La caída de un depredador

En El consentimiento, Vanessa Springora relata su vínculo sexual a los 14 años con Gabriel Matzneff, 35 años mayor

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Nº 2092 - 8 al 14 de Octubre de 2020

escribe Silvana Tanzi

Él es un escritor francés con una producción literaria, ensayística y autobiográfica destacada, que abarca unos 50 libros publicados en prestigiosas editoriales como Gallimard. Es un pensador que tiene el sexo como uno de sus temas preferidos. En sus diarios íntimos relató sin eufemismos las relaciones sexuales que mantuvo con adolescentes, en su mayoría niñas, y también sus viajes a Filipinas donde su predilección eran los púberes. El mundo literario lo aplaudió durante décadas, los programas de televisión lo invitaban a mesas redondas, los intelectuales admiraban su espíritu libre y la Academia Francesa lo premiaba. Ahora Gabriel Matzneff tiene 84 años. Gallimard interrumpió la producción y comercialización de su obra. Y ya nadie lo aplaude.

Ella dirige desde 2019 el sello editorial Julliard. Se llama Vanessa Springora y nació en París en 1972. Cuando tenía 14 años, comenzó una relación amorosa y sexual con Matzneff, que en ese entonces tenía 50 años. Ese vínculo, que se extendió casi hasta sus 16, lo cuenta en El consentimiento (Lumen, 2020), un libro que vuelve a poner en primera plana al escritor octogenario. Fue tal su repercusión, que la Fiscalía francesa actuó de oficio y ahora investiga al escritor por presunta violación de menores, a pesar de que el delito contra Springora ya prescribió.

“Lo que me cautiva no es tanto un sexo concreto como la extrema juventud, esa que se da entre los 10 y los 16 años y que me parece —mucho más de lo que suele entenderse por esta expresión— el verdadero tercer sexo”. Esto escribió Matzneff en su ensayo Les moins de seize ans (Menores de dieciséis años) publicado en 1974 por la editorial Julliard, irónicamente hoy dirigida por Springora. El ensayo fue escandaloso, pero también llevó a la fama a su autor.

Su defensa del “libre disfrute de todos los cuerpos” lo impulsó a presentar una carta en 1977, junto con un grupo de intelectuales, que pedía la despenalización de las relaciones entre adultos y menores. La iniciativa surgió a raíz del encarcelamiento de tres hombres que habían tenido sexo con adolescentes de 13 y 14 años. La petición la firmaron, entre otros, Roland Barthes, Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre.

“En los años 80, el entorno en el que crezco sigue impregnado de esta visión del mundo”, escribió Springora para explicar y tratar de entender cómo todos los adultos que la rodeaban le fallaron: sus padres, sus médicos, sus docentes. Springora creció con un padre ausente y también con una curiosidad sexual poco habitual en una niña. Cuando aún no había cumplido los 12 años, ya practicaba juegos sensuales y manoseos con un amigo.

Su madre había vivido el Mayo Francés y había acuñado el “prohibido prohibir” como lema de vida. Por eso, a pesar de una primera reacción de rechazo, fue complaciente con la relación que tuvo su hija de 14 con un hombre 35 años mayor. Por supuesto que sus padres no salen favorecidos en el recuerdo de Springora. “Que no se enteren tus abuelos, cariño. No lo entenderían”, le dice la madre con naturalidad, como si la niña volviera de hacerse un piercing y no de dormir con su amante de 50 años.

Justamente fue su madre quien, sin proponérselo, los vinculó cuando la llevó a una cena en la casa de unos amigos. Allí estaba Matzneff. “Una presencia evidente. Un hombre guapo, de edad indeterminada, aunque totalmente calvo, con una calvicie muy cuidada que le da cierto aire de bonzo. Su mirada no deja de espiar cada uno de mis gestos (…). Jamás un hombre me ha mirado así”, recuerda Springora, quien a partir de ese primer encuentro queda cautivada por el escritor. Él lo sabe y comienza a escribirle cartas cada vez más apasionadas, y ella a contestarle. Hasta que un día se encuentran en su apartamento.

“Así como hay que santiguarse con agua bendita antes de cruzar el umbral de la iglesia, poseer el cuerpo y el alma de una chica joven exige cierto sentido de lo sagrado, es decir, un ritual inalterable. La sodomía tiene sus reglas y se prepara con cuidado, religiosamente”, escribe la autora al recordar la primera relación sexual con Matzneff. Él era un experto en este ritual, llevaba años haciéndolo cuando conoce a Springora. Y era tan seductor y protector como depredador. “Estoy enamorada y me siento querida como nunca antes”, dice la narradora al mirarse a sí misma en sus 14 años.

A pesar de que El consentimiento no es un libro de gran despliegue literario, algunos recursos narrativos son eficaces para su propósito. Uno de ellos es el uso de los tiempos verbales. La voz narrativa es la de una mujer que evoca el pasado, pero que adopta la perspectiva de la niña-adolescente que fue y su eterno presente. “Nuestro amor es un amor prohibido. Las personas decentes lo censuran. Lo sé porque no deja de repetírmelo. Así que no puedo decírselo a nadie. Hay que tener cuidado. Pero ¿por qué? ¿Por qué si yo lo amo, y él también me ama?”.

Otro de sus recursos es ocultar los nombres tras iniciales: ella es V. y él es G. Obviamente no impide identificarlos, pero le otorga a los protagonistas una categoría más de personajes que de seres reales.

En ese sentido, al libro se lo califica como novela, aunque evidentemente hay un afán autobiográfico o por lo menos de evocación. Su relato juega en el límite entre ficción y realidad, y esto es curioso porque tras ese límite también se amparaba Matzneff cuando lo acusaban de pedófilo por sus escritos.

Cuando V. lee por primera vez los diarios de Matzneff y se encuentra con sus aventuras en Filipinas y con la exposición de su propia historia, la invade el asco y la culpa. Entonces, decide abandonarlo. También abandona los estudios, sufre frecuentes ataques de ansiedad y algún episodio psicótico. Además no puede mantener relaciones naturales con jóvenes de su edad. Matzneff la persiguió siempre para que volviera con él, incluso cuando fue adulta y comenzó a trabajar como editora. Sin autorización publicó en su blog las cartas que ella le escribió a los 14 años. Quería hacer explícito su consentimiento. También publicó la correspondencia y alguna foto que le envió Francesca Gee, otra adolescente que contó su historia en The New York Times.

Es inevitable pensar en Lolita cuando se lee El consentimiento. Pero, sabiamente, Springora marca las diferencias entre su historia y la que cuenta la novela de Nabokov. Ella no está de acuerdo con las voces que piden su revisión y censura. “Nabokov nunca pretende convertir a Humbert Humbert en un benefactor, y menos aún en un buen tipo. Por el contrario, su relato de la pasión de su personaje por las ninfas, pasión irrefrenable y enfermiza que lo tortura durante toda su vida, es de una lucidez implacable”.

Pero Matzneff ni se cuestiona ni se arrepiente. En un comunicado habla de “injustos ataques” y de “la belleza del amor” que vivió con Springora. Sus últimos años de vida serán patéticos.

Vida Cultural
2020-10-07T19:52:00