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    La guerra en Medio Oriente (II)

    Sr. Director:

    Soy un uruguayo, hijo, como tantos y tantos, de padre europeo y madre uruguaya.

    Quizá, la pequeña gran diferencia con otros inmigrantes europeos es que mi padre llegó al Uruguay desde Polonia, en enero de 1939, escapando del espanto y la persecución a los judíos por el nazismo y sus colaboradores de las naciones europeas.

    Otros inmigrantes, llegados de Italia, España, etc., dejaron sus países principalmente por las crisis económicas de esos tiempos y no perdieron a hermanos, padres, amigos y parientes (como le ocurrió a mi padre) en el holocausto al pueblo judío.

    Heredé de mi padre, entre otras cosas, ese amor incondicional que tenía por Uruguay, por sus puertas abiertas, por haberlo recibido y cobijado a sus 15 años, sin idioma, sin dinero, y por haberle dado la oportunidad de formar una familia y vivir dignamente de su trabajo. Ese que disfrutaba tanto, viajando de lunes a sábado por todos los rincones del país.

    Me crié en el Uruguay de los 50 y 60, jugando al fútbol en la calle, yendo a escuela y liceo públicos, y asistiendo a las clases del IAVA, con esos profesores que dejaron huella, como Tabaré Freire y tantos otros.

    Me hice rabonas, jugaba al truco, iba a bailes y estudiaba con mis amigos, uruguayos, disfrutando de una adolescencia y juventud inolvidables.

    Con muchos de ellos me sigo viendo y alimentando una amistad que va a seguir por los tiempos a venir, porque a todos nos gusta el mate, el carnaval y los paseos por la rambla.

    La gran diferencia, quizá, sea que algunos somos de Peñarol, otros de Nacional, Defensor o  Liverpool, pero todos gritamos y nos emocionamos con los goles de Suárez, o cantando “tiranos temblad” cuando entonamos el Himno Nacional.

    Por diferentes motivos, muchos nos fuimos del país en los 70. Pero lo uruguayo no lo abandonamos en ningún momento. Yo tuve la oportunidad de organizar en el marco universitario, la primera “Semana latinoamericana de la cultura”, en San Pablo, Brasil.

    Fue en 1974 y conseguimos llevar a disertar a Galeano, entre otros, y a cantar a Mercedes Sosa y Alfredo Zitarrosa.

    Ya años más tarde, luego de haber conocido al gran Carlos Quijano en México, vendía suscripciones de su quijotesca aventura de los Cuadernos de Marcha, en Israel, donde viví unos años.

    Mis compañeros y amigos recordaron y vivieron al Uruguay a su manera, en donde estuvieran.

    La misma emoción por mi país la siento cuando me siento con mi familia a la mesa de shabat semana a semana. Viviendo tradiciones milenarias que hacen a mi ser. De igual manera que otros lo harán en una iglesia o donde su espíritu los lleve.

    Pero esas emociones no se contradicen y nunca fueron causa de quebrar una amistad. Al contrario, la fortalecieron desde siempre.

    Cuando estos días vivimos expresiones tan fuertes como acusar a Israel de genocida de parte del presidente Mujica y su canciller Almagro, esto no hace otra cosa que atacar al Uruguay y a los uruguayos. La parcialidad de la posición oficial de Uruguay atenta contra nuestra tradición y lo que los uruguayos hemos construido durante tantos años.

    Soy un uruguayo que apuesta a la paz, en cualquier lugar del mundo, que me impacta la muerte de niños y civiles, que opino que debe haber un Estado palestino y que gracias a nuestra democracia pude votar desde el 84 a quien me parecía podía representarme mejor. Entre otros, voté al Sr. Mujica en las últimas elecciones.

    Me espanta lo que pasa en Siria, en Irak, en Gaza gobernado por un grupo terrorista que quiere borrar a los judíos de esta Tierra y tantos otros episodios de crímenes atroces que vivimos en nuestros tiempos.

    También me adhiero a amigos que tengo en  Israel que deben continuamente correr a sus refugios por los cohetes que caen en sus casas desde hace tantos años o con el temor de que algún terrorista armado hasta los dientes salga de un túnel vecino a su vivienda y ametralle a sus hijos o familiares. Y, por supuesto, me repugna ver y escuchar los cantos discriminatorios y racistas que se han vuelto tan comunes hoy en día contra los judíos, negros o cualquier minoría. Son todos iguales, del mismo tenor.

    Cuando alguien pinta “fuera, judíos, del Uruguay”, también está pintando fuera negros, homosexuales, armenios, etc., etc., y somos todos uruguayos.

    Como ve, Sr. Director, le estoy escribiendo desde la emoción, la misma que, dijo Almagro, fue el motivo del exabrupto de Mujica.

    Si de verdad nuestros gobernantes quisieran disculparse, lo menos que podrían hacer es levantarse y con una brocha grande y pintura blanca, borren esas pintadas nazistas y fascistas.

    Yo los acompañaría con gusto.

    Alberto Was

    C I 1.108.178-4