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    La dictadura fue “patética”, Sanguinetti careció de “noción del cambio” y ahora hay una “mezcla de guerrilla con populismo chavista”

    Luis Alberto Lacalle, el único presidente blanco del período (1990-1995)

    No se cuida tanto al hablar y parece sentirse mucho más liberado para referirse a temas bien polémicos que la sociedad uruguaya está lejos de resolver. A sus 71 años, el ex presidente Luis Alberto Lacalle (1990-1995) no vacila en reafirmar sus antiguas ideas liberales y critica no solo la “mezcla de guerrilla con populismo chavista” que, dice, hoy dirige el Uruguay, sino también a su colega Julio María Sanguinetti por haber hecho un gobierno “sin noción del cambio”. Es durísimo con la dictadura militar (su “balance es patético”) y marca una diferencia entre la administración del presidente José Mujica y la que orientó entre 2005 y 2010 Tabaré Vázquez, a quien define como “un socialista francés”.

    Lacalle, el único presidente blanco de los últimos 40 años, se lamenta por el “deterioro” del nivel cultural del Uruguay y está asustado por la fragmentación social. “Hay un peligro de nacionalidad”, afirma, en referencia a que la sociedad está perdiendo el “común denominador que articula las diferencias” en cualquier país. Recurre a la España de la guerra civil, donde “no había valores comunes”. Allí, recuerda, “los ‘rojos’ y los ‘nacionales’, o los ‘republicanos’ y los ‘franquistas’, cuando se mataban entre ellos, no mataban a un español: mataban a ‘otro’”. Y advierte: “si en cosas tan importantes como la propiedad y la estructura familiar ya no hay categorías comunes, estamos en serios problemas”.

    Sin nombrarlos, responsabiliza al presidente Mujica y a la estética del MPP por promover un “descenso de las costumbres” mediante “el uso de un lenguaje soez”, “los ejemplos escatológicos” y “la manera de vestirse agresivamente contra las normas”. Allí, asegura, “hay un pronunciamiento político” cuyo lema es: “todo para abajo”.

    —¿Cómo evalúa los cambios dramáticos que experimentó el Uruguay durante las últimas cuatro décadas?

    —Si comparamos el primer cuaderno de Búsqueda en 1972, que se publicaba aleatoriamente, con el Búsqueda de hoy, eso nos hace recordar que en aquel momento no había computadoras, ni celulares, ni redes sociales. Todos esos son elementos nuevos de la cultura que ocurrieron en 40 años, aunque parece que hubieran transcurrido 100. El cambio se aceleró de tal manera que pensar en el mundo de 1972 y en el mundo ahora muestra que hemos dado un paso larguísimo. No digo que sea positivo ni negativo. Pero fue un cambio cualitativo gigantesco. En 1972 estábamos en plena etapa final de la sedición (su derrota militar fue en mayo de 1972, según me contestó el coronel Néstor Bolentini en una reunión de la Asamblea General parlamentaria). Luego vino la dictadura militar, que fue una interrupción institucional sustancialmente distinta a las otras tres que había tenido el país: el golpe de Estado de Juan Lindolfo Cuestas en 1898, el golpe de Gabriel Terra en 1933 y el golpe de 1942 que derogó la Constitución de Terra.

    —¿Por qué fue distinto el golpe de 1973 a todos los anteriores?

    —Porque en los tres anteriores, las Fuerzas Armadas fueron totalmente prescindentes. Apenas testigos de lo que yo considero actos de cirugía política. Testigos pero nunca partícipes: ni en 1898, ni en 1933 ni en 1942. En 1973 se le llamó técnicamente golpe de Estado porque fue desde el poder nominal, con un Juan María Bordaberry que encabezaba el aparato político, pero el motor y las decisiones fueron típicamente militares. Fue un motín militar vestido de golpe de Estado, con una etapa inicial muy breve de un “peruanismo” mezclado con ideas totalitarias europeas y españolas, y una evolución hasta 1976, cuando los militares reconocen a los partidos ante un planteo de Bordaberry para disolverlos. 1976 fue el momento más importante de la dictadura, porque allí empieza el fin del régimen, aunque parezca demasiado ingenuo. Los partidos son reivindicados, aunque no los políticos. Pero el sistema que se decide preservar es el sistema de partidos. Luego los militares fueron engañados por los civiles que los rodeaban y marcharon —convencidos de que ganaban— a la derrota en el plebiscito constitucional de 1980 y otra vez al fracaso en las elecciones internas de 1982.

