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    La interna de la Armada

    Sr. Director:

    Soy un Oficial de Marina ya retirado hace tiempo, luego de dedicarle a ella más de 36 de los mejores años de mi vida. Ahora me dedico a cuidar de mi casa, de mis plantas y de mi familia, pero no he perdido contacto con quienes siguen en actividad, de todas las edades. Eso es un privilegio de quienes hemos ejercido la docencia naval hasta no hace mucho.

    Veo con preocupación lo que ha aparecido en la prensa en las últimas semanas. Denuncias cruzadas, represión inusitada, medidas absurdas, actitudes inexplicables. ¿Qué está pasando? ¿De golpe se volvieron todos locos? Obviamente, tiene que haber una explicación más profunda que esas ráfagas histéricas en las redes. Intentaré exponer mi razonamiento.

    En el año 2010 explotó una bomba atómica en la Armada. La corrupción galopante y descontrolada desembocó irremediablemente en varios oficiales de alta graduación presos en la Cárcel Central. La presión judicial siguió y logró algunos tibios cambios en la administración de los dineros públicos dentro de la Armada. Pensamos y creímos que ese era el inicio de una nueva y luminosa etapa en la Marina, donde la honradez, la probidad, la transparencia iban a ser un ejemplo para nuestros conciudadanos y un motivo de orgullo para las jóvenes generaciones de marinos. Craso error. Poco tiempo después apareció un reducido grupo de ladrones que falsificaba facturas y se quedaba con el dinero de todos, ese que después falta para hospitales, escuelas y comedores. Pensamos que había sido un error del cirujano de turno, quien no había hundido suficientemente el bisturí. Ya estábamos listos para la nueva era. El tiempo pasó, las esperanzas se fueron diluyendo, y caímos en lo de ahora. ¿Pero cómo, si ya los viejos corruptos se fueron? Esto es como limpiar un campo baldío: se arrancan las chircas, pero si no se remueven las raíces, al poco tiempo renacen. Y eso es lo que está pasando: quienes tienen la responsabilidad de dirigir las diferentes actividades navales están genéticamente condenados, moralmente averiados. En efecto, por ahí tenemos hijos de golpistas con algún muerto en el armario, yernos de corruptos contumaces, ayudantes y secretarios de ladrones de guante blanco, colaboradores cercanos de jerarcas acusados de violaciones a los derechos humanos, amanuenses de pequeños sátrapas, y un largo rosario de inmorales que están acostumbrados a vivir como sanguijuelas de la Armada, tratando de tener una vida y unos privilegios que no están acorde a un austero sueldo militar. No pueden y no quieren sanear los viejos vicios navales; no sabrían cómo desempeñarse en un ambiente sano y transparente. ¡Quieren seguir cobrando y repartiendo dinero mal habido, extrañan las Tarjetas Gold de otras épocas, añoran los “fondos frescos” obtenidos con el contrabando de whisky y cigarros, de la venta ilegal de carne y vales de combustible, y hasta de armas de guerra! Siguen siendo esclavos de su ambición, creen que si no hacen lo mismo que hacían sus mentores, no son dignos de su confianza. Piensan que traicionan a la vieja Marina, aquella organización corrupta y prebendaria que los acunó y deformó. Están convencidos de que están por encima de la Constitución y de la ley, que las resoluciones de los jueces de la República son papel mojado a las que hay que ningunear. La bomba atómica del 2010 los sorprendió en los más profundo túneles de la burocracia naval y les permitió sobrevivir, esquivando los molestos focos radiactivos, si fuese posible.

    Tal vez deberíamos estudiar el ejemplo de Japón: una bomba atómica no fue suficiente para que entendiesen que el mundo había cambiado, que la arrogancia y la prepotencia no son más admisibles. La segunda bomba atómica los hizo razonar, remover a los culpables de los viejos vicios, y renacer como una nación justa, próspera y ejemplarizante para los demás países del orbe. ¡¡Si así debe ser, que sea!!

    Almirante Canaris

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