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    martes 18 de junio de 2024

    La castita política uruguaya contra Javier Milei

    Nº 2223 - 4 al 10 de Mayo de 2023

    Decía el icónico expresidente de Peñarol contador José Pedro Damiani: “En el Uruguay no hay ricos, hay riquitos”. Y cuando nos comparamos con Argentina, también lo nuestro es diminutivo: ni grandes proezas, ni grandes desastres. Con la política sucede lo mismo: allá está “la casta” y aquí “la castita”. Ambas están en contra de las ideas que propone desde hace casi 10 años Javier Milei, un economista que defiende la libertad a ultranza y que quiere cambiar radicalmente la estructura del Estado y las mafias que lo gobiernan. Por eso muchos le tienen miedo.

    Milei no está en contra de la política, ni de los políticos honestos y, menos aún, del sistema democrático. Él está en contra de “la casta”, a la cual define como aquellos políticos que viven del Estado, que aprueban leyes y decretos para dejar contento al pueblo en el corto plazo, aun sabiendo que, a la larga, esas medidas son perjudiciales para toda la sociedad.

    También la casta la integra el político corrupto, no solo del que revolea bolsos con nueve millones de dólares para dentro de un convento trucho, asigna obra pública a los amigos y sus entenados que acumulan 400.000 hectáreas en estancias, sino que también incluye a los que hacen favores con dinero ajeno, cobran impuestos para repartirlos a cambio de votos o simplemente son tibios a la hora de encarar los cambios, porque saben que ir contra la corriente del pensamiento dominante es ir contra la corriente de los votos que los mantienen en el poder.

    Milei está a favor de la libertad en todos sus términos, de las libertades políticas, las sociales, las individuales y, sobre todo, de las libertades económicas. Quiere eliminar los más de 120 impuestos que rigen en Argentina y dejar solo 10, así como las 69.000 regulaciones que impiden el comercio, al punto tal que un vehículo que transporta chacinados desde capital federal a provincia (es decir, cruzando la General Paz), debe llevar unos 17 permisos encima, y para ello el empresario debe disponer de un funcionario casi en exclusiva para llenar papeles inútiles para saciar a un Estado ineficiente.

    También plantea cerrar el Banco Central (más bien dinamitarlo y dejar sus ruinas como testimonio de las ruinas que esa entidad les causó a los argentinos), como ser destruir cinco signos monetarios, quitarle 13 ceros a la moneda y generar dos hiperinflaciones sin haber tenido guerras. El peso argentino es un papel pintado, que desde hace casi un siglo los políticos de todo pelo lo han venido falsificando sin pudor. Y, de yapa, recordemos que Argentina es un “defaulteador serial”, ya que van nueve veces que no paga sus deudas y, seguramente, sume la décima cucarda a este triste currículum en muy poco tiempo.

    Como Milei pretende quitarles a los políticos las herramientas del saqueo, la casta se opone a sus ideas. Quieren seguir con la obra pública y ya vimos los robos que hicieron, todos documentados en los “cuadernos Gloria”. Quieren seguir con las empresas públicas, todas ellas perdiendo dinero, pero ganando empleados públicos amigos y “caja” para sus campañas. Quieren seguir con el Banco Central, para que pueda financiar el déficit fiscal crónico, que se genera por subsidiar las tarifas públicas, financiar políticas de género, tener un exceso de Estado y el “ponerle platita en el bolsillo a la gente”. Por eso tienen una inflación del 120% (y creciendo), una moneda inútil y un riesgo país de los más altos del mundo.

    Lo que llama la atención es que políticos de todos los partidos uruguayos hayan criticado a Milei. El expresidente Julio María Sanguinetti lo ve con “preocupación” y dice que “sin dudas no ayuda al ejercicio democrático”. El senador Guillermo Domenech, de Cabildo Abierto, lo ve como un “fenómeno circunstancial” que no tiene “bases firmes” como para “timonear” la Argentina. El siempre ocurrente José Mujica dice que “el fenómeno no es Milei, sino ustedes (los periodistas) que le dan pelota”. Hasta Pablo Iturralde, presidente del Partido Nacional, apuntó contra el “facilismo tremendo” de figuras emergentes que capitalizan el descontento de los votantes con la economía, “después de tantos años de populismo”. Y por último Pablo Mieres, del Partido Independiente, critica a los outsiders como Milei, considerando que “son políticos que ingresan a la política diciendo que no les gusta la política”.

    Es muy bueno y muy sano para una democracia el contar con partidos políticos con 150 años de historia como los tiene Uruguay, pero también de esas entrañas surgió un populismo y estatismo desmesurado, que llevó a un estancamiento económico e inflación, que trajo un enorme descontento en la población, el que dio nacimiento a los tupamaros y luego a un Bordaberry y el golpe de Estado. En esos partidos también surgen outsiders como Juan Sartori, que se mete en el Senado luego de una breve y costosa campaña política. Y Cabildo Abierto es el gran outsider del sistema, que buenos dolores de cabeza le está dando al gobierno de coalición. Nada es perfecto. Ni pelado, ni con dos pelucas.

    Ninguno de los partidos políticos uruguayos ha planteado con firmeza el achicar el Estado, el terminar con empresas públicas ineficientes, el reducir la cantidad de intendencias o hacer fuertes ajustes al Banco Central, que acaba de pedir unos 800 millones de dólares porque estaba al borde de la quiebra. De alguna manera, todos ellos se benefician con esta enorme estructura estatal.

    El tema no es Milei y su personalidad o sus extravagancias. El tema de fondo son las ideas de la libertad, esas que incorporó Juan Bautista Alberdi en la Constitución argentina de 1856 y que en pocos años hizo de ese joven país un vergel de oportunidades y uno con el mayor ingreso per cápita del mundo, cuando hoy chapotea en la miseria de la inflación, la desocupación, 20 millones de pobres y cinco millones de indigentes.

    Rechacen a los outsiders como Milei y abrácense a las tradiciones de Juan Domingo Perón o del “hiperinflacionario de Chascomús” (Raúl Alfonsín), ese “padre de la democracia” que inmortalizó la frase: “Con la democracia no solo se vota, sino que también se come, se educa y se cura” y tuvo que abandonar la presidencia ocho meses antes de terminar su mandato, con una hiperinflación del 5.000% anual, con la cual no pudo ni curar, ni alimentar, ni educar y sí apenas pudieron votar.

    Critiquen a Milei todo lo que quieran. Pero no se distraigan mirando el dedo cuando se apunta a la luna. Defiendan sí las ideas de la libertad, porque en esta faena, tienen mucho aún por hacer.