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    La frustración de la señora

    Nº 2194 - 6 al 12 de Octubre de 2022

    “¡Sos una desesperada por el sexo!”, le repetía el ginecólogo Alejandro Jabib a una paciente que le pedía recomendación sobre “algún método anticonceptivo” para ella y su pareja, que fuera adecuado para su edad. “¿Te termina adentro o te termina afuera?”, insistía en preguntarle el ginecólogo durante la consulta. En su momento, la paciente dejó una queja por escrito “en el libro de quejas que había en la sociedad Universal”, porque ese y otros comentarios la habían hecho sentir muy incómoda.

    Así como esta queja, había otras, varias. En la clínica PREMED de la mutualista Universal, otras pacientes habían hecho denuncias, principalmente en forma verbal. Las denuncias no aludían solamente al uso de lenguaje inapropiado y malos tratos por parte del médico, algunas también hacían referencia al abuso físico. El director técnico de la clínica, Ruben Wernik, dijo que entonces le advirtieron a Jabib que “en caso de reiteración se iba a suspender su policlínica”. Fue así que, ante nuevas denuncias, al tiempo lo suspendieron por un mes. Pasado el mes, Jabib volvió al ruedo.

    Todo esto solo salió a la luz recientemente, a raíz de la denuncia penal que una paciente realizó en la Comisaría de la Mujer de Lomas de Solymar y también frente al Colegio Médico del Uruguay (CMU) en diciembre de 2020. Es recién al tomar conocimiento de esta denuncia que el doctor Wernik decidió suspender todo vínculo de Jabib con sus pacientes “hasta nuevo aviso”. Mientras tanto, el ginecólogo seguía trabajando en otros centros de salud.

    Más de un año y medio después de esa denuncia, en agosto de este año, el Ministerio de Salud Pública decidió finalmente suspender “por seis meses” a Jabib, con base en el fallo del Tribunal de Ética del CMU de marzo de 2022, que encontró que el ginecólogo “se apartó groseramente del relacionamiento debido en la vinculación interpersonal médico-paciente”. A pesar de esto, Jabib continuó trabajando durante el mes de setiembre en el Hospital de Las Piedras. Según informó Subrayado, “al menos los días 25 y 26 de setiembre, Jabib trabajó en las guardias de ginecología del hospital”. El subdirector del hospital, que depende de ASSE, “aseguró que no estaban al tanto de la sanción aplicada sobre el ginecólogo”.

    En el fallo del Tribunal de Ética, que se encuentra colgado en la página del CMU, se manifiesta que el director de PREMED se comportó en forma omisiva frente a las múltiples denuncias. El propio Wernik dijo en la audiencia: “He sentido presiones de personal administrativo por muchas quejas que no han sido registradas, esas quejas de oficina, de mostrador y a las que he desestimado y hoy a la luz de lo acontecido estimo que quizá fue un error mío no haber tomado participación activa ante esas quejas”. Consultado sobre este mismo tema, el subdirector del Hospital de Las Piedras dijo que en esa institución “había quejas de pasillo por parte de compañeros, pero que no se presentó ninguna denuncia formal”.

    En redes sociales, algunas voces dicen conocer a Jabib desde que era residente en el Pereira Rossell, allá por 2006-2007, y cuentan que ya en ese momento se decían muchas cosas de él. “Gurisas que estaban internadas me comentaban que les metía los dedos, en general eran gurisas que no estaban acompañadas por su pareja y principalmente eran personas de bajos recursos”, me explica una de estas personas por mensaje privado.

    Esta crónica ilustra con claridad escalofriante la situación de las mujeres que denuncian abusos, acá y en el mundo entero. Las palabras de la teórica británica Sara Ahmed en su libro ¡Denuncia! (2021) analizan con enorme lucidez la omisión institucional sistemática en este tipo de situaciones: “Para oír las quejas hay que desarmar las barreras que nos impiden oírlas, y cuando digo barreras me refiero a barreras institucionales: las puertas y las paredes que hacen que mucho de lo que se dice y se hace se vuelva invisible e inaudible”. Como las paredes de PREMED, del Pereira Rossell, del Hospital de Las Piedras.

    La autora cuenta que al comenzar a investigar sobre las denuncias de acoso sexual en la universidad en la que trabajaba, se terminó enterando de que habían tenido lugar varias investigaciones anteriores, impulsadas por denuncias previas: “Desde entonces he comprobado que esto es muy común: cuando una se involucra en una denuncia, se termina enterando de denuncias previas”. Esas denuncias que nunca llegan a nada, que nadie escucha, que a nadie le importan. Ahmed explica que el abuso sexual usualmente es minimizado como un problema o una percepción individual.

    Explica también que presentar una queja es un proceso agotador, en particular porque “las razones por las que nos quejamos ya son agotadoras” y porque suele ser un proceso interminable que hace que las denuncias se estanquen. Cuenta que su deseo de realizar esta investigación surgió de un sentimiento de frustración, la sensación de hacer mucho y lograr poco. “La frustración puede ser un registro feminista”, afirma Ahmed.

    Cuando fue interrogado en la audiencia por el Tribunal de Ética, Alejandro Jabib declaró que la paciente denunciante “interpretó mal el examen físico”, que la mujer no había podido quedar embarazada y probablemente su denuncia se debía a la “frustración” que tenía.

    Al principio me indigné con el cinismo de esa frase. Pero releyendo a Ahmed pienso que quizás Jabib no estaba tan equivocado, y que la denuncia sí puede deberse a una frustración de la señora: la que nace de darse cuenta de lo repugnante que puede llegar a ser el sistema de salud cuando sos una mujer a la que nadie le importa si fuiste abusada por el médico de una institución.

    ¿Cuántas más denuncias silenciadas vendrán después de los seis meses de pausa? ¿Cuántas más denuncias silenciadas habrá en los hospitales de todo el país?