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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáGracias a Dios en la última carta del doctor González Lapeyre los juristas comienzan a pensar en trabajar en lo que hace falta, ajustar los protocolos, tratados y convenios del río. Pero le daré una pista con respecto a lo que hicieron los franceses y los alemanes con los tratados recíprocos para navegar por los ríos interiores: los anularon.
Ahora allá cada país tiene su Prefectura, pero en vez de discutir eternamente posiciones, los que pelearon entre ellos en las guerras son camaradas espalda contra espalda, como son acá la Prefectura de Carmelo y la de Colonia del Sacramento. Y así todo. Se circula por los ríos en la Unión Europea como si fuera por un solo país. Se habrá dado cuenta de que la bandera azul con las 12 estrellas es la coronilla de la Virgen. Son como hermanos de una sola madre.
En otro tema que toqué, ya que me han preguntado. Un día conté que pasé al otro lado, al más allá. Como voy a contarlo, no sabría si no sería mejor ni comentarlo.
Pero será que no soy argentino, soy orejano y no me callo. Así que, para romperles los esquemas a algunos, mejor será pedirles perdón después y no permiso antes.
Difícil para el gaucho decirles cómo es el cielo, porque ni ahí, ni cerca llegué. Mejor mirar en las Escrituras, Moisés y los profetas, o será mejor preguntarles al pobre Lázaro y a Abraham. Yo ni como el pobre joven rico que contaba Jesús, ya que entre los tormentos no pudo ver una rendija entre las nubes.
A mí los tormentos nomás.
Entonces, ¿para qué cuento esto, si por cuatro lustros no dije nada y me callé la boca?
Primero, para no tener los remordimientos de no avisar. Aunque muchos duden de mí, con uno solo que abra los ojos y que deje entrar la luz, valdrá la pena. Segundo, porque hasta ahora me dolía de acordarme, ni quiero pensar, como un bloqueo de la memoria. Y no quería imaginarme ni revivir la angustia ni el dolor en el pecho y en la nuca de esos cinco minutos que para mí duraron cinco años.
Y lo cuento, porque como dice la copla: no queremos, nos obligan a salir.
No deja de venir al caso, porque para el imaginario colectivo soy ante todo un constructor, para muchos un asaltante con patente.
Así que comienzo aquí mi despedida de la discusión de la hidrovía, la despedida del carnaval de un asaltante con patente.
Lo que nadie habla del coronavirus, pero se pinta en las caras largas de la gente, es que el coronavirus se llevó puesto al carnaval.
Uruguay es el país más serio, aquí entre los atorrantes se destaca más la gente seria como si fueran rocas, no es de ahora y nadie que haya viajado lo discute. Acá no hay muchos ruidosos ni muchos chantas. Pero somos tristes como Pernía, dijera Menotti. Tener el carnaval más largo del mundo, tenía su razón de ser, no era una casualidad.
Cuando en 1920, 30, 40 los hábiles ágiles jugadores uruguayos, magos como los Scarone o como Romano, dejaban un pueblo boquiabierto con las hazañas que inventaban cada semana. A las enfermeras y a los doctores no les daba el tiempo el lunes para llegar al trabajo y comentar lo que habían visto el fin de semana; qué cosa, cuándo, dónde, cómo. Así todo el país, unido por la radio, hasta el miércoles por lo menos. Y de jueves a sábado, discutiendo y preparándose para las emociones que vendrían el fin de semana; que las estadísticas, los puntos, el césped cortado corto o largo, la gente vivía feliz y cortaba la tristeza endémica de un país bucólico, sin gente, de colores grises y tangos melancólicos.
Después, se fue apagando la llama sagrada y al mismo tiempo cobraba vida el carnaval. De a poco, primero como una fiesta familiar, con gente que salía a medianoche a despertar vecinos y alborotar el barrio. Y después con los Atenienses, las murgas, las llamadas, cada vez más profesionalizados, lubolos, parodistas, para llenar un vacío que la falta de alegría del fútbol perdió, se comió en el corazón del pueblo. Y al mismo tiempo en la cancha se cambia por violencia e insultos, patadas y rebuznos, el argumento del burro; lo que antes era puro talento y buen humor, el argumento del virtuoso.
Un dato para que analice algún científico, pero hoy, el negar de tal manera la importancia del carnaval que nadie lo menciona, hasta me da miedo. Será que nadie menciona la cuerda en la casa del ahorcado.
¡Será que el coronavirus mató al carnaval, como casi mata al teatro, y nadie se da cuenta! No va a ser fácil un carnaval virtual.
Un país saldrá de la nueva normalidad. O a lo mejor están mirando ya cómo se sustituye la alegría, contraveneno de la tristeza. A la manera uruguaya, porque el carnaval y las murgas los trajeron de España.
En el tiempo que la alegría del señor Jesús resucitado es una emoción que los cristianos tenemos que contagiar a los demás, hay muchos que necesitan y hay que hacerlos felices.
Para eso, ¡que vuelva el fútbol!
Que los jugadores se entrenen desde ya para ser como Suárez, como Cavani, el Loco Abreu, y nos devuelvan la alegría a la cancha y a la cara de los hinchas, para poder después trabajar contentos toda la semana.
El obispo Gil, cuando inaugurábamos las luces del Estadio Artigas antes de la Copa América del 95, nos contó a todos un cuento, como es para nosotros el fútbol.
En la visita de los obispos de Uruguay al Papa, es de estilo que les brinde una comida el último día; con Juan Pablo II fue una reunión de amigos. Hablando de todo, pronto estaban hablando de fútbol. Que Polonia era la sorpresa en Europa, venían bien. Que Uruguay en la eliminatoria matemáticamente tenía chance.
—Se dan cuenta, dijo el papa, que es la primera vez que estoy reunido con mis obispos y estamos hablando de fútbol.
—No es casualidad, le contestó uno, en Uruguay el fútbol es muy importante, la vida es como el fútbol.
Y enseguida fueron saltando todos, alrededor de la mesa:
—Sí, sí, un hace un acierto, es un golazo. Si se equivoca feo, es un gol en contra, o un penal. Si se viene la noche nos vamos a la B. Si está haciendo tiempo, la está tirando al óbol. Si te atrapan en una mala, quedaste en offside.
—Ah, ahora entiendo, terminó el papa, por qué un señor me hacía señas con las cejas desde allá, si no mandaba al banquillo a algunos de ustedes.
Atención: Este partido es más urgente que retomar el trabajo y abrir los shoppings.
Que vuelva el buen fútbol.
Este no es el país del carnaval, es el país del fútbol. Pero no por el Ministerio de Cultura o de Deportes, ni con Pelé en el Ministerio de Deportes a Brasil le funcionó.
Seamos creativos, señor presidente, usted puede. Cuando pueda jugarse, debe crear otra manera de hacer las cosas. Un ministerio nuevo, amateur, con voluntarios honorarios, como los dirigentes de los clubes. Como los políticos en Suiza: por vocación pura.
Con gente nueva, pónganos a Alonso o a Lugano en el Ministerio del Fútbol.
Ing. José Marín Zorrilla Berretta