Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáContrariamente a lo que podría pensarse, lo realmente “peligroso” en Uruguay no es hacer un documental que hable de la dictadura más reciente y de cómo esta quebró la vida de mucha gente. Qué va. Lo que es realmente un campo minado es hacer un documental sobre el origen del fútbol uruguayo, sabiendo que, se diga lo que se diga, siempre habrá un par de millones de expertos que lo habrían hecho mejor.
Tan así es la cosa que incluso antes del estreno formal de Sangre de campeones, el filme de Sebastián Bednarik y Guzmán García sobre los campeones olímpicos de 1924 y 1928, también campeones del Mundo en 1930, el responsable de la investigación ya tuvo tiempo de pedir que sacaran su nombre de los créditos, luego de descalificar el documental de todas las maneras posibles, encontrando eco automático en al menos la mitad de la población futbolera. Ya hubo tiempo también para que la empresa productora del filme hiciera los descargos correspondientes, completando así el ciclo de ruido y tono subido que caracteriza cualquier cosa que se vincule con el magno deporte patrio.
Asumido el griterío habitual, en donde pareciera que se juega el destino del país y no una opinión sobre una película, esta nota se interesará exclusivamente por aquello que se pudo ver en el estreno del filme para la prensa. La perspectiva de quien escribe intenta siempre ser la de un señor cualquiera que se acerca al cine para ver una película, antes que la de un insider que toma partido por alguno de los rugientes comentaristas que siempre dicen presente en esto del “fobal”.
Lo primero a consignar es la dificultad técnica que plantea hacer un documental sobre unos hechos desarrollados en una época en donde el registro de esos hechos era siempre parcial y precario: las filmaciones de la época, sean de goles o de espectadores, eran mudas, sin audio. Para mas inri, no todo lo que se cubre en el documental (goles, jugadas, concentraciones, etc.) está, valga el jueguito de palabras, documentado.
Hay varios caminos para cubrir estas carencias, por ejemplo, que si se cita a expertos en la materia o comentaristas vivos, sean sus voces las que aparezcan en el filme. Ese recurso es usado en la película, cuando hablan historiadores o periodistas deportivos. Otro camino es reconstruir, a partir de la prensa escrita de la época, los testimonios de los protagonistas e incorporarlos de alguna manera al filme. Ese camino también es seguido por Bednarik y García, con una particularidad: cuando se cita el testimonio de un futbolista campeón, Héctor Scarone, por ejemplo, no se lo cita a través de una voz en off, sino a través de una voz que toma su lugar. Es decir, se dice que habla Scarone cuando en realidad es un actor de voz quien hace las veces del futbolista. Esto no es explicitado en el momento en que sucede, pero se me ocurre que hay que ser un poco ingenuo para pensar que lo que se escucha de los testimonios grabados de una época en que el cine no tenía audio, podían ser los audios originales de los futbolistas. En los créditos del filme sí que se aclara que se hizo un casting de voces y, si mal no recuerdo, aparecen los nombres de quienes “doblaron” los inexistentes registros sonoros de entonces.
Así, conviene recuperar la definición que la RAE hace de la palabra documental: “Dicho de una película cinematográfica o de un programa televisivo: Que representa, con carácter informativo o didáctico, hechos, escenas, experimentos, etc., tomados de la realidad”. Es importante ese “tomados de la realidad” ya que según eso, poner la voz de un actor a unas declaraciones reales de Scarone (o de cualquier otro protagonista de aquella gesta) no hace a Sangre de campeones un peor documental.
Descalificar el filme por esas razones, digamos, técnicas, es como presentar una queja a la National Geographic tras comprobar que los leones que salen durmiendo a la sombra en una escena, no son los mismos que se mostraron corriendo al comienzo del programa. Un documental siempre “construye” realidad, desde el instante mismo en que define su objeto y, al tiempo, la amolda a sus necesidades narrativas.
Un poco más compleja resulta la ausencia de “conflicto” en el filme. Para su película, los creadores se hicieron dos preguntas: “¿Cuáles son las cosas que nos mueven como pueblo?” y “¿cuáles son los mecanismos escondidos que pulsan debajo de estas pasiones?”. Viendo Sangre de campeones, pareciera que ese proceso ocurrió de manera unívoca, sin demasiado roce, con la participación entusiasta de todo ese “pueblo”. Y sin embargo, en las imágenes de la época es fácil ver que, por ejemplo, al menos la mitad de ese “pueblo” (concepto esquivo si los hay) no está presente en los triunfos de Colombes, Amsterdam y Montevideo: es casi imposible encontrar una mujer en el Estadio o en las calles cuando se jugaba fuera del país. Es muy probable que las mujeres hayan sido parte de ese proceso, pero documentalmente eso no queda establecido. Y pone en duda la propia idea de “pueblo”.
Al tiempo, la idea de que la identidad se construye a través de la pasión por el fútbol resulta un poco magra si no se expone el contexto de prosperidad y de desarrollo de un más bien insólito Estado de bienestar. Y que sirve para explicar, por ejemplo, que las canchas en las imágenes estén siempre repletas de gente. Se echa en falta un marco que sirva para redondear esa idea de identidad. Teniendo a historiadores como Gerardo Caetano y Carlos Demassi en el plantel, parecía una meta accesible.
Entre los logros del filme está un tono que si bien prioriza lo épico antes que lo analítico (mucho más difícil de exponer y de vender), no cae en el chauvinismo que se podía temer ante el tema elegido. No sobran las explicaciones racionales de por qué esos jugadores se destacaron tanto entonces (no alcanza con decir que alguien juega muy bien), pero tampoco se cae en cosas del estilo “pueblo elegido”. Eso sí, confieso que cuando leo cosas como “así se configuró el ADN de los uruguayos” (frase recurrente en la prensa al comentar la película) y cuando en la pantalla se ven multitudes gritando, un escalofrío me recorre siempre el espinazo.
También es de destacar el trabajo de búsqueda y obtención de material de archivo, más allá de que el uso de ese material ha sido cuestionado en la polémica reseñada (se usan imágenes de otros goles y de otros partidos para ilustrar algunos momentos históricos). En cualquier caso, vale la pena recordar los leones de más arriba.
Mención aparte para las excelentes ilustraciones de Oscar Larroca, que visten de forma elegante y escueta el documental. Se agradece la búsqueda de una opción estética para esos momentos en donde lo fácil habría sido mostrar a los entrevistados hablando en un cuartito. Larroca complementa de manera muy fina las imágenes de época, apostando por una paleta de colores suaves y el trazo casi expresionista. También funciona muy bien la música de Hernán González, quien se juega por el minimalismo y lo hipnótico, paseando por el candombe, la murga y el folclore.
Mas allá de sus evidentes logros (la película funciona y trata de un tema atractivo para el hincha), Sangre de campeones no cumple del todo con el objetivo declarado por sus autores de contribuir a desentrañar los orígenes de la identidad patria y termina aportando más a la prolongación del mito del fútbol uruguayo que a su deconstrucción. Y es que pese a su intención de evitar la estridencia, el ruido que ya ha generado recuerda que es muy difícil escapar al marco que propone ese mito, no digamos ya a superarlo.