    —¿Por qué cree que los militares nunca pudieron plasmar un proyecto político propio cuando tuvieron todo el poder en sus manos?

    —La dictadura uruguaya no tuvo un jefe y fue uno de sus graves dramas. Fue una dictadura colegiada, muy uruguaya desde el principio. Al final empezaron a aparecer las aspiraciones de algunos jefes militares de transformarse en presidentes electos: los generales Julio César Vadora y, fundamentalmente, Gregorio Álvarez. Pretendían aprovecharse del espacio que habían supuestamente dejado aquellos partidos que ellos mismos habían “limpiado” y descabezado. Al final, la dictadura terminó sin ninguna esencia ni ningún valor. No hizo nada fundamental respecto a los problemas del país. El balance es patético.

    —¿Usted dice que la dictadura fue un paréntesis de casi 12 años que congeló al Uruguay?

    —Congeló al Uruguay y destruyó en gran parte fundamentalmente al Partido Nacional y, también, al Partido Colorado. Para peor, dejó incólumes los principales problemas del país. Aquí quedaron las empresas públicas, los funcionarios públicos y el sistema jubilatorio, que eran los tres grandes problemas que el Uruguay tenía y sigue teniendo. Lo único bueno que hubo en esto fue la gestión de Alejandro Végh Villegas, que logró convencer a los militares sobre las reformas económicas de 1974.

    —¿Cómo está Uruguay hoy respecto a 1972 desde el punto de vista institucional?

    —La Constitución sufre actualmente serios ataques por parte del Poder Ejecutivo. En 1972, no creo que hubiera habido una manifestación a favor de la Constitución, porque las constituciones no despiertan pasiones, pero bien que aquellas certidumbres que teníamos las añorábamos a la hora de la capucha, de la bomba, del secuestro y de los golpes en la puerta de la casa a medianoche. Cuando en 1985 retornó la democracia, hubo un cumplimiento puntilloso de la Constitución porque ya sabíamos que era algo que se podía romper. En el primer gobierno de Sanguinetti la institucionalidad aún estaba muy débil, pero esta se fortaleció en la elección de 1989, cuando todos pudieron participar (la de 1984 no fue una elección totalmente libre) y ahora estamos en una decadencia constitucional porque la mayoría absoluta y automática que tiene el poder hace siete años y medio ha convertido la ley en un instrumento con el que se pretende arreglar todo. Se utiliza la institucionalidad para arreglar pleitos en contra del Estado, para hacer los fideicomisos, para terminar con el concurso de Pluna, para crear municipios e inventar una nueva forma electoral que supone una radical transformación en Uruguay. Hay una veta totalitaria en esto, denunciada hace tiempo por nosotros en Unidad Nacional. La veta totalitaria avanza sobre los medios de comunicación (nunca habíamos tenido “prensa de Casa de Gobierno”, ni una “ley de medios” que se viene, ni el uso de la publicidad como premio o castigo) y avanza sobre las libertades y sobre la vida privada de la gente a través de la DGI. Además, tenemos ahora más gobernantes per cápita que en ninguna otra parte del mundo (presidente, vicepresidente, 30 senadores, 99 diputados, 19 intendentes, 31 ediles por departamento, más los alcaldes y los concejales). Y lo que precisamos no es más gobierno sino mejor gobierno.

    —¿Fue lo mismo el gobierno de Tabaré Vázquez que el actual del presidente José Mujica?

