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    La fuerza del talento

    Real de Azúa. Una biografía intelectual, de Valentín Trujillo, Premio Bartolomé Hidalgo 2017

    Son varias las razones que hacen de Real de Azúa. Una biografía intelectual (Ediciones B, reciente Premio Bartolomé Hidalgo 2017 en la categoría Testimonios, memorias y biografías), de Valentín Trujillo (Maldonado 1979), un trabajo bienvenido. Ante todo porque son 380 páginas dedicadas a investigar a uno de los intelectuales uruguayos más brillantes del siglo XX. Para muchos de sus colegas, el más brillante. Pero además, porque ciñéndose al límite autoimpuesto de ser una biografía “intelectual”, pone como corresponde el acento en el devenir del pensamiento del personaje estudiado, sin perjuicio de intercalar también información referida a aspectos familiares y anecdóticos, redondeando así un trabajo complejo que permite al lector, ya con un dato de su personalidad, ya con un dato de su pensamiento, ya con un hecho puntual de su vida, ir armando paso a paso la figura de Carlos Real de Azúa (1916-1977).

    Una pista de lo que sería la dimensión abarcadora de su mente lo da la inefable carta transcripta en las primeras páginas de esta biografía, que a los 15 años de edad Real le escribe a su amigo Hernán Costabel, de viaje por Europa, donde le rinde cuenta del devenir político en Sudamérica, con detalle de los procesos electorales en Argentina, Chile, Perú y Uruguay. A esa tempranísima edad era capaz de analizar con propiedad de politólogo diferentes realidades políticas. También por ese tiempo nos cuenta Trujillo que sus compañeros del Liceo Rodó “lo habían apodado ‘Utopía’. Un día, en una clase, debió decir esa palabra y como nadie sabía qué significaba sus compañeros lo bautizaron así”.

    El menor de tres hermanos, dicen las referencias que era el preferido de su madre. Fue ella quien le inculcó su adhesión al catolicismo, que nunca la abandonaría y que él siempre reivindicó “como afirmación de espiritualidad, misterio y trascendencia” y no como simple beatería. Según sus propias palabras, su familia pertenecía a la “clase media alta, burguesía tradicional ya no rica y nunca dueña de la tierra”. Hincha y seguidor de Peñarol, era un hombre “elegante, educado en las formas, talentoso y muy culto, sin duda un referente. Para rematar la nómina de puntos favorables, Real de Azúa tenía un auto, una rareza entre sus compañeros”.

    Simpatizante de ideas de izquierda en la primera adolescencia, lo sedujo luego el discurso de José Antonio Primo de Rivera y en la Montevideo dividida por los sucesos de España, se proclamó públicamente partidario de la Falange. Invitado por el gobierno español visitó España entre febrero y abril de 1942 y al retorno de ese viaje escribió España de cerca y de lejos, un libro de 300 páginas que publicó en 1943, donde hace una radiografía de la situación política y social de ese país con durísimas reflexiones sobre el totalitarismo y la figura de Francisco Franco y donde abjura de su posición política sobre la guerra civil sostenida hasta ese momento. Es el capítulo de la biografía cuya lectura se hace más larga por un exceso de transcripciones del libro de Real. En ese año de 1943, Real cumplía 27 años y ya había completado este viaje político de ida y vuelta con la Falange y el franquismo. El viaje, más el origen patricio de su familia, más su antibatllismo y partidismo blanco herrerista y ruralista, serán cuestiones que lo mantendrán por un tiempo “mancillado” y no aceptado por el resto de la intelectualidad nativa.

