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    La intolerancia y la Iglesia Católica (I)

    Son francamente graciosas las contradicciones de la carta del 27/09/12 bajo el título “La Intolerancia y la Iglesia Católica”. Por un lado, clama tolerancia y se rasga las vestiduras por la libertad de pensamiento; por otro, afirma que pareció “interesante que apareciera alguien más con quien intercambiar ideas, pero al final…¡qué desilusión! Mejor, hubiera seguido callado”. Un auténtico librepensador habría aplaudido que una persona saliera a manifestar una opinión distinta a la propia. Jamás lo habría mandado callar la boca. Luego, se acusa a un libro —evidentemente no leído— de contener  “comentarios frívolos” (por ende, se adjetiva peyorativamente en lugar de argumentar contra las afirmaciones del libro). Y para rematarla, se pone en duda la existencia de Leo Moulin, sosteniendo que quien suscribe cita un libro de un “supuesto” historiador ateo. Sólo hay que poner “Leo Moulin” en el Google y queda claro de inmediato que de “supuesto” no tiene nada. ¿Eso es tolerancia?

    En fin, se supone que para acusar a otros de intolerantes es condición indispensable ser tolerante. Pero tolerante en serio, no de la boca para afuera. Si no, con todo respeto, no existe autoridad moral alguna para lanzar acusaciones contra los demás, ya sean personas o instituciones.

    Quiero contarles una anécdota de mi abuelo, maestro de tolerancia. Mi abuelo era masón y mi padre contaba que sus “hermanos masones” le preguntaban dos por tres por qué no llevaba a sus hijos por la Masonería. Mi abuelo, ante la insistencia de algunos que se llegaban a poner francamente pesados, les contestaba siempre lo mismo: “¡Mis hijos saben que soy masón y si quieren venir, vendrán! ¿Qué clase de librepensador sería yo si los indujera a venir por aquí?”. Así que ya se ve que, hasta en las instituciones presuntamente más respetuosas del pensamiento ajeno, hay hombres muy tolerantes y otros que, por mucho que pontifiquen, manifiestan con sus obras una evidente falta de amor por la libertad de los demás. En todos lados se cuecen habas.

    En cuanto a la Iglesia, es evidente que su objetivo principal no es la búsqueda de la tolerancia. El lugar privilegiado en la escala de valores de la Iglesia lo ocupa el amor, no la tolerancia. El amor, guste o no guste, se funda en la verdad y tiende al bien. Y la tolerancia —valor que empezó a cobrar real vigencia recién en la segunda década del siglo XX—, guste o no guste, se funda, muchas veces, en el relativismo ético. La verdad sobre determinados temas —por ejemplo, comienzo de la vida humana— puede gustar a unos y a otros no; pero por amor a Dios y a los hombres, la Iglesia entiende que hay que buscarla y proclamarla a como dé lugar. Es parte de su misión. La “tolerancia” de los intolerantes, por su parte, lo que procura en el fondo es “quedar bien con todos y mal con ninguno”. Si para esto hay que sacrificar o amordazar la verdad sobre la persona, sobre la ley natural, sobre la existencia de una ética objetiva —me remito a Cicerón, anterior a Jesucristo—, se sacrifica sin el menor prurito. El objetivo en este caso es llegar a un punto “medio”, a un entendimiento en el cual más o menos todos queden conformes.

    Ahí está la diferencia entre el pensamiento de la Iglesia y el de quienes, en el fondo —concedo que con la mejor intención del mundo— entienden que la Iglesia debería tener al tope de su jerarquía de valores, la tolerancia. Y la Iglesia nunca pondrá a la tolerancia en el lugar que, gracias al “mandamiento nuevo” de Jesucristo, le corresponde al amor.

    Por amor, la Iglesia nunca podrá tolerar ni la mentira, ni el error, ni los ataques a la ley natural. ¿Cómo tolerar pasivamente que se mate a un ser humano inocente e indefenso en el vientre materno? ¿Cómo tolerar las brutales tiranías del nazismo o del comunismo sin decir una sola palabra? Hay ocasiones en que la Iglesia debe hablar y lo hace, sin importar las consecuencias o los adjetivos que otros le pongan.

    Es evidente que a lo largo de 2.000 años hubo personas dentro de la Iglesia que no actuaron conforme a ese mensaje y a esa misión de llevar el amor de Cristo a todos los rincones de la Tierra. Y las hay hoy. Ahora bien, “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn, 8, 2-11). Por otra parte, a esta altura nadie medianamente informado puede negar que la Iglesia, por boca de Juan Pablo II, es la única institución en el mundo que pidió perdón por los errores cometidos a lo largo de su Historia. Ni los judíos, ni los muslumanes, ni los hindúes, ni la Corona Británica, ni la CIA, ni el Mossad, ni la KGB, ni los palestinos, ni los administradores de los casinos montevideanos, pidieron perdón por sus errores. La Iglesia lo hizo. No será el tan ansiado “ejemplo de tolerancia” que se pide. Pero es un gigantesco ejemplo de humildad. Cosa que a muchos nos falta en este mundo.

    En la carta referida se nos propone elaborar una lista con “ejemplos de tolerancia” de la Iglesia. Nosotros proponemos —siempre y cuando no nos manden callar la boca— hacer, más bien, una lista de “ejemplos de amor” de la Iglesia. Si ese trabajo se hiciera con seriedad y honestidad intelectual, estoy seguro de que al final le terminarán dando la razón a Moulin: las luces prevalecen ampliamente sobre las sombras. Eso sí, hay que tener mucho cuidado al juzgar los hechos de la Historia. Si se evalúan con una jerarquía de valores del siglo XX-XXI, hechos que ocurrieron hace cien, doscientos, quinientos o mil años, se corre serio riesgo de caer en peligrosos anacronismos.

    Termino con una cita de Albert Einstein. Busqué un personaje conocido por todos, para evitar que se me acuse de citar a un “supuesto” físico judío-alemán: “Siendo un amante de la libertad, cuando llegó la revolución a Alemania miré con confianza a las universidades sabiendo que siempre se habían vanagloriado de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades fueron acalladas. Entonces miré a los grandes editores de periódicos que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, fueron reducidos al silencio, ahogados a la vuelta de pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad. Antes no había sentido ningún interés personal en la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral. Debo confesar que lo que antes despreciaba ahora lo alabo incondicionalmente”. (“Time Magazine”, 23 de diciembre de 1940, pág. 38; en su portada, este ejemplar de la famosa revista americana decía: “En Alemania, la Cruz es la única que no se inclina en reverencia ante la svástica”).

    Álvaro Fernández

    CI 1.772.474-4