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    La eutanasia: ¿admisible o inadmisible?

    Sr. Director:

    El tema vuelve al tapete, esta vez de la mano de un proyecto de ley redactado por el diputado Pasquet.

    Puntualizaciones previas:

    Para el cristiano (quizás también para otras religiones), el tema es descartable ab initio: nadie puede disponer de aquel a quien Dios creó a su imagen y semejanza y a quien dio nada menos que la condición de hijo.

    Hay que ubicar el tema en la realidad antes de comenzar a discutirlo.

    Para eso, lo primero es sincerar el nombre: con frecuencia, se le ponen a las cosas nombres que las tiñen o deforman. Así ocurre, por ejemplo, con la llamada “interrupción voluntaria del embarazo”, que es, en la realidad, un acto de matar.

    En el tema que nos atañe, hay que empezar por decir las cosas como son: eutanasia es matar. Después veremos si matar puede ser admisible en algunos casos. Pero se trata de analizar el acto de matar en determinadas circunstancias.

    Entonces, matar, aun por compasión es, prima facie, una aberración. Ergo, la carga argumental y probatoria recae cien por ciento sobre quienes pretendan justificar esta aberración.

    Partimos del principio de que el bien mayor e indiscutible es el ser humano vivo y seguidamente, que a nadie le ha sido dada una autoridad superior a la del resto, para decidir borrar aquel principio cuando lo crea justificable.

    Los argumentos en favor de matar por compasión son básicamente de dos órdenes:

    La situación de la víctima potencial: extremo dolor, desahuciado, vegetal... etc.

    Lo que se ha dado en llamar el derecho a una muerte digna.

    Que lo pida la víctima. Esto se justifica como el derecho a disponer de su propia vida.

    En principio, quienes defienden la eutanasia, plantean la necesidad de que se den los dos factores a la vez. Es decir, no la justifican cuando la víctima potencial está en situación extrema pero no pide que la maten, ni cuando alguien lo pide y no se encuentra en una situación que lo amerite.

    Debe percibirse que la argumentación encubre un factor clave: sean cualesquiera que sean los elementos combinados que se exigen, nunca eliminan el factor fundamental: la muerte se producirá siempre por la voluntad del ejecutante. Sea que la víctima lo pida o no, que estén o no dadas las condiciones extremas, quien decidirá (y matará) es un tercero. Dicho en otros términos, el llamado derecho a disponer cada uno de su vida está calificado por un acto de un tercero. Quien dispondrá de la vida de la víctima será un tercero.

    Acceder al pedido de una persona de que la matemos no significa el reconocimiento de su autonomía sino, por el contrario, significa desconocer el valor de su vida.

    Desde otro ángulo: si no basta el argumento del “derecho a la muerte”, y se exige que además del pedido de la víctima se den determinadas condiciones, eso mismo está derrotando el argumento. Los defensores de la eutanasia no dicen: “hay que satisfacer los pedidos de quienes quieren morir”, sino que lo condicionan a una evaluación de los hechos, a cargo del ejecutante, que valida el pedido.

    En cuanto a aceptar que pueden darse situaciones humanas extremas (dolor, deformaciones... etc.), más allá de que con frecuencia hay medidas paliativas, siempre se estaría poniendo algo por encima del valor de la persona. La llamada “muerte digna” es muerte. Lo que tiene valor es la dignidad de la persona.

    Bajando al terreno de la experiencia práctica, debe reconocerse que cuando se abre una rendija en esto de los valores y derechos fundamentales, la brecha suele irse agrandando con los años. Las discusiones siempre empiezan muy acotadas (así ocurrió con el aborto) y luego se van sumando causales, paulatina pero constantemente. Hoy será por la existencia de un dolor intensísimo, luego se planteará cuando haya que disponer urgentemente de una cama en un CTI para un paciente que puede salvarse y aquella esté ocupada por otro sin chance de sobrevivir, o cuando los padres se vean enfrentados a toda una vida con un hijo deforme, o cuando a la sociedad le vendría bien eliminar a un criminal...

    Quebrado el principio, no habrá barreras efectivas que lo contengan.

    Ignacio De Posadas