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    La columna romana

    Sr. Director:

    En el lapso de varios siglos, y hasta 1960, las potencias colonialistas de Inglaterra, Alemania, Francia, España, Holanda saquearon África a mansalva y se llevaron millones de esclavos y centenares de miles de tesoros artísticos, que todavía se guardan en los grandes museos de París, Londres, Berlín, Madrid y otros.

    A raíz de la reciente decisión de Emmanuel Macron de devolverle a Nigeria los extraordinarios bronces de Benín (cuya mayor parte se llevaron los ingleses), se despertó en todo el mundo una fuerte iniciativa para que gran parte de esos tesoros que están en Europa se devuelvan a los países de origen. Mi amigo Juan Silva, alias Silvita, rubio, bajito y de pelo crespo, me llamó hace unos días para decirme que el gobierno uruguayo debiera devolver a Argelia la columna romana del siglo II que está en la entrada de la Facultad de Arquitectura. Según Silvita, cuando el gran arquitecto Fresnedo Siri proyectó la Facultad de Arquitectura, imaginó que en la entrada se necesitaba un elemento vertical, una columna. Entonces Francia ofreció donarle una de las que abundaban en su vasto Imperio. Justo en esos días el joven arquitecto o estudiante J. Casal Rocco, viajando por el norte de África, encontró una columna semienterrada entre los restos de un templo romano de la ciudad de Djemila, en Argelia, colonia francesa en ese momento, y arregló el traslado de la misma hasta un puerto mediterráneo. Milagrosamente apareció acá y se pudo colocar en 1948, el mismo año en que se inauguró el notable edificio.

    Durante 10 años (toda la década del sesenta), como estudiantes pasamos todos los días por al lado de la columna y nunca nos impresionó que fuera romana del siglo II, y ni siquiera supimos si es dórica, jónica o corintia; estábamos en otra. Dice Silvita que hoy mismo los irreverentes estudiantes salen a fumar afuera y apagan los puchos en su base milenaria. Le dije a Silvita: “No vas a comparar una columna romana, que hay miles, con los bronces de Benín, o con el busto egipcio de Nefertitis que guardan los alemanes, o los mármoles del Partenón que tienen los ingleses, o los tesoros colombianos que tienen los españoles”. Pero Silvita insiste en que Uruguay debe debatir si la dichosa columna tiene que volver a Argelia o no. Después me acordé de que Silvita puede estar motivado por razones personales para emprender su loca cruzada. La facultad siempre fue muy antiimperialista. Silvita colaboró en esos años con Sophie Vidal en denunciar las barbaridades del Ejército francés en Argelia. Las torturas de los franceses a los argelinos para desalentar la resistencia, descritas en La Batalla de Argelia, inspiraron a los militares uruguayos en la dictadura. Además, Casal Rocco, que la encontró y mandó para acá, fue interventor de la facultad treinta años después. “Pero Silvita —le dije—, no podés mezclar detalles y sentimientos personales con la pobre columna que está ahí quieta desde hace 70 años. Se van a reír de vos. ¡Si seguís así, vas a querer devolverle el Polonio a los charrúas o sacar de Tres Cruces la estatua de Rivera! “Esa columna está llena de sangre; tiene que irse”, me dijo secamente y colgó. Pobre Silvita.

    Daniel Heide