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Uniformismo e intolerancia. En momentos en que la inmensa mayoría de la sociedad uruguaya entiende lo que siempre ha entendido la inmensa mayoría de los seres humanos, a saber, que la homosexualidad es una anomalía, es impresionante constatar la saña con que minorías activas y agresivas intentan cambiar por la fuerza el pensamiento de los ciudadanos al respecto, utilizando la amenaza y el temor, negando a los demás el derecho que reclaman para sí mismos: ser diferentes, pensar diferente, ser libres.
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Si a esto agregamos lo dicho, que se trata de minorías cuyo único apoyo real es el que reciben de centros de poder internacional que con la única razón del dinero llevan adelante una agenda contraria a las más básicas dimensiones de la dignidad humana, y que a la que quieren sojuzgar es a la inmensa mayoría de la población que simplemente se remite a lo obvio en la milenaria experiencia humana de la sexualidad, la familia, etc., nos podemos hacer una idea de lo caótico, enrevesado y anómalo que es en sí mismo el tiempo en que nos toca vivir.
Medimos así también la responsabilidad de la clase política y de todo aquel que en la estructura social tiene un poco más de capacidad que los otros para influir en el curso de los acontecimientos.
Siempre se ha dicho que el precio de la libertad es la vigilancia y que la libertad no es para pueblos temerosos y débiles. En nuestra época es necesario cada vez más defender libertades que en su tiempo parecieron obvias: la libertad de pensar y la libertad de decir lo que se piensa, dentro del respeto a las personas y al orden público.
Frente a las fuerzas retrógradas que quieren imponer a los gritos una uniformidad que además va en contra de las más elementales exigencias de la naturaleza humana y de la dignidad de la persona, es compromiso de todo uruguayo preservar el estilo de vida pluralista y respetuoso que heredamos de nuestra historia.