    —No. La salida del socialismo del eje del poder interno del Frente Amplio para incorporar al MPP fue un retroceso de carácter institucional. Ellos mismos dicen que esto es simplemente un tránsito hacia otra cosa. Hay que escuchar muy bien a Julio Marenales, que tiene un pensamiento orgánico y mantiene la ortodoxia. Esto es solo una pequeña victoria de la gran victoria futura. Vázquez es un socialista francés, un socialdemócrata europeo. Estos son una mezcla de guerrilla con populismo chavista. Y dirigen un régimen cívico-sindical. Es tal la influencia del PIT-CNT en las decisiones del gobierno que lo han hecho retroceder en líneas en las que el presidente había jugado su prestigio. El de la enseñanza fue el ejemplo más emblemático. El presidente pensaba mucho más parecido a lo que pienso yo en la materia. Pero, llegado el momento, los sindicatos le recordaron que ellos son el factor esencial. No hay que olvidar que el origen del Frente Amplio es sindical. Rodney Arismendi luchó y logró constituir primero una central única: la CNT. Y luego, la CNT fue la que generó su brazo político. El Frente Amplio fue el correlato político electoral de la central única de trabajadores.

    —¿Y no puede tomarse como un triunfo de la democracia que aquellos que la combatían hace 40 años hayan llegado al poder en base a sus reglas ahora?

    —El estatuto de la salida tuvo tres normas. La reposición integral de los funcionarios públicos echados por la dictadura, la amnistía para guerrilleros y demás presos políticos, y la amnistía a los militares, que fue la “ley de caducidad”. Las tres contienen injusticias, pero se miró el gran cuadro para salir en paz. Los señores Zabalza y Mujica, por ejemplo, nunca apreciaron el valor de la norma que los amnistió. Y en 1994, en plena democracia, Zabalza, Fernández Huidobro y Mujica estaban con armas prontos para provocar una carnicería en el Hospital Filtro. Por otro lado, yo no le llamo “justicia” a lo que está pasando con los militares actualmente. El caso del general Dalmao es emblemático. Ahora, es verdad que cuando vi a Mujica jurar por la Constitución el 1º de marzo de 2010 me dije: “Ahora sí se terminó la guerrilla”. A los tres días de la elección que ganó Mujica, yo le dije en una reunión: “Presidente, su vida es una novela. Si alguien escribe su vida, van a decir ‘qué imaginación tiene este novelista’. Yo le vengo a decir una sola cosa: si le quiere poner final feliz a la novela, cuente conmigo”. El discurso de Mujica cuando pasa por las aguas del Jordán el 1º de marzo de 2010 y se convierte legítimamente en lo que quizá hubiera querido antes por vía indebida, es un triunfo de la democracia. Aunque vamos a esperar a la próxima elección porque el jurado todavía no se pronunció.

    —Aquella democracia de 1972, ¿funcionaba realmente?

    —La democracia funcionaba, enfrentó a la guerrilla y la expelió como a un anticuerpo. Fue la democracia la que ganó la guerra. Hubo elecciones en 1966 y en 1971, en plena guerra interna.

    —¿Pero no estaba cuestionada aquella democracia?

    —Estaba cuestionada y nadie salía a la calle por ella porque estábamos demasiado acostumbrados y se creía que en el Uruguay nunca podría caer.

    —Cuando retorna la democracia en 1985, hubo 20 años de gobiernos colorados y blancos y luego llegó el Frente Amplio. ¿Qué evaluación hace de este último período?

    —Para la gente joven, ahora es una cosa normal y sin problemas la alternancia que hubo entre blancos y colorados. Ganó Sanguinetti en 1984, ganó Lacalle en 1989, volvió a ganar Sanguinetti en 1994 y ganó Batlle en 1999. Y listo. Pero, para los colorados, que haya habido un presidente blanco fue un cataclismo, como había ocurrido antes en 1958. Luego llega al poder el Frente Amplio, tras una postergación de cinco años gracias a nuestra actuación en apoyo de Jorge Batlle durante el balotaje de 1999.

