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    La final de 1950

    Sr. Director:

    No sabemos si aún faltará algún aspecto objetivo por comentar sobre la tan peculiar final de fútbol de 1950 que, a lo largo de los últimos 72 años, no haya sido citado por buena mayoría de los medios deportivos del mundo. La selección uruguaya obtuvo ese título en buena ley –en condiciones no precisamente favorables– y provocó que todo un país, con las dimensiones demográficas de Brasil, terminara inundado en lágrimas de desazón, desconcierto e incredulidad.

    A escasas semanas del inicio de otro mundial de ese deporte, con enfoque subjetivo y algunas conjeturas intentaré rescatar –una vez más, aunque desde otro ángulo– lo acontecido en ese inolvidable domingo de aquel año; y pretendo lograrlo con el simple propósito de responder hipotéticamente a las circunstancias de “lo que pudo ser pero no fue” en esa dominguera jornada carioca.

    Por la lógica que ciertas responsabilidades humanas imponen, aceptamos con naturalidad que actuar correctamente y cumplir con el deber ser, son conductas cargadas con principios y valores que no necesitan exhibirse y por tanto no se difunden en la medida que su valoración positiva impondría, en cambio, con facilidad inconsciente incorporamos y sobredimensionamos los comportamientos cuestionables y de repulsa. Estos elementales comentarios sobre ciertos comportamientos humanos nos serán de utilidad para presentar al señor George Reader.

    ¿Quién fue George Reader? A muchísimos uruguayos probablemente por las razones recién anotadas, su nombre no nos reflota una inmediata referencia.

    Pues bien, fue el árbitro de la final entre Uruguay (2) y Brasil (1), el 16 de julio de 1950 en el estadio Maracaná de Río de Janeiro.

    Traigamos al presente su recuerdo comenzando por algunos datos personales y trayectoria profesional:

    George Reader (22 noviembre de 1896, Nuneaton-13 de julio de 1978, Southampton, Reino Unido) fue el cuarto hombre en arbitrar una final de la Copa Mundial de la FIFA, el primer inglés y el de mayor edad en hacerlo con 54 años. Maestro de escuela de profesión. Jugó al fútbol por primera vez como aficionado para Exeter City en la Southern Football League en la temporada 1919-1920, y luego en la isla de Wight en Cowes hasta 1930. Definitivamente no logró abrirse paso exitoso como jugador, y comenzó a arbitrar en 1930, progresando a través del sistema de promoción con una presteza que subrayó su habilidad y experiencia. En seis temporadas actuaba como linesman en la Football League, y en tres años más fue invitado a arbitrar sus partidos en la temporada 1939-1940. Desafortunadamente, esa temporada se abandonó luego de tres partidos por el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Por lo tanto, oficialmente solo arbitró tres encuentros de la Football League en toda su carrera. Sin embargo, durante la guerra ocupó un lugar destacado en el fútbol y fue designado como árbitro en dos finales de la Copa de Guerra (The Football League War Cup, 1939/1945) y el Campeonato Británico (British Home Championship). Se retiró de la lista de la Football League en 1944, pero todavía tenía tanta demanda entre las asociaciones de fútbol extranjeras que fue seleccionado para oficiar en toda Europa. En 1948, la Football League tomó la medida inusual de llamarlo desde su retiro para que arbitrara el partido de Brentford contra Chelsea en Griffin Park. Su canto del cisne, a la edad de 50 años, parecía ser el partido representativo del resto de Europa contra Gran Bretaña en Hampden Park, pero en 1949 Inglaterra se clasificó para la Copa del Mundo en 1950. Como complemento a la participación inglesa, la FIFA solicitó que un equipo de árbitros británicos viajara a Brasil. A pesar de las reservas sobre su avanzada edad, su experiencia internacional lo ubicó entre los que la FIFA podía convocar, y fue seleccionado con George Mitchell (de Escocia) y Arthur Ellis (de Inglaterra), quienes a la postre lo secundarían en las líneas de la final. A cargo del partido inaugural, las cualidades de autoridad y control de Reader se pusieron a prueba justo después de que Brasil anotara su primer gol contra México. Como era costumbre, el gol supuso una invasión masiva de reporteros procurando comentarios inmediatos del goleador y del portero. Ellis, observando, escribió más tarde en su libro The Final Whistle: “¿Cómo podría cualquier hombre restaurar la ley y el orden? De alguna manera, él hizo exactamente eso en pocos minutos; despejó el campo casi sin ayuda y volvió a comenzar”. (Extracto de: https://en.wikipedia.org/wiki/George_Reader)

