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    La incomodidad de lo superior

    Nº 2180 - 30 de Junio al 6 de Julio de 2022

    No nos movimos ni un centímetro de lo que escribió Cicerón en los últimos meses del 44 a. C. Hace 2066 años redactó el libro De officiis, traducido como Sobre los deberes. Soy consciente de que buena parte de los lectores abandonarán aquí la lectura: les pareceré mera erudición; nada de la Rendición de Cuentas, ni del nuevo presidente colombiano, ni del avión iraní, ni de las proyecciones de crecimiento oficialistas y el escepticismo de la oposición, ni de la problemática del puerto o la de Antel… Sin embargo, redoblo la apuesta: no nos movimos ni un centímetro del inquietante aspecto que plantea aquel libro que Cicerón escribió en forma de cartas a su hijo Marco mientras viajaba por Roma, Pozzuoli y Arpin.

    Cicerón se da cuenta del gran conflicto de la política: ¿quién debe llevarla a cabo? ¿Cualquiera por ser parte de nuestra condición humana o los que tienen formación y son superiores por naturaleza y educación? El sistema democrático oscila todo el tiempo entre sostener lo primero pero buscar imperiosamente lo segundo. Suena bien que toda persona puede dedicarse al bien público, pero lo que reconocemos y necesitamos todo el tiempo es que no sea cualquiera, que se destaque, que sea excelente.

    Cicerón condensó la problemática heredada de Platón (buscar al rey filósofo) y Aristóteles (el ser humano es un animal político), pero le imprimió el dramatismo del contexto político de la República romana luego del asesinato de Julio César y la fragilidad de la República. El rey filósofo es un tirano dictador, pero entre eso y sostener que cualquier ser humano puede dedicarse a la vida pública hay un vacío. ¿Cómo se llena? Reconociendo que hay que cultivarse, formarse, entrenar las virtudes, y, esta es la clave, en ese camino algunos serán superiores por naturaleza. Suena incómodo, pero es lo que visualizó el autor romano como el modo de sostener el Estado republicano y evitar la dictadura.

    La incomodidad de asumir y reconocer la superioridad de algunas personas por sobre otras es particularmente difícil en un contexto de auge de la igualdad como el actual. Esto me recuerda a una charla con un periodista francés que me decía que lo que más admiraba de Pepe Mujica era su frase de que “naides es más que naides”. Le parecía la mejor declaración de un político contemporáneo sobre la igualdad. Además de contarle la larga historia de esa frase en nuestro país, busqué que notara la paradoja: no era un “naides” el que lo decía, era Mujica mientras ejercía la presidencia de la República. Lo mismo cuando lo decía Wilson Ferreira Aldunate o Saravia, si es que lo decía. En todo caso, hay que ser alguien para reivindicar a los “naides”.

    Exigimos a la clase política que defienda la igualdad del “naides es más que naides” pero para defenderla deben destacar, superarse y superarnos. Confiamos en que tal ministro es idóneo para llevar adelante la reforma y que determinado jerarca es el más competente para el cargo que ostenta. Y si no lo es, creemos de justicia que sea revocado de su cargo. ¿Por qué revocarlo si todo ser humano puede dedicarse a la política? Bueno, porque necesitamos, en la época de Cicerón y en la de ahora, que sean los mejores. Y si creemos que no lo son, votaremos para que sean otros justamente porque superan a los demás en visión y acción.

    Cicerón, que era republicano, apunta entonces a que, aunque conceptualmente todo ser humano puede dedicarse a la política, la clave es que descubra su superioridad natural y se forme para desarrollarla. Ahí entra el despliegue de las virtudes y los deberes que acarrea. Dentro de aquellas, la más importante es la magnanimidad. Nada más actual que esta intuición. La plantea así: “(La magnanimidad) parece la más esplendida (virtud), la que procede de un alma grande y elevada, y que se sitúa por encima de las cosas humanas”.

    Hay que elevarse: salir del tuiteo barato, del tribuneo, de la agresión constante como modo de conectar con el electorado, del agravio como primera acción. ¿Es necesario que diga que esto refiere tanto a declaraciones oficialistas como de la oposición? ¿Tengo que mencionar a determinadas figuras? ¿Quién está entrenando la magnanimidad para referirse a la Rendición de Cuentas, al avión iraní, a Katoen Natie, los cable operadores, la realidad latinoamericana, la recuperación del empleo? ¿Quién hace el intento de elevarse?

    Dedicarse a la cosa pública debería ser un entrenamiento de la magnanimidad. El gobernante que se sale de sí (hoy diríamos que busca superar su ego), que apunta sus palabras y obras hacia el bien común, que no se satisface consigo mismo sino que se realiza con y hacia los demás. Entiende el desapego, no se enreda con el poder sino que buscar servir a través de él. Para que esto suceda, es necesario una grandeza por parte de la persona, es necesario ser magnánimo. Esto supone una tensión con nuestras pasiones, un intento por encauzarlas y superarlas y no, como sucede hoy, un regodeo en postear lo que siento y agredir al de enfrente como primer reflejo.

    Cicerón también se da cuenta del peligro de la magnanimidad: es difícil si no va acompañada de otras virtudes, como equidad, honestidad, beneficencia, discernimiento. En definitiva, esa condición suprahumana de ser magnánimo está muy cerca de la vanidad y la tiranía si no se realiza correctamente. Lo cual vuelve a poner el acento en el deber de virtud del gobernante. Y no solo. Porque estos peligros son también la condición humana misma, que necesita humanizarse una y otra vez para superarse a sí misma y no repetir los errores/horrores de la historia. Este es el nudo que visualizó el autor romano.

    Uruguay es un país rico de gestos magnánimos, amnistías, pactos reparadores del tejido social, más allá de los cálculos inmediatos. Desde el “clemencia para los vencidos” de Artigas hasta el acto del Obelisco en 1983, pasando por Astori tendiendo la mano al gobierno de Jorge Batlle en 2002 y Lacalle Pou yendo a la casa de Tabaré Vázquez el 25 de mayo de 2020. Todos momentos de magnanimidad política que demuestran una clase política que sabe efectivamente ir más allá de su partido y ser superior.

    No hemos tenido magnanimidad en la salida de la última dictadura, lamentablemente, y todavía pagamos esa falla como sociedad. No hemos sanado. Conversando de estos temas con Juan Martín Posadas, me contaba de la victoria del Partido Nacional en la batalla de Tres Árboles sobre el Ejército Nacional y el Partido Colorado en marzo del año 1897. Hasta hoy se celebra. No obstante, el monumento conmemorativo en el lugar no dice “viva los blancos”, ni “aquí Diego Lamas y sus hombres vencieron…”. Nada dice de gloria ni de victoria de un partido. El cartel dice simplemente: “Nunca más guerra civil”. Hay que acordarse de esa magnanimidad ahora que las heridas del pasado reciente supuran pus y que la actualidad se tiñe de una virulencia que no hace honor a nuestra historia. Hay que intentar superarse, ser mejores, recuperar el valor de ser magnánimos.

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