    —Pensemos en la economía uruguaya en 1972 y en la economía uruguaya en 2012. ¿Qué reflexión le merecen todos los cambios que hubo en el período?

    —En 1972 Uruguay vivía aún en la antigua economía del contralor estatal. Si usted le dice ahora a un muchacho que hace 40 años había una Dirección Nacional de Contralor de Precios e Ingresos (Dinacoprin) y que cada cosa que se vendía tenía que pasar por ahí para que le dieran un precio, no le cree. Todo se tarifaba, algo inconcebible hoy día. Y aquí no tengo más remedio que referirme a Búsqueda. Búsqueda fue fundada en 1972 como una voz que clamaba en el desierto. Era una voz un poco estrambótica, extraña y atípica. Luego tuvo un magisterio porque se convirtió en una cátedra. Hay que recordar muy especialmente a Ramón Díaz, que a muchos de nosotros nos sacó las telarañas de la cabeza. Después, Búsqueda se transformó en el punto de referencia para las noticias. Las cosas eran “verdad” porque las publicaba Búsqueda, por su seriedad y porque para mí ha sido y sigue siendo el tutor que mantiene a la opinión pública en una línea. Entonces, desde aquello de 1972 que suponía la hiper-estatización de la economía uruguaya, apareció en 1974 la lucecita de Végh Villegas, volvió la democracia y Sanguinetti realizó un gobierno típicamente uruguayo, batllista y sin noción del cambio. Luego llegamos nosotros que tiramos el gato arriba de la mesa y planteamos una nueva agenda nacional, que se sigue hasta ahora: con derrotas y victorias en nuestro período, pusimos en marcha la ley de puertos, un nuevo concepto para las empresas públicas, la reforma de la burocracia, la desmonopolización de los seguros y de los alcoholes, se bajaron los aranceles, no se convocaron los consejos de salarios, llevamos el déficit a superávit, bajamos la inflación de 130 a 40 por ciento y dejamos las bases para el círculo virtuoso. De hecho, los gobiernos del Frente Amplio no tocaron una coma de las reformas del Estado que llevamos a cabo. No las ampliaron, pero han privatizado más que nadie (obras públicas, Pluna, etcétera).

    —Entonces, ¿usted atribuye a eso la bonanza económica que se ha vivido durante todos los años de los gobiernos frenteamplistas?

    —Hay factores externos insoslayables que favorecen notoriamente la situación. Cuando nosotros asumimos, el PBI del Uruguay era 10.000 millones de dólares; ahora es de 50.000 millones. Pero tenemos una presión fiscal de 33%. Hay que abrir Uruguay al mundo. Y hay que tener conciencia de los costos. El gobierno incide con esa carga fiscal de 33%, que está entre las más altas de América y del mundo. El empresariado se encuentra inerme frente a costos fijos impuestos y que no dependen de su mayor o menor calidad como administrador de su capital. Y la dirigencia sindical —que no es lo mismo que los trabajadores— parte de una base redistributiva sin detenerse en ver qué hay para distribuir. Si sacamos una foto, el país está bien porque hay muy buenos sueldos y todo lo demás. Pero si mostramos la película, el país va en un plano inclinado hacia abajo que va a tener en algún momento una escapatoria. La devaluación, por ejemplo, no es posible. Y el sistema educativo tampoco ayuda en este sentido. Cuando les preguntan a los muchachos qué quieren ser cuando sean adultos, solo siete de cada 100 responden “empresario”. El sistema educa, precisamente, contra eso. Les dicen a los muchachos “no queremos empresarios, no queremos mercantilistas y no queremos prepararlos para el mundo del trabajo. Queremos seres solidarios” (lo cual no es contradictorio con lo anterior). Así, la llamada generación “ni-ni” se encuentra con una oferta cuadrada y ellos tienen una llave redonda.

    —¿Cómo evalúa la evolución de Uruguay desde el punto de vista socio-cultural?

