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    La cebolla

    Con miles de años de historia a disposición, podemos asegurar que la hispano-mediterránea es una sociedad basada en el fraude, el engaño, la corrupción y la más compacta incapacidad para crear un modelo social exitoso. Esto es válido para Italia y Libia, Marruecos y Grecia: partes del mundo mediterráneo que a pesar del paso de los siglos y los milenios siguen pataleando en el fango del atraso.

    Quizás, el más concreto ejemplo de esta característica nos lo brinde un hecho fundacional: la creación de Hispanoamérica. Sabedores de cómo funcionaba la sociedad que gobernaban, los Reyes Católicos comenzaban todas las órdenes pertinentes a la empresa colombina (y me refiero al segundo viaje del almirante: el que echó las bases del Nuevo Mundo) con una frase magistral, por lo corta y clarificadora: “Para que no haya fraude y engaño…”.

    En su intento para eliminar el fraude, los reyes creaban instancias de control. Pero como los controladores no tardaban en convertirse en beneficiarios del fraude que debían combatir, la Corona creaba una instancia de control de los controladores. Ni que decir que la misma era tan inefectiva como la otra y que pronto surgía una instancia superior, que controlaba a quienes controlaban a los controladores.

    Hay ejemplos magníficos que ilustran esta relación. Cuando Colón, en 1494, les escribió a los Reyes Católicos para quejarse de que el segundo viaje iba al fracaso debido a la corrupción (le habían cambiado hasta los caballos seleccionados por bestias moribundas), no dudó en apuntar al responsable del fraude: era Juan de Soria, jefe de los contadores del reino y, por ende, máximo controlador de todos los controladores cuya función era, justamente, impedir el fraude y el engaño.

    Isabel y Fernando, enojadísimos por las acusaciones de un forastero contra el más alto funcionario del Estado, le encargaron al obispo Fonseca que iniciara una investigación, para saber si lo que decía el almirante era cierto o no. De esta manera, la investigación quedó a cargo de quien —como la araña en la enorme tela social, económica y política— tejía, destejía, armaba y desarmaba cuanto negociado se podía hacer en la empresa colonizadora.

    Tan corrupto era Fonseca (su investigación nunca llegó a concretarse) que a la muerte de los reyes fue separado de sus cargos por el cardenal Cisneros, Inquisidor General y Regente del Reino, en espera de la mayoría de edad del príncipe Carlos I. Convertido el jovencísimo Carlos en rey, y muerto Cisneros, Fonseca retomó su viejo puesto y siguió lucrando en gran escala.

    Sobre la corrupción denunciada por Colón nunca se aclaró nada. Todo siguió igual, o mejor dicho peor, pues una vez que los españoles descubrieron el oro y la plata de México, Perú y Bolivia, los montos de capital manejados por las mafias estatales del imperio alcanzaron niveles tan altos que se modificó radicalmente la base de la economía mundial.

    Eso sí: al denunciante se le retiraron todos los cargos y privilegios, se lo apartó de la escena, se le prohibió pisar la ciudad que había fundado (La Isabela) y se le llevó encadenado a España, en donde se hizo una masiva campaña de desprestigio en su contra. Para que aprendiera a callarse la boca.

    El 7 de julio de 1504, Colón, un tierno inocente movido por la pasión de descubrir nuevas rutas, escribió otra carta. Habiendo visto cómo una marea de funcionarios, nobles, sacerdotes y militares viajaban a las Indias con una orden específica, hacían todo lo contrario al llegar, regresaban luego a España para comprarse cargos más altos y poder volver a las Indias con mayores posibilidades de enriquecimiento personal, el almirante resumió los once años de la empresa conquistadora (que era la historia de América Latina) con estas palabras: “Quienes se fueron de las Indias huyendo del trabajo y hablando (…) mal de mí, volvieron con cargos. Mal ejemplo para la justicia en el mundo”.

    El gran problema de Colón era que creía en la honestidad y la justicia. Había nacido en un mundo equivocado.

    Con el paso del tiempo, América Latina, espejo fiel de la sociedad mediterránea, se fue convirtiendo en una cebolla de fraudes, instancias de control, corrupción, mayor control y mentiras. Con un agravante: el Nuevo Mundo se nutrió de otras culturas aún más atrasadas y violentas que la mediterránea, tales como la indígena y la negra.

    Me parece inconcebible que aún haya gente que crea que el mundo cultural al cual pertenecemos puede triunfar en todos los campos que no sean, justamente, “el fraude y el engaño”.