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    La comedia ha terminado

    Sr. Director:

    A propósito de unas afirmaciones de carácter histórico realizadas por el director del Museo Municipal de Canelones en el diario Hoy Canelones el 18 de enero pasado relativas a un hueco hallado en la plaza de Canelones, las cuestioné en dos entregas del 30 de enero y 6 de febrero; el director referido contestó en dos entregas del 27 y 5 de marzo. A mis respuestas del 12 y el 19 de marzo replicó mi interlocutor el 2 y el 9 de abril. En esta ocasión manifestó su intención de no continuar, por lo que, con el título La comedia ha terminado, envié al referido diario mi último aporte. Dicho diario me avisó por mail que no lo publicaría, a pesar de que en el mismo me expresó que realicé “consideraciones […] expresadas con la mayor altura y respeto”.

    No cuestiono —ni tampoco justifico— los motivos de ese órgano de prensa para adoptar esa decisión. Solo me preocupa que los lectores, que habían venido siguiendo la controversia de referencia, recojan la impresión de que sin dar respuesta, abandoné la defensa de mi posición. El texto cuya publicación me fue negada, es el que sigue:

    Mi interlocutor me ha instado, por decirlo así, a que no lo nombre más. Cumplido. Por lo que entiendo, da por terminada su participación en esta controversia. Estoy de acuerdo, porque ya expuso sus razones en las dos primeras notas, para que el público supiera en qué fundaba su postura. En las dos exposiciones siguientes optó por no agregar nuevos argumentos. Me limitaré, entonces, a resumir mi posición y le digo adiós.

    Pero antes debo realizar una aclaración sobre dos errores de copia que cometí: en mi primer mail me referí al encuentro de Paso Cuello como Paso Franco; y en mi último artículo, al referirme al personaje de Molière que no sabía que hablaba en prosa, puse Monsieur Bourdon, en lugar de Monsieur Jourdain. Por ambas gaffes pido disculpas a los lectores. Asimismo agrego que la evocación del recordado amigo Femenías no estaba ligada al tema de Paso Cuello, sino en general a la profesionalidad de su conducta “en su cometido”, es decir, como director del museo.

    Vayamos al resumen prometido. Afirmé que hasta el momento no se había probado:

    a) que el hueco hallado hubiera contenido un mástil;

    b) que el supuesto mástil fuera el que pintara Besnes e Irigoyen; y

    c) que en el imaginado mástil hubiera ondeado la primera bandera nacional.

    No descarto, por supuesto, que en el futuro, si se aportaran probanzas incuestionables, pueda concluirse otra cosa.

    En el transcurso de la controversia, surgió un tema lateral: el encuentro de Paso Cuello, sobre el que en su momento sostuve que no fue exitoso (agrego: por haber fracasado el plan táctico de Barreiro); que no fue propiamente una batalla sino en el mejor de los casos un combate; y que su consecuencia fue un lamentable saldo para los soldados morenos: muertes; huida por los campos; pasaje al enemigo.

    No me parece de recibo usar como fuente un poeta (talentoso como tal, pero en su arte) y la opinión de un militar que escribió hace casi un siglo, sin que ninguno de los grandes historiadores posteriores de primera línea —cerca de un medio centenar— lo hayan avalado. La expresión “línea de batalla” del querible José Benito Lamas tiene el mismo sentido que la “batalla campal” con que aludimos a un desorden con violencia física en el fútbol, o cuando en la Marcha Mi Bandera se repite “el batallar, el batallar” o, incluso, cuando mencionamos la “batalla contra el coronavirus” actual; es decir, aproximaciones del lenguaje corriente que no pretenden tipificar las diferencias técnicas entre lo que es batalla, lo que es combate y lo que es escaramuza.

    No pude evitar el entrever una secuencia de designio refundacional entre el acto de magnificar un hecho bélico al que se calificó exageradamente como batalla, y poco después la exaltación del hallazgo de un hueco como acto sagrado, cuando ha operado en ambas situaciones el mismo protagonista. ¿Usted no desconfiaría? (así decía el personaje cómico de un conocido programa radial). Puedo estar equivocado pero…

    Otro tema que debo mencionar antes de retirarme es el derecho a la libre expresión del pensamiento. Esa libertad rige en forma amplísima (“enteramente”) en nuestro país desde que fuera consagrada en nuestro código fundamental de 1830 (art. 141, hoy 29). Es un rasgo distintivo del régimen democrático y solo lo impiden las dictaduras. Recuerdo el énfasis que, sobre el tema y destacando su extensión, ponía en sus clases de Derecho Constitucional mi inolvidable profesor Justino Jiménez de Aréchaga.

    He ejercido mi libre desaprobación en forma severa, y he incluido alguna ironía, simplemente porque está en mi temperamento y, siendo legítimo, me gusta suscitar alguna sonrisa. Esto no puede asimilarse con el agraviar o el insultar que me atribuye, lo que sería, como decía un coterráneo, confundir velocidad con mortadela.

    El libre juego de la crítica de las opiniones emitidas no está prohibido por el orden jurídico, sino que, al contrario, es índice de la salud del régimen democrático. Que yo sepa, esto es pacíficamente aceptado, salvo que alguien se sienta imbuido de criterios totalitarios, o confunda una libre controversia sobre temas académicos o intelectuales con un matonismo de boliche. Puede hacerlo (como en un sainete de Paquito Busto, quien comía jabón diciendo que era queso), pero no es profesional.

    Una última precisión (la del estribo, según el decir gauchesco) se refiere a la página entera que se dedica a comentar varios párrafos míos, entre ellos de los mails intercambiados. Hay un problema: mi interlocutor no comprende el sentido de la mayor parte de lo que escribí. La falta de vuelo y la mediocridad asoma por todos los agujeros. Es evidente que la exégesis de textos no es para todos.

    No voy a ahondar en eso. Para el lector (a quien mi interlocutor le ha obsequiado delicadezas expresivas como “revolcándose así en el barro de la miseria humana”), sería aburrido que lo comentara, y mi propósito es terminar.

    Shakespeare confiere a mi despedida el mensaje apropiado. “Cosas hay entre el cielo y la tierra —le dijo Hamlet a Horacio—, que ignora tu filosofía”.

    Prof. Agapo Luis Palomeque

    CI 3.002.618-9