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    La historia de la educación

    Sr. director:

    Unos amigos de Los Cerrillos me acercaron una cita de Octavio Paz que resulta oportuno reproducir, porque viene al caso: “Una sociedad se define no solo por su actitud frente al porvenir sino ante el pasado. Sus recuerdos no son menos reveladores que su proyecto”.

    Sucede que se está proyectando modificar el plan de estudios de los docentes de nuestro país, y en el afán de darles cabida a otras asignaturas que al parecer han entusiasmado a sus autores, han borrado a la Historia de la Educación. Nada menos que esa disciplina, que ya Isidoro de María en 1865 consideraba indispensable. El propio José Pedro Varela se servía con provecho de ella en 1875, incluyéndola en su Enciclopedia de 1878, y ha formado parte, desde 1910, de todos los planes de estudio magisteriales. Hasta en el Instituto de Profesores Artigas (IPA), en el plan 1965, con inteligente criterio, se previeron dos años de estudio para esa asignatura.

    Nuestro ilustre Arturo Ardao afirmaba, y con razón, que nuestro pasado pedagógico es de los más ricos del continente. ¿Admitiremos que se desdeñe ese riquísimo legado porque alguien se sienta incitado a dejar a su paso por la vida alguna reforma, aun pagando el precio de suprimir una disciplina de las más formativas con que se cuenta para una adecuada preparación de los docentes? Dijo una vez un pensador que pocos pueden resistir el impulso de lucirse con un solo de violín. ¿Estamos ante un caso así? Prefiero pensar que, en este caso, se trata de una actitud de buena fe, conjuntada con una insuficiencia de conocimientos pedagógicos.

    No basta tener el poder para dictar normas; hay que hacerlo dentro de ciertos límites de racionalidad. Recordemos que en la Asamblea francesa de mayo de 1794, con una defensa sofística de Robespierre, se decretó la inmortalidad del alma...

    No constituye disculpa que haya desaparecido (con la anciana excepción de Miguel Soler) la hornada de brillantes pensadores y realizadores, que como fruto de sus reflexiones forjó la sustancia de una educación de calidad de la que hasta hace poco nos enorgullecíamos. En efecto, se fueron Carlos Vaz Ferreira, Clemente Estable, Julio Castro, Emilio Verdesio, José F. Arias, Alfredo Samonati, Felipe Ferreiro, Antonio Miguel Grompone, Sabas Olaizola, Jesualdo Sosa, Agustín Ferreiro, Otto Niemann, entre otros. Y no olvidemos aquella generación de espléndidas intelectuales como Enriqueta Compte y Riqué, Leonor Horticou, María Stagnero de Munar, Luisa Luisi, María Orticochea, Reina Reyes… Las enseñanzas de esa pléyade parecen haberse olvidado. ¿No es una muestra de aparatosa autosuficiencia prescindir de su legado y el de los anteriores grandes docentes y pensadores, por el hecho de que no se haya podido alcanzar —ni cerca— su nivel?

    Hace cuatro siglos Francis Bacon se había dado cuenta de que a veces atendemos más a la magia de la novedad que a la fuerza de la verdad… Ahora, cuando más se necesita reforzar la preparación de los docentes (y no necesito enfatizar por qué), se ha acudido a la viciosa práctica de aceptar sin crítica fórmulas extrañas a nuestra idiosincrasia y a nuestras necesidades. Y, lo que es peor aun, se pretende, irresponsablemente, improvisar.

    El docente de hoy día, más que ser informado, necesita ser formado. Unas décadas atrás el maestro o profesor era el gran corresponsal. Transmitía el “paquete de información”, y si dominaba un quantum considerable de saberes, solo con eso, deslumbraba. Hoy el alumno no necesita al gran informador, porque Internet le provee de los datos necesarios, y al docente que sea solo erudito lo considera aburrido, latoso y soporífero. El docente actual debe ser, más que nada, formador, es decir, alguien que sepa incitar al aprendizaje, aguijonear para avivar curiosidades, hacer apreciar la ciencia, las artes, las producciones literarias y filosóficas, estimar la cultura y, como decía Estable, “encender la vocación del alumno en dirección a los valores”.

    La Historia de la Educación, cuando es bien enseñada, cumple ese rol eminentemente formativo. No es una mera curiosidad arqueológica, sino una herramienta esclarecedora de las cuestiones educacionales del presente. ¡Cuánta afectación y petulancia se suele advertir en aquellos que emiten con ligereza juicios sobre los problemas actuales de nuestra educación! Se descubre fácilmente al que no se ha impregnado con aquel rico legado cultural.

    Grandes pensadores han expuesto cómo esa disciplina nos enseña a conocernos y a actuar mejor, al tomar conciencia de nuestros orígenes. Para el prestigioso historiador francés Henry Irené Marrou, amplía nuestra perspectiva y nos despoja del sentimiento de ingenua suficiencia. El célebre norteamericano John Dewey afirma que es la clave para entender los fenómenos presentes. En la misma línea, el germano Wilhelm Dilthey señala que hace posible sacar experiencia de los errores y frustraciones del pasado; y su discípulo, el gran pedagogo Osvald Spranger, anota que al elevar nuestra conciencia cultural, nuestra actitud mental y nuestra personalidad, nos defiende contra la intolerancia y las estrecheces de la rutina.

    Esperemos una saludable reacción de las autoridades educacionales, a fin de que tan noble sustancia cultural no sea escamoteada a nuestra juventud, porque realmente la necesita.

    Prof. Agapo Luis Palomeque

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