    —En 1972, la sociedad estaba mucho más acotada en cuanto a sus audacias, a sus comportamientos, a lo que se podía ver en el cine o la TV y al trato entre las personas. Era una sociedad mucho más tradicional en el buen sentido de la palabra; ordenada, coordinada e integrada. Terminada la dictadura en 1985, el Uruguay tuvo su pequeño destape. Desde entonces, el nivel cultural del país se ha deteriorado. La búsqueda del refinamiento, de la belleza, de la excelencia o de tratar de ser mejores se debilitó porque hay una subversión de valores que nos lleva a que el secretario de la Presidencia se sienta obligado a hablar del “p... poder” (cuando el poder no es “p...” ni “no p...”) simplemente para ser entendido. Eso demuestra cuáles son las claves. Para que a uno lo comprendan debe decir “m.....”, “la p... que lo p....” o “se van a c....”. Y no le digo las palabrotas completas porque no quiero contribuir a la decadencia. El patriotismo decayó terriblemente. Esta patria les daba valor a la educación, a las buenas maneras, al uso correcto del lenguaje, a que pudieran ir al fútbol dos hinchadas sin que pasara nada, a poder dejar la puerta abierta y a transitar por cualquier lugar de Montevideo sin temor. Todo eso está en decadencia. Lo peor es que a veces se toma como virtud el vicio o el defecto. Y cuando los defectos se convierten en virtudes, entonces estamos en una crisis muy grande. Como se dice teológicamente, el gran triunfo del demonio es haber hecho creer que no existe.

    —¿Usted aprecia una suerte de fragmentación social en Uruguay?

    —Sí. Cuando digo esto, me piden que no exagere. Pero lo digo igual. ¿Por qué en España hubo una guerra civil tan dura? Porque coexistían dos naciones dentro del mismo territorio. Eran dos agrupamientos humanos unidos por diferentes valores. Los “rojos” y los “nacionales”, o los “republicanos” y los “franquistas”, cuando se mataban entre ellos, no mataban a un español: mataban a “otro”. Había una alienación total porque desde la religión para abajo, no había valores comunes. Como un país es un común denominador que articula las diferencias, si el común denominador se suelta, hay un peligro de nacionalidad. No quiero ser catastrófico, pero hoy día lo que en una parte de Montevideo quiere decir “tuyo y mío” no es lo mismo en otra parte de la ciudad a cuatro kilómetros de distancia. El concepto de familia tradicional admite ahora tres o cuatro versiones diferentes. Si en cosas tan importantes como la propiedad y la estructura familiar ya no hay categorías comunes, estamos en serios problemas. ¿Y el lenguaje? Se ha empobrecido brutalmente. Se nota en los periodistas y en los oradores políticos, por ejemplo. La oratoria política sufrió un tajo: los que salieron de la dictadura no tienen riqueza de lenguaje; no usan sinónimos. Yo les escucho los discursos a los muchachos que yo crié, que son mis amigos queridos, y son discursos lineales, sin riqueza conceptual ni sinónimos. Hay, además, un voluntario descenso de las costumbres.

    —¿Cómo “voluntario”?

    —En el uso de un lenguaje soez, en los ejemplos escatológicos, en la manera de vestirse agresivamente contra las normas hay un pronunciamiento político. Se busca un efecto que no es el de la proximidad solamente, sino de bajar los estándares. Todo para abajo. Cuando Uruguay fue un país de todo para arriba. Si usted me pregunta cuál es el país con el que sueño, yo le diría: el país en el que hace 72 años nació un chico en La Teja, fue a la escuela, al liceo, a la Facultad de Medicina, fue profesor grado cinco, se hizo millonario y fue electo presidente de la República. Ese es el “Uruguayan dream”. Yo quiero que vuelva. Hoy, un niño que nace en la misma esquina donde nació Tabaré Vázquez no pasa del liceo. Vázquez es el ejemplo del país que yo quiero.

    —Usted fue el rival al que Mujica le ganó en 2009. Y Mujica habla frecuentemente utilizando esas expresiones y otras. Quiere decir que la mayoría de la sociedad quería eso, ¿o no?

