Había nacido en Kiev, Rusia, en 1903. Luego de un breve periplo europeo, en 1928 debutó en el Carnegie Hall de Nueva York. Otros 25 años después, en 1953, dio un recital de despedida en esa misma sala y anunció que se tomaría un año sabático. En aquella época se habló de un surmenage, lo que hoy llamaríamos agotamiento físico o síndrome de fatiga crónica. El mismo confesó estar extenuado de andar en tantos trenes. Además, no le gustaban los aviones. Cuando decidió hacer esa pausa en 1953, Vladimir Horowitz (1903-1989) era una estrella absoluta y un pianista magistral con una técnica endemoniada, capaz de arrancarle al piano sonidos y colores que ningún otro colega lograba. Sus discos se vendían como agua. Y sus interpretaciones eran admiradas por los jóvenes pianistas.
Paradojalmente, aquel hombre inseguro comenzó a sentir la necesidad de comunicarse con el público. Así se lo comentó a su esposa Wanda Toscanini, hija del célebre Arturo Toscanini, y a dos o tres amigos íntimos al comienzo de ese año: “Estoy cansado de tocar frente a un micrófono, necesito sentir al público”. El siguiente paso fue ir al Carnegie Hall dos o tres veces por la mañana durante el mes de febrero a probar algunos pianos en el escenario mismo para reencontrarse con la acústica de la sala. No conforme con los instrumentos del teatro, caminó un par de cuadras por la calle 57 hasta la casa “Steinway”. Y allí probó varios pianos hasta que eligió uno, pero no dijo para qué lo elegía. De inmediato, Nueva York se llenó de rumores sobre el retorno del pianista. Era inevitable: había sido visto entrar y salir primero del Carnegie Hall y luego de Steinway & Sons.
El 19 de marzo de 1965, Horowitz ofreció la primera conferencia de prensa de su vida y anunció que volvería a presentarse en el Carnegie Hall el domingo 9 de mayo de ese año a las 15 y 30 horas. Sonriente frente a las cámaras y a los micrófonos, anunció también el programa que ejecutaría, con estas palabras: “La Toccata de Bach-Busoni es mi pieza de la buena suerte. Con ella empecé mi primer recital fuera de Rusia hace 40 años. La Fantasía de Schumann es una obra de una belleza extraodinaria. Scriabin murió en 1915, o sea que estamos en el 50° aniversario de su muerte. Lo considero un gran compositor, con un sello propio. Y en cuanto a Chopin, está en el programa porque es Chopin”.
A las 10 de la mañana, la boletería abrió y en dos horas agotó las 2.760 entradas. Pero esta no sería la única vigilia del público, puesto que además de las entradas vendidas con asiento, 100 tiquets más para ver el recital de pie se pondrían a la venta el mismo día del espectáculo, tres horas antes, con una nueva fila de gente que aguardó desde la noche del sábado 8 de mayo hasta el mediodía del 9.
El domingo fue un día soleado. Columbia Records, con quien el pianista había firmado contrato en 1962, ordenó apagar el aire acondicionado del teatro por considerarlo demasiado ruidoso. Había entonces cerca de 3.000 espectadores en el teatro, sin aire, en una tarde primaveral. La sala se fue transformando lentamente en un sauna. Para complicar todavía más las cosas, Horowitz no fue estrictamente puntual: a las 15:25 bajó de su auto en la calle 56, pero un grupo de fanáticos le dificultó durante 3 o 4 minutos el acceso al teatro. La mayoría de las crónicas indican que el recital comenzó alrededor de 20 minutos tarde.
Terminó la espera.
Un aplauso atronador recibió la aparición del estadounidense en el escenario. Como era su costumbre, vestía pantalón gris a rayas, levita y moño, en lugar de corbata. Horowitz saludó varias veces desde el proscenio, se sentó al piano y empezó el recital con la “Toccata, adagio y fuga en do mayor” (BWV 564) de Juan Sebastián Bach, una obra escrita para órgano y transcripta por Ferruccio Busoni para piano. De entrada hubo una nota pifiada, pero el pianista continuó impertérrito. El Preludio inicial comenzó a crecer en intensidad, a medida que el instrumento emitía sonidos que nada tenían que envidiarle a un órgano. En la breve interrupción antes del Adagio, es palpable en la grabación, amén de las consabidas toses, la respiración de aflojamiento de los 3.000 oyentes que llegaron al final de ese primer movimiento casi sin aliento.
El Adagio es el remanso para un fraseo majestuoso donde la mano izquierda subraya el paso solemne con unos bajos que muy pocos pianistas extraen del teclado. La Fuga culmina en una forma tal que los últimos compases suenan como si se estuviera haciendo la obra a dos pianos y no a uno.
El aplauso es impresionante, pero Horowitz vuelve rápidamente al piano y ataca la “Fantasía en Do mayor op.17” de Schumann. Y transita por el primer movimiento haciendo gala de esa sonoridad única que hizo que el crítico Pablo Mañé Garzón, al comentar el disco en el semanario “Marcha”, afirmara que en esta versión de la “Fantasía” había escuchado notas y líneas de contrapunto que jamás había oído antes en su larga vida.
