N° 1895 - 01 al 07 de Diciembre de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHemos venido analizando distintos aspectos de la ganadería uruguaya, en el entendido de que, por el efecto del incremento de los precios durante la década anterior, no se han percibido las dificultades en el desempeño del sector que se han registrado en la última década.
Vimos distintos aspectos, como la evolución de la edad de faena de los novillos, que muestra un notorio retroceso desde 2008. La publicación de las cifras de Dicose nos permitió ver desde otros ángulos el estancamiento desde comienzos del siglo y vimos también la pérdida de participación de Uruguay en el mercado internacional de la carne.
Bueno es recordar que la ganadería uruguaya mostró un desesperante estancamiento de seis décadas, por lo menos, que trajo sobre el país horas muy duras, tal vez las peores. Desde comienzos de los noventa, ese estancamiento se rompió y se inició una fase de crecimiento de la ganadería sin parangón en la historia uruguaya y tal vez incluso en la comparación internacional.
Durante la fase de estancamiento se llevaron a cabo diversas acciones pretendiendo promover el crecimiento. Una de esas acciones se enfocó en promover el cambio tecnológico en el entendido de que el productor ganadero no sabía cómo mejorar el esquema productivo y era “reticente” al cambio tecnológico. Se definió un paquete de tecnologías, en base al modelo neozelandés, y se lo impulsó a través de políticas que incluso implicaron subsidios a la transferencia de tecnología. Se recurrió para ello a organismos internacionales, que compartían esa peculiar visión del problema. Se regalaba la asistencia técnica, se financiaba en canasta el producto reduciendo el riesgo-precio del productor, y se subsidiaron diversas acciones hacia los más pequeños. El núcleo de la tecnología propuesta era la sustitución parcial de la oferta de forraje proveniente del campo natural, por la de mejoramientos forrajeros, fundamentalmente perennes (las “praderas”), porque se entendía que la limitante fundamental, aunque no única, era la nutrición del ganado.
La idea tenía de acierto el hecho de apuntar a la inversión, pero no se entendía claramente cuáles eran los factores que la limitaban. Así los resultados fueron muy pobres. Tomamos la incorporación de mejoramientos forrajeros como indicador de inversión, porque era el “núcleo” de la tecnología propuesta. Como se puede ver en la gráfica adjunta, hasta 1985 el porcentaje de mejoramientos venía en caída. A comienzos de los noventa, se tenía el mismo nivel que en 1976. Allí comienza una fase de extraordinario crecimiento, que es más extraordinario si se tienen en cuenta algunas cosas adicionales: en primer lugar, que los precios de la carne fueron en ese momento de los más bajos de la historia; en segundo lugar, fueron levantados los programas de promoción y subsidio de la inversión, y por último, los costos internacionales de financiamiento eran altos. A pesar de esos factores, se desencadenó un virtuoso proceso de inversión que explica gran parte de lo que venimos señalando en artículos anteriores.
Pero lo más llamativo es que en 2006, en el auge de precios y de financiameinto, se detiene el crecimiento y —para sorpresa de todos— en 2008 empieza a caer. El área mejorada en ese año alcanzó a 2,7 millones hectáreas, y en la última información al respecto, del año 2015, es de 2,3 milones de hectáreas, lo que implica una persistente caída durante una década a una tasa del -1.5% acumulativa anual.
Pero además se registran cambios en la composición de esos mejoramientos, se reduce la participación de los mejoramientos permanentes y aumenta la de los cultivos forrajeros anuales. Hay una sustitución. Se opta por un “gasto” en pasturas, en lugar de la “inversión” en pasturas. Se elige una tecnología de ciclo corto, no por las que requieren mayor período de maduración. Parece haber dudas en cuanto al futuro.
Todo parece indicar que existe temor a la inversión, a pesar de los precios. Hay algo que impide que se invierta en ganadería. Ya no los ganaderos “reticentes a la tecnología” —que habían dejado de serlo desde comienzos de los noventa—, sino toda la economía, optó por volcar su inversión a otros sectores, incluso agropecuarios. Y fue un período de mucha inversión en general, alentada por los altos precios de los commodities y los extraordinariamente bajos costos de financiamiento.
Cuáles fueron las causas de esta reticencia a invertir, identificarlas, es el objetivo principal de esta serie de artículos. Aún falta poner sobre la mesa otros temas del problema, pero de lo que no se puede dudar es de que la década de oro de precios, por alguna causa, no lo fue para la ganadería.
(*) El autor es ingeniero agrónomo y consultor privado