    Pero eso no impidió que él continuara siendo un hombre de intereses múltiples —literatura, historia, sociología, ciencias políticas—, todos ellos abordados con autoridad, alegría y originalidad. Un humanista cabal, un librepensador desafiante, cuestionador, con una erudición y un talento tales y en tantas cuestiones, que se fue abriendo paso en todos los círculos intelectuales y ganando el respeto unánime. Este derribar barreras con la fuerza de la inteligencia está muy bien relatado en los capítulos Marchas y contramarchas (1942-1949) y Profesor de profesores (1950-1952). El primero que vio claro el valor intelectual de Real fue Carlos Quijano, quien lo invitó a colaborar en el semanario Marcha en 1948, pese a la oposición de Arturo Ardao y Julio Castro, que no le perdonaban sus antecedentes ideológicos. Quijano en cambio tenía simpatía intelectual por Real porque “era capaz de decir cosas que no eran ni obvias ni predecibles”. Es desde la tribuna de ese semanario que Real de Azúa se legitima políticamente frente a quienes lo resistían, al tiempo que comienza a lucir su sapiencia y originalidad en todo lo que escribe. Empiezan a requerirlo como docente desde diversos liceos y es entonces que Antonio Grompone, un colorado liberal y masón en las antípodas del pensamiento de Real de Azúa, no duda en reclutarlo con una elite de profesores para inaugurar el Instituto de Profesores Artigas (IPA) en 1951, donde Real se hará cargo de los cursos de Literatura Iberoamericana y Estética Literaria. Cuando Real ingresa al IPA ya hacía dos o tres años que venía llamando la atención con los artículos que publicaba en Marcha. Esa inicial preferencia por el fenómeno literario irá variando con el tiempo hacia una definitiva pasión por la historia y las ideas sociales y políticas. Dice el propio Real de Azúa: “Quisiera ser aguja de navegar diversidades y no la artificiosa construcción de un corte realizado en la historia”. Esta expresión “aguja de navegar diversidades”, nos dice Trujillo, “se volverá símbolo de la trayectoria intelectual de Real de Azúa; una brújula que intentaba encontrar un rumbo, o, mejor dicho, corregirlo, dentro de las complejas tramas de la realidad”.

    El autor de El patriciado uruguayo, El impulso y su freno y Los orígenes de la nacionalidad uruguaya, entre muchos otros libros y cientos de ensayos y artículos de prensa, era el terror de los linotipistas y correctores. Cuenta Ángel Rama, citado por Trujillo: “Un ejemplo paradigmático de su forma arborescente de trabajar, que hizo el padecimiento de linotipistas y correctores del semanario Marcha durante años (hasta el punto de hacerle una huelga a sus colaboraciones), pues las pruebas eran objeto de incesante reescritura y ampliación, lo que obligaba a rehacerlas íntegras a partir de un manuscrito escrito hasta los bordes y lleno de tachaduras y enmiendas...”. Esa forma arborescente en el tratamiento —escrito o verbal— de los temas era la consecuencia de un intelecto dotado para el proceso asociativo de ideas, que lo iba llevando por caminos imprevistos pero nunca divorciados del asunto central.

    Real de Azúa fue una personalidad singularísima, llena de facetas graciosamente contradictorias que le conferían un aire extravagante: su verborragia imparable y al mismo tiempo su tartamudez; una capacidad de concentración, análisis y asimilación únicas, de las que dan cuenta sus infinitas lecturas y escritos, al mismo tiempo que sus permanentes distracciones.

    Mercedes Ramírez (1927-2013), profesora de Literatura y amiga de Real, lo pintó con estas palabras: “Disfrutó siempre de los sobreentendidos, los implícitos, las salidas desconcertantes y de todo aquello que padecía una leve distorsión o excepcionalidad. Única fue esa manera de estar apenas llegando y ya yéndose que tuvieron todas sus presencias. Y único ese tartamudeo administrado con que precedía sus impecables definiciones o las graciosas y nunca crueles sentencias con que sepultó el engolamiento y la tontería de muchos coetáneos. Su obra de pensador y ensayista es tan original que no pudo generar una escuela. Y tampoco ha tenido ni tendrá igual su modo dispendioso y certero de repartir la sal del talento y el coraje de la alegría”.

    Para todo aquel al que le interese la historia de la intelectualidad nativa en ese Uruguay efervescente de los años 40 a 70, esta obra de Valentín Trujillo es de lectura imprescindible. Su investigación resulta una verdadera inmersión en la vida y en la circunstancia de este hombre singular, escrita con una prosa fluida y alejada de todo acartonamiento académico, lo que la hace aún más disfrutable.