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Tras ocho años sin publicaciones y 25 después de su consagración como estrella pop, la neoyorquina Fiona Apple se convirtió en una de las artistas protagonistas de la cuarentena global, al publicar a mediados de mayo Fetch the Bolt Cutters, un disco de título intraducible, pero que quiere decir algo así como “conseguir cortadores de pernos” y remite a una frase de la actriz Gillian Anderson en la serie The Fall, vinculada a un femicidio. Basta comenzar a escucharlo al azar (pongamos, por Shameika o por la que le da nombre al disco) para entender por qué la crítica musical internacional está rendida a sus pies (la revista Pitchfork le dio el primer 10 en una década y el sitio Metacritic la puntúa con 100, guarismos que por más que suenen absurdos en estas latitudes, hablan de un consenso de apreciación poco frecuente en estos tiempos).
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Su voz magnética y su fraseo carismático que combina canto y parlamentos de un modo hiperorgánico (oír Under The Table) provocan un efecto de encantamiento realmente poco frecuente. La sonoridad se enriquece con el protagonismo casi excluyente del piano y el rol que juega la percusión casera (usó todo tipo de artilugios de su propia casa y deja colar sonidos cotidianos como el ladrido de su perro). Todo esto sumado a las mil variantes de armonías vocales que logra esta cantante de excepción desatan una reacción química que potencia el poder expresivo de estas letras de por sí muy directas, confesionales, como salidas de un diario íntimo recién escrito.
La artista dijo en marzo a The New Yorker que se trata de un disco “muy crudo”. La crudeza de interpretaciones como la de ese tremendo blues minimal llamado Ladies revela una poderosa autenticidad. Esos grititos, aullidos, esa alocución temblorosa que se expande y se vuelve felina parece haber sido captada en toma uno, desborda autenticidad, y esa es quizá la clave del furor que ha provocado el disco. Más allá de la calidad compositiva, la escucha se transforma en una excursión performática por el mundo interior de una artista que se saltea modas, discursos prefabricados y tendencias de la industria, y se despacha con una gran obra de vanguardia. De esas que, como en los mejores momentos de David Bowie, Madonna, Peter Gabriel o Ney Matogroso, nos traen noticias del futuro.