    —Claro. Hay una parte de la sociedad que no me entiende y hay una parte de la sociedad a la que yo no entiendo. La elección de 2009 fue la culminación de mi vida político-electoral. Cuando para ser presidente de la República, mando superior de las Fuerzas Armadas, jefe de la diplomacia, jefe de la Policía y encarnación momentánea del Estado uruguayo, la gente tiene la opción Mujica o Lacalle —y era una opción bien clara porque somos muy distintos— y prefiere a Mujica, yo respeto la decisión, saludé a Mujica esa misma noche y lo respeto a él, pero debo concluir que hay una parte del país que no me entiende a mí y yo no la entiendo a ella. Nunca hubo antes una distinción más clara entre dos opciones.

    —¿Puede identificar al menos una “política de Estado” que, aunque no se la conozca como tal, se haya mantenido vigente durante los últimos 40 años?

    —No. En ese período no hay. Diría que, perversamente, el estatismo ha sido una política de Estado. Las empresas públicas. Ni la dictadura se metió con el estatismo. Es más: los militares fueron más estatistas que nadie. Eran todos hijos del país batllista. Yo no deseo ni aplaudo a la dictadura de Pinochet. Pero, en algunas cosas, dejó un legado en la economía que luego fue plebiscitado por todos los demás gobiernos democráticos. Acá no. A partir de Sanguinetti y de nosotros, las dos políticas de Estado que hubo fueron la forestación y los puertos. Y, a partir de nuestro gobierno, la inflación baja y el déficit fiscal contenido. No obstante, los gobiernos del Frente Amplio pueden parecer más estatistas pero los resultados sobre las cosas esenciales que el Estado tiene que hacer son los peores: el Estado está debilitado en seguridad, en educación, en salud, en Fuerzas Armadas y en política exterior. Además, la obra pública no existe. Pero en su actividad no esencial, donde no debe estar, el Estado sí ha sido fortalecido. Están fortalecidas Antel, UTE y Ancap. Hay una metástasis del Estado en Antel y Ancap, donde se vuelve a los monopolios, aunque están derogados por ley. Se ejercen de hecho. Muchas veces se plantea el Uruguay del “o”. Pero lo que precisamos es un país del “y”. Industrial “y” agropecuario “y” financiero. Pero estamos en el “o”. Fragmentar al Uruguay implica liquidarlo.

    —¿Cómo influyeron en la vida política del país de estas décadas los cambios comunicacionales que se produjeron, sobre todo después de la irrupción de Internet?

    —Las redes sociales nos tienen inmersos en una sociedad que recibe todo el tiempo impulsos y datos, pero al mismo tiempo eso ha hecho precluir la posibilidad de un pensamiento sistemático y de largo aliento. El ejercicio de la vida partidaria también fue destruido, tal como lo conocíamos en 1972, por esta nueva modalidad que los políticos todavía no hemos alcanzado a comprender del todo.

    —Pero ahora la vida partidaria se ejerce de otro modo mediante el uso de estas nuevas posibilidades de comunicación. ¿O no?

    —Sí, pero el ejercicio tradicional, que era el del contacto personal y que en mi opinión es insustituible, hoy día prácticamente desapareció. El cara a cara con la gente es indispensable en la práctica política. Al no seguir con la vieja práctica, todos los políticos han adquirido una forma uniforme de comportamiento. En el Uruguay, el contacto personal es aún posible y es el gran faltante que tiene la dirigencia partidaria ahora. De todos los partidos. En Brasil puede que no sea posible, pero ¿cuál es la riqueza de nuestra democracia? Que es una democracia doméstica, barrial, de contacto personal. Ese es el rescate que pueden tener los partidos políticos. Eso no implica no estar en Twitter o en Facebook. Pero que estos sean instrumentos para contar lo otro, lo básico.

    La izquierda continúa “girando contra la cuenta de la dictadura” y eso le “sigue rindiendo”.

