienes que puedan generar competencia y baja de precios.

    La tercera, el brazo estratégico-operativo de la negociación comercial externa, la llamaría dimensión técnica y normativa, que desarrollan los equipos ministeriales, con un gran despliegue en la versión principal de las relaciones exteriores y la economía, entre otros. Son quienes conocen y trabajan dentro del marco normativo global, y deben equilibrar entre lo técnico, lo normativo y lo político, en principio y en una segunda instancia con la dimensión real.

    A partir de esta última instancia es donde creo que el desequilibrio existente entre los ejercicios de poder de la dimensión política frente a la real, llevando a que los tiempos, avances y/o resultados de las negociaciones comerciales externas no sean los esperados. Sería un buen ejercicio de equilibrio empoderar más a esta dimensión real, la que en su posición de actuar como consumidores tiene muy poco poder de incidir en los resultados finales.

    Luego de identificar las tres dimensiones, actores y posibles impactos, es bueno avanzar en la agenda de inserción internacional y los acuerdos comerciales internacionales, asociados mayormente a las zonas de libre comercio o uniones aduaneras. Y vuelvo a remitir al artículo 24 de la OMC, sin dejar de lado el impacto para la dimensión real, ya que siempre estamos en que podemos vender, exportar y la pregunta a sumar es: ¿qué podemos importar que impacte en una mayor competitividad de precios y reducción de los mismos?

    Recomiendo realizar el ejercicio en una gran superficie. Hacer un paneo del origen de los productos, por ejemplo alimenticios, sanitarios y se encontrarán con que el 90% es de origen argentino, uruguayo o brasileño (en este orden). Esos son los efectos de la integración económica, no quizás los mejores (la “desviación de comercio”).

    Esto nos muestra que la apertura comercial del Mercosur, con una gran barrera al ingreso de productos extra-bloque, por un arancel externo elevado, que nos ha llevado mayormente a la compra de productos del propio bloque y que en muchos casos vienen exclusivamente de un mismo centro de producción, con las implicancias que esto tiene para los precios finales de venta al consumidor. La peor versión cuasi monopólica de una cadena de aprovisionamiento regional.

    Esto nos pone sí o sí en el desafío de lograr una mayor cantidad y calidad de acuerdos comerciales internacionales, para no solo vender más al exterior sino para generar un ambiente de mayor competencia local y una presión a la baja de los precios en Uruguay, y vuelvo a la olvidada dimensión real en versión consumidores.

    Y ahora sí llega el momento de analizar la apertura comercial lograda en los últimos años en Uruguay. Está claro que con el Mercosur no hemos logrado, o en la búsqueda del sinuoso camino bilateral, obtener resultados que muevan fuertemente la aguja.

    De los años 2000 a la fecha, se firmó el tratado de libre comercio (TLC) con México, el de Egipto, el de Israel, la ampliación con Chile, el más reciente con Singapur. Hay negociaciones pendientes de finalizar con la Unión Europea (UE), EFTA, Canadá y Corea del Sur, entre otros; e intenciones con el CPTPP, Indonesia o Vietnam. La balanza de la necesidad e importancia de los acuerdos comerciales internacionales está más del lado de lo que está en proceso que de lo finalizado.

    En los últimos años se procuró acelerar los procesos de negociación comercial externa, con una fuerte implicancia de la dimensión política y un mayor involucramiento de la figura presidencial. Soy un ferviente defensor de sumar la política a la operativa de negociación de la dimensión técnica y normativa. Hay casos que lo confirman, un ejemplo es Chile, que le dio el cierre final a su acuerdo comercial con la UE, con un fuerte involucramiento del entonces presidente Ricardo Lagos. El mandatario realizó una gira por gran parte del bloque comunitario, visitando países miembros y sus principales autoridades, presidentes, primeros ministros y parlamentos. Está claro que no era la actual Europa de los 27, pero sí era la de los 15, previo a la ampliación hacia el este. Ese fue el envión final para la firma del acuerdo, sumado al trabajo previo ya realizado por la dimensión técnica y normativa.

    En la actualidad quedó por el camino el compromiso de Brasil de cerrar el acuerdo con la UE, el que Paraguay ya aseguró no apadrinar en su presidencia pro témpore del Mercosur. Esto nos deja pocas ventanas de oportunidad de finalización del mismo.

    El acercamiento al CPTPP es un camino más largo y de previa definición sobre la viabilidad y/o posibilidad de negociar de forma bilateral, siendo miembro pleno del Mercosur. Por otro lado, las negociaciones para sumar a Uruguay en el marco de la Iniciativa para la Cuenca del Caribe con Estados Unidos, se afirman sobre una lista reducida de productos para el ingreso al mercado norteamericano, la mayoría en base a la estructura productiva centroamericana-caribeña, que por razones obvias incluye productos lejanos a nuestro esquema, como aceites de petróleo, frutas tropicales, entre otros.

    Y por último, de los actores comerciales más importantes del planeta, que representan aproximadamente 45% del comercio global sumados (Estados Unidos, UE y China), queda el avance de las negociaciones con China. Está claro que no serán vía Mercosur, por la relación Paraguay-Taiwán y las dificultades de competitividad de Brasil frente a la industria china.

    Hay un nuevo escenario político en Argentina, la posición que tome sobre el Mercosur y las negociaciones comerciales externas, sumado al buen trabajo realizando por parte del equipo de relaciones exteriores de Uruguay, y al empuje necesario desde las otras dos dimensiones, dependerán los avances del camino a seguir. No queda otra.

    * El autor es consultor en comercio y acuerdos internacionales; exdirector académico universitario en la Universidad Católica del Uruguay; catedrático Jean Monnet.

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