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    La interrogante colorada

    N° 1916 - 04 al 10 de Mayo de 2017

    Casi como si se hubiese tratado de un mero trámite, el Partido Colorado celebró hace pocos meses los 180 años del nacimiento de su divisa. Un ejemplo de supervivencia histórica y adaptación a los cambios poco común en nuestro tiempo, solo comparable al de su tradicional adversario y hermano de origen, el Partido Nacional, y al de un par de colectividades más en el resto del planeta. Pero, a diferencia de los blancos, que lanzaron la casa por la ventana, convirtiendo la efeméride en una fiesta con la que procuraron mostrarse unidos y contagiar de optimismo a sus militantes y simpatizantes con vistas a los próximos comicios, los colorados lo hicieron modestamente, sin el menor entusiasmo, bajo un inmenso signo de interrogación.

    Su ser, hoy, justamente, se manifiesta de ese modo, pero no en términos de interrogación electoral sino existencial: ¿qué son? y, sobre todo, ¿qué quieren ser? Solo la mirada corta de quienes, por conveniencia o ignorancia, son incapaces de ver más allá de sus narices, puede llegar a confundir una con otra o presentarlas como lo mismo.

    Pero es esa mirada, efectivamente, la que predomina por estos días entre aquellos que, aun sabiéndose perdidos, se proclaman sus salvadores, anuncian refundaciones y sobreactúan un coloradismo superficial (¿hay algo menos colorado que un colorado disfrazado de colorado?); y entre quienes, calculadora en mano, cambian de tiendas o secundan proyectos neofusionistas, proclamándose legítimos herederos de una tradición que algunos pretenden trocar por lisonjas, candidaturas o espacios de poder.

    Pocos se atreven a buscar respuestas más allá de la coyuntura y, en consecuencia, a construir soluciones más allá de sí mismos. Ni el anunciado alejamiento de Pedro Bordaberry de la actividad política, ni el escándalo suscitado en torno al Cambio Nelson, ni las esquirlas de la crisis del 2002, ni la sombra de los viejos robles colorados sobre las retoños que nunca terminaron de germinar, sirven para explicar la debacle colorada en toda su extensión y profundidad.

    Posiblemente, para entender el dilatado crepúsculo del otrora partido de Rivera y Batlle y Ordóñez, signado por una prolongada sangría de votantes a nivel nacional y en especial en sus antiguos bastiones de Montevideo, Canelones y las principales ciudades del interior del país, así como por la pérdida de peso e influencia en los sectores populares y de clase media que les eran afines, haya que remontarse a principios de los 50, cuando —poco antes de perder el gobierno tras 93 años de ejercer el poder en forma ininterrumpida, de que el paradigma económico mutara del dirigismo estatal al libre mercado y de que los conservadores tomaran las riendas del partido mimetizándose con otras corrientes políticas— la vieja tradición colorada de raíz liberal forjada en los tiempos del gobierno de la Defensa y resignificada luego por el batllismo, a la que le dio su impronta social y progresista, comenzó a ser dejada de lado en beneficio de un pragmatismo posibilista sin anclaje histórico ni proyección de futuro.

    Es probable, también, que buena parte de la dirigencia colorada no sea consciente de ello y mucho menos de su importancia. Quizás algunos de ellos estén convencidos, como señala el historiador José Rilla —autor de “La actualidad del pasado: usos de la historia en la política de partidos del Uruguay (1942-1972)”—, de que es posible hacer política prescindiendo del pasado. O, peor aún, que se puede vivir y crecer en un “presente permanente”, como señala Erick Hobsbawm en “Historia del Siglo XX”, destruyendo los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea con la de las generaciones anteriores.

    Rotos los puentes intergeneracionales que servían para transmitir usos, costumbres, valores, modelos morales y referencias históricas, el futuro colorado se muestra incierto y complejo.

    Algunos creen, erróneamente, que el problema del Partido Colorado son los votos que se fueron y que algún día, arrepentidos o por descarte, volverán a sus huestes. Pero ese no es el problema, sino el efecto en cierto modo natural de ese extravío existencial al que hacíamos referencia.

    Lejos del Estado, su hábitat natural durante algo más de un siglo, desde donde se reinventaron en cada cambio de ciclo y contribuyeron a modelar la fisonomía del Uruguay que conocemos, el desafío de reinventarse una vez más luce complejo pero no imposible. Se trata, pues, de definir qué proyecto de país quieren encarnar, qué batallas están dispuestos a librar con ese fin y qué sectores e intereses pretenden defender y representar de ahora en más.

    Así, sin líderes convocantes, ni fermento ideológico, ni proyecto reformista a la vista, ni asambleas, ni clubes, ni caudillos locales, ni banderas con soles amarillos desplegadas al viento, el Partido Colorado está obligado a reencontrarse con su pasado para, si esa es la voluntad de sus dirigentes y militantes, emplear la historia como una catapulta hacia el porvenir. O, por lo contrario, languidecer en el agua tibia de la nostalgia y de las buenas intenciones hasta desaparecer.

    Decía José Enrique Rodó, un intelectual colorado de quien por estos días se cumplen cien años de su desaparición física, que los partidos políticos no mueren de causas naturales; se suicidan. Y lo hacen de a poco, lentamente, hasta que un día se vuelven un recuerdo lejano y ajeno.