El segundo movimiento avanza magníficamente y, cuando se aproxima a la endiablada coda, lo hace a una velocidad que produce tensión en la sala. Entonces, en una fracción que dura quizás menos de 2 segundos, Horowitz se pierde, erra algunas notas, inmediatamente se recupera y llega al final. Y mantiene el sonido del último acorde con el pie sobre el pedal mientras se seca la transpiración de la cara con el pañuelo. Después suelta el pedal y, cuando se apaga el sonido, encara el lento movimiento final. La “Fantasía” termina y provoca un tumulto de “bravos”. Viene el intervalo.
Final apoteósico.
En la segunda parte del recital, el artista hará la “Sonata N°9 —Misa negra— “de Alexander Scriabin, obra difícil de interpretar y de escuchar, pero inmediatamente después enfilará en una recta ininterrumpida de obras con más llegada al público, con aplausos y “bravos” cada vez más estrepitosos, primero con una lectura notable del “Poema op.32 N°1” de Scriabin y luego con tres Chopin: la “Mazurca op.30 N°4” —un modelo de canto y danza en el piano— el “Estudio N°8 del op.10” y una coronación a todo piano con la “Balada N° 1 en Sol menor” que muchos consideran una versión definitiva de la obra. Literalmente, el teatro deliraba.
Encantado con esa sintonía, Horowitz ejecutará cuatro obras fuera de programa: “Serenata para la muñeca” de Debussy, el “Estudio op.2 N°1” de Scriabin, el “Estudio N°11 op.72” de Moszkowski y, al final, una emotiva versión del “Traumerei” de las “Escenas infantiles” de Schumann, como para demostrar que esas manos capaces de sacar truenos del piano también pueden susurrar con ternura al oído del oyente.
Columbia Records editó de inmediato el recital íntegro en 2 LP que venían en una caja con buena información sobre el artista y las obras. La edición anunciaba que se trataba del recital “en vivo” del pianista. Años más tarde, Sony adquirió los derechos de Columbia, y en 1993 bajo el sello Sony Classical editó una caja con 3 CD que contiene el recital íntegro del histórico retorno del 9 de mayo de 1965, más un extracto de otros conciertos dados en 1966 con obras de Schumann, Mozart, Chopin, Debussy, Haydn, Scriabin y Liszt. Pero aquí no termina la historia.
Volviendo al año 1965, Columbia se ocupó que aun antes de salir a la venta los 2 LP, recibiera una copia el Sr. Harold Schonberg, crítico musical de “The New York Times”, quien escuchó los discos y de inmediato llamó a Columbia haciéndole notar que no se trataba de una grabación en vivo, ya que los problemas que hubo durante la coda de Schumann habían sido “limpiados” en la grabación. Apenas una hora después de esta conversación, el crítico recibió la siguiente llamada en su casa:
“—¿Mr. Schonberg?
—Si.
—Le habla Vladimir Horowitz. Entiendo que tiene usted alguna pregunta sobre la grabación de mi concierto.
—La coda de Schumann…
—Sí, déjeme explicarle.
—Por supuesto.
—¿Recuerda usted el calor que había en la sala? Mientras yo estaba tocando, y aún antes de llegar a la coda, la transpiración corrió dentro de mis ojos y no podía ver con claridad el teclado. De manera que toqué ciego. Usted sabe lo importante que son los discos para la posteridad de un artista, y no quise estar representado por algo que en realidad no fue responsabilidad mía. Fue en realidad un acto de Dios, el calor reinante y el sudor, de manera que me pareció que debía corregir ese pasaje después del concierto.
—Todo bien Sr. Horowitz, pero Columbia anuncia la grabación como si fuera el histórico concierto en vivo, y no es así.
—Pero fue un acto de Dios.
—¿Y qué hay entonces de la verdad en publicidad?”
Horowitz y Schonberg no se pusieron de acuerdo. Pero el álbum, tanto en su primera versión de LP como en la de Sony de 1993 en CD, es un trabajo editado con varios “parches” realizados fuera del concierto, no sólo en Bach y en Schumann. En su momento, el tema dio para mucha tela, no obstante lo cual el disco agotó varias ediciones.
Finalmente, en 2003 Sony decidió relanzar este histórico concierto, y lo hizo bajo el título “Horowitz en vivo y sin enmiendas – El Histórico retorno al Carnegie Hall de 1965”, en una caja con 2 CD con el show completo y un DVD con fragmentos de la película “El último romántico”, sobre la vida de un hombre al que Arthur Rubinstein, otro pianista americano de origen europeo y judío, había acusado de ser homosexual. En la contratapa de la caja se cuenta la historia de las enmiendas a la grabación: “Esta nueva edición del concierto en vivo vuelve por primera vez a la fuente original, íntegra y sin correcciones y devuelve así la espontaneidad pura y la brillantez de la interpretación de Horowitz —con errores y todo— en aquella tarde memorable”.
Esta grabación permite sacar dos conclusiones: que el escándalo que se armó en su momento fue excesivo y que, sin discusión, estamos frente a un pianista monumental en un recital histórico. Justamente la nueva grabación, con pequeños errores incluidos, ilustra sobre la comunicación expresiva entre el intérprete y su público. Y esas tres mil almas que lo escuchan en medio de un silencio sepulcral se hacen receptivas del fenómeno estético que están presenciando. Y, por otro lado, el maestro, al captar esa tensión expectante en la sala y esa energía silenciosa y cómplice, se entrega aún más, cala hondo y descubre todavía más significados en la partitura. Una joya de la discografía de todos los tiempos.