    Por ser lo que hemos sido a nivel del fútbol mundial, Uruguay ha representado tal incongruencia histórica que muy a pesar de sesudas teorías nadie ha logrado y seguro no podrá desentrañar el “misterio” de por qué un país con diminuta población comparativa en el mundo ha conseguido tantos lauros futbolísticos internacionales. Pero el éxtasis en tales éxitos lo identificamos sin duda con ese triunfo en Brasil arrancado de las entrañas y alma –natural y previamente eufórica entonces– de nuestro rival norteño. Por cierto, un vicecampeonato jamás podía ser imaginado por tan masiva concurrencia a un estadio construido para esa contienda mundialista, ni por los 70 millones de ciudadanos brasileños de la época, y que dejó como citamos, en estado de shock social –según múltiples crónicas periodísticas posteriores– al país entero. No exageramos: se inauguraba el escenario más grande del mundo para albergar en esa jornada invernal la mayor cantidad de espectadores jamás registrada hasta la fecha: 200.000 personas estuvieron allí palpitando –apoyados, entre otros aspectos en la “lógica” de los resultados de una y otra selección en las fases previas–, lo que para todos no tendría impedimento alguno: festejar el 1er Campeonato del Mundo para Brasil en su propia casa.

    Desde ya ruego disculpas si las expresiones precedentes y las que siguen reflejan chauvinismo, pero contienen datos extraídos de la realidad, y muy útiles para ubicar en el mejor contexto posible esa victoria uruguaya, los protagonistas y principalmente sus consecuencias, tanto las que fueron como las que pudieron haber sido.

    Volvamos al juez inglés.

    Si bien por lo anotado al comienzo sería algo paradójico formalizar un tributo al deber ser, estimo existen acontecimientos que, por las condicionantes del entorno en que ocurren y las consecuencias que generan, bien merecen al menos una distinción reconocedora. Si a ello le sumamos el descaecimiento en valores, principios y conductas que por lo general y como sociedad reclamamos constantemente, el reconocimiento toma entonces apropiada dimensión. Este alegato se compatibilizará con la actuación que le cupo al señor George Reader en la cancha del Maracaná.

    En efecto, todas las garantías estaban dadas para el anfitrión, a tal extremo que cuando la verdeamarela empató con Suiza en fase inicial, Brasil cuestionó el arbitraje de un juez español y solicitó que el resto de sus encuentros se condujeran con árbitros ingleses, según relatan varias crónicas. ¡Qué contrasentido!, pensarían muchos norteños luego.

    Reader estuvo “más allá” de la altura de las circunstancias: pues hay que ponerse en la piel de ese hombre –en el ambiente que hemos señalado– para administrar justicia imbuido de absoluta imparcialidad, con encomiable ecuanimidad, y mantenerse ajeno al ensordecedor y agobiante griterío de las 200.000 almas tribuneras; y primordialmente: sabiendo que la fiesta estaba más que prevista y organizada (y si no, recordemos el desconcierto del presidente de la FIFA, el veterano Jules Rimet, al finalizar el partido) para el anfitrión, sabiendo que la consagración brasilera (aún con un empate en el resultado), con Brasil como dueño de casa, era un hecho pregonado y descartado, sabiendo que Uruguay era un país treinta veces menor en población que Brasil y por tanto con un micropeso político y comercial en el concierto mundial, sabiendo que cualquier “error” arbitral no tendría la mínima consecuencia porque “la lógica” de las circunstancias lo justificaban a priori, sabiendo que las herramientas para registrar imágenes eran precarias o inexistentes como para detectar con seriedad y aceptable precisión cualquier “error” eventualmente reprochable (¡qué cómodos están los jueces de hoy con el VAR!), en definitiva, sabiendo que difícilmente sería juzgado por una “equivocada” administración de justicia en el campo de juego en las desproporcionadas y peculiarísimas circunstancias en que jugaban ambas selecciones nacionales.

    Los uruguayos, estimo, no solamente debemos recordar con regocijo futbolero la Copa del Mundo lograda en ese año, sino también atesorar en nuestra memoria colectiva un aspecto si se quiere hasta anónimo, como fue el arbitraje de esa final por parte de la terna del Reino Unido, encabezada por el veterano árbitro señor George Reader, apreciando con ello que no solo la pelota recorrió la cancha hasta ser sacudida por los goles de Schiaffino y Ghiggia, sino que también un nítido céfiro con aroma de moral y de ética profesional sopló cual testigo mudo y ejemplarizante durante 90 minutos sobre el césped y las gradas del Maracaná.

    Carlos O. Angelero

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