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    La culpa

    El gran debate que siguió a la II Guerra Mundial y que ocupó al grueso de la intelectualidad europea durante décadas giró en torno al tema de la culpa. ¿De quién había sido la culpa del desastre? Una vez aplacados los ánimos y desmantelados parcialmente los fanatismos, fue quedando cada vez más claro que la culpa de la guerra y el Holocausto había sido compartida.

    El punto de partida era el siguiente. Sobre una base mental de profundas raíces ya existente a lo largo y ancho del continente europeo (el antisemitismo, el nacionalismo y el expansionismo colonial), se plantó la peor planta imaginable como punto final de la primera guerra: el Tratado de Versalles, un supuesto acuerdo de paz que no era otra cosa que una declaración de guerra, tal y como constataron fríamente varios participantes en las negociaciones.

    Las condiciones que Francia e Inglaterra le impusieron a Alemania fueron, además de injustas, imposibles de cumplir, pues el país —disminuido en su territorio, quebrado económica y moralmente, naufragado en un mar de crisis sociales y políticas— no tenía la más mínima posibilidad de pagar los cientos de millones de marcos de oro que se le exigían.

    A estas cosas se le sumaron otras de contundente significado: la flota alemana fue destruida, su ejército reducido “a un pelotón policial” y su región industrial (base material de su existencia), ocupada militarmente por Francia durante años.

    El resultado directo de esta pésima política de los aliados fue la hiperinflación de 1923, que condenó a la novel república al fracaso y hundió al pueblo alemán en la miseria. Hijo predilecto de Versalles fue el nazismo, alimentado por el revanchismo.

    Una vez con Hitler en el poder, París y Londres siguieron equivocándose y haciendo todo exactamente al revés. En vez de frenar al dictador, lo dejaron actuar. Hitler remilitarizó la Renania y nadie movió un dedo. Potenció al ejército y el mundo miró para otro lado. Creó una flota de guerra con el apoyo de Inglaterra (acuerdo naval de 1935). Ocupó Austria y nadie pareció enterarse. Cuando invadió Checoslovaquia tenía en el bolsillo el permiso firmado por los gobiernos inglés y francés.

    De esa manera, Hitler deshizo en mil pedazos el acuerdo de Versalles sin que Inglaterra o Francia (o Estados Unidos) hicieran algo para impedírselo.

    Quien busque con honestidad mental los elementos que explican el estallido de la II Guerra Mundial tiene que poner, al comienzo de la lista, los nombres de Inglaterra y Francia.

    Un error común (o mejor dicho: una teoría basada en la mala intención) es el de hacer responsable al pueblo alemán del desastre de la guerra. Esto es insostenible, no solo porque fueron los aliados quienes le allanaron el camino a Hitler, sino que también porque la maquinaria asesina que montó el nazismo fue posible gracias a la participación activa del mundo europeo oriental. En efecto, fue en los interminables bosques de Polonia y Ucrania que se mató a millones de judíos, gitanos, homosexuales y otros elementos “indeseados”.

    De hecho, después de la guerra, los pogromos siguieron sucediéndose como si nada hubiese pasado, tanto en Polonia como en Ucrania o en Rusia.

    Sostener que “todos los alemanes” eran nazis es tan estúpido y cavernario como sostener que todos los italianos cantan y tocan la mandolina, que todos los judíos son sionistas, que todos los musulmanes son terroristas o que todos los uruguayos son “tan ilustrados como valientes”.

    En realidad, ¡es justamente al revés!