    —¿La dictadura fue lo más importante que ocurrió en los últimos 40 años, en términos históricos?

    —Sí. Fue el cambio cualitativo más importante, sin ninguna duda. Porque cortó las secuencias generacionales en los partidos tradicionales pero también seguramente en el Frente Amplio. Cortó la tradición oral, el ensamblamiento de una generación con otra y hubo más de 11 años de vacío. Muchachos como Sturla, Heber o Trobo, que me acompañaron desde el principio, tenían un hueco en su memoria colectiva. Yo, que era muy joven antes del golpe y aún sobrevivo, traté de transmitirles prácticas, actitudes, cómo se hacen las cosas, todo lo cual no es una ciencia exacta, pero es la praxis política que uno vio al lado de Herrera, de Haedo, de Heber. La dictadura hirió a los partidos tradicionales, sobre todo al Partido Nacional, y la poda que hicieron los militares, paradójicamente le hizo bien a la izquierda, porque le dio el carácter de víctima, algo que no es cierto al menos en un 100%.

    —¿Por qué dice que la izquierda no fue 100% víctima de la dictadura?

    —Porque la izquierda “orejeó” a la dictadura pues creyó que íbamos al “peruanismo”. Pero toda la terrible represión, que nos abarcó a todos pero fundamentalmente a la izquierda, fue como una poda de un arbusto muy bien instalado. Le dio una renovada fuerza y ellos todavía siguen girando contra la cuenta de la dictadura y eso les sigue rindiendo. De modo que hubo un cambio tras el cual los partidos tradicionales quedaron debilitados, denostados por los propios militares, que querían cambiar a los que estábamos adentro y no lo lograron porque la gente renovó el mandato a las grandes corrientes que estaban en 1972. En cambio, a la izquierda la vigorizaron.

    Uruguay “ha perdido su independencia”

    —¿Cuánto pesa la voz del Uruguay en el mundo hoy en relación con las últimas décadas?

    —Pesa mucho menos. El Mercosur atemperó mucho la necesidad del péndulo que nos hacía no comprometernos ni con Brasil ni con Argentina porque íbamos cuerpeando las influencias y apelando a una u otra parroquia como aliada para subsistir y tener una personalidad. Ahora nos subsumimos dentro del Mercosur, que dejó de ser un acuerdo comercial. Ahora somos el apéndice de un grupo político testimonial cuyas políticas no nos interesan ni las compartimos. El país ha perdido su independencia. No nos invadieron, pero que la hemos perdido, la hemos perdido. Estamos en planes que no son nuestros planes. Los planes políticos de Brasil no son los de Uruguay, ni lo son los de Argentina. El episodio de la suspensión de Paraguay nos ha hecho ver de nuevo lo que puede valer la independencia.

    —Para explicar su política en esta materia, el presidente Mujica suele hablar de la “patria grande”. ¿Usted cree o no en esa posibilidad?

    —Es un mito de la izquierda. La “patria grande” nunca existió. El virreinato se instauró en 1774 y pasaron 36 años hasta la revolución de mayo. Nunca cuajó como entidad. Y si le agregamos la antinomia portuaria con Buenos Aires que nos amputa por un lado y nuestro españolismo que nos amputa del lado brasileño, nosotros nunca tuvimos otra patria que la Banda Oriental, la Provincia Oriental y la República Oriental del Uruguay. Es verdad que en 1813, con las Instrucciones artiguistas, hubo un modelo que pudo haber salvado a estas naciones de la diáspora. Era la federación y la confederación: los Estados Unidos de América del Sur. Toda la Argentina, todo el Uruguay, todo el Paraguay y el sur de Brasil como un solo país, ¡qué nación! Artigas puso como condición que la capital estuviera fuera de Buenos Aires y ahí se terminó el sueño, no de la “patria grande”, sino de una nación grande, con “patria” oriental, argentina, paraguaya y gaúcha. Nunca existió y ahora no tiene marcha atrás.

    Política
    2012-11-08T00:00:00

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