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    La bebida y el poeta

    Nº 2200 - 17 al 23 de Noviembre de 2022

    Los resultados de una asociación de ideas que nace de una primera muy definida —dudas, búsqueda de datos, confirmación de la autoría de un tango y tanto más— y luego va creando otras espontáneamente siguen asombrándome. En el caso que relataré fui beneficiado por una, ya que, al fin del proceso, eliminé una ignorancia mía insólita.

    Primera idea: ¿qué figura literaria está más presente en los tangos clásicos y hasta hoy? ¿Las penas de la madre buena? ¿El destino cruel de la obrerita devorada por la mala vida? ¿El amor, la pasión, el desencuentro? ¿La guapeza, la figura del compadrito? ¿La reverencia al barrio? En fin, todo está, claro, repetidamente, en los tangos. Pero quizás —y lo digo así, pues siempre hay que dejar abierta una duda— no tanto como el alcohol.

    Una periodista argentina hace pocos años hizo una tesis en la que propuso que el alcohol y el tango tienen “un inocultable y estrecho vínculo desde sus inicios”. Para respaldar la afirmación recordó algunas obras memorables, inmortales: Mi noche triste, de Pascual Contursi —que dio nacimiento al tango canción glorificado por Gardel—; La copa del olvido, de Alberto Vacarezza, creado con Enrique Delfino para el sainete Cuando un pobre se divierte; Tomo y obligo, “un convite que no debía despreciarse”, de Manuel Romero; El tabernero, donde el bebedor “pide compasión y entendimiento para los borrachos”, de Raúl Costa Oliveri; La última copa, una triste despedida de un ebrio “donde el silencio de los amigos es la mejor compañía”, de Juan Andrés Caruso; La última curda, monumental poesía de Cátulo Castillo que reserva la particularidad de “cederle el protagonismo no al vino siempre presente sino al ron”; Los mareados, de Enrique Cadícamo, donde el hombre y la mujer beben para despedirse, quedándose con el recuerdo del amor perdido; Destellos, de Caruso, donde el protagonista bebe champán para olvidar una pasión; Copas, amigas y besos, de Cadícamo, en el que “el hombre bebe arrepentido de haber abandonado a una mujer”; Pucherito de gallina, de Néstor Quintana, que permite la aparición del “vino carlón”; y, cerrando una incompleta lista, Esta noche me emborracho, de Discépolo, tango que representa al hombre, alcoholizado, que recuerda su vida y lo golpea la realidad de ver a la mujer que amó “hecha una piltrafa”.

    Tercera idea, que termina siendo la consecuencia para mí: insistiendo en agotar mi memoria, solo recuerdo un tango que, entre tantas bebidas mencionadas en los otros, aparezca con cierta significación, según mi búsqueda, y ya desde su título, una sola vez: Whisky, de Héctor Marcó. ¿Tan escaso espacio en casi dos siglos de tango clásico para una bebida tan popular?

    Y es entonces cuando esta asociación de ideas me empujó a seguir averiguando en torno a esa palabra y descubrí, no sin cierto pudor, que entre mis ignorancias de supuesto entendido figuraba Héctor Francisco Belando, que pasó a la historia como un poeta, compositor y cantante inclasificable apodado Nacho Whisky. ¡Contemporáneo de los grandes del tango, de larga y aventurera vida, cegada en 2013 por un accidente de tránsito!

    Nació en Temperley, un pájaro libre de cualquier atadura, un artista callejero que alcanzó una popularidad quizás subterránea, pero muy extensa y reverencial, e influyó en cantidad de músicos populares a lo largo de años, con la interrupción que se impuso, yéndose a Estados Unidos, entre las décadas miserables de Argentina de 1970 y 1980. Allá en el norte conoció y entrevistó a John Lennon y caminó calles del Bronx junto con Charles Bukowski. Admiró a Gardel, a Rivero, a Goyeneche, a Troilo, creó una línea de tango propia, de la que vale recordar obras como Los héroes del amor, Adónde vamos, Sería mejor, Me tira el mar, Vestido de pena, Tu espalda, Por la herida y Barro suave.

    Grabó poco, recopiló sus creaciones poéticas en el libro Los héroes del amor y compuso tangos, valses y milongas que no atrajeron a los grandes intérpretes pero sí a multitud de amigos artistas, algunos del mundo outsider, incluyendo folcloristas como Los Andariegos. Todo lo suyo perdura en voces como las de Mónica Abraham, Leandro Falótico (el Negro), Gustavo Plaza, Hernán Genovese, Armando Tejeda Gómez, Miguel Ángel Reyes, Ricardo Iorio (Almafuerte), Raúl Gómez y Nico Favio.

    ¡Miren todo lo que acabo de conocer recién!

    Qué grande el whisky…, digo, la asociación de ideas.

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