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    La ley de eutanasia

    Sr. Director:

    Estimado director. Quería ofrecer una reflexión sobre la siguiente cuestión: la legalización de la eutanasia, ¿es una cuestión personal o social?

    Lo que está en debate con el proyecto de ley de eutanasia no es “una” eutanasia, sino una “ley” que “legaliza la eutanasia”, regulándola con carácter general, en función de un nuevo criterio, un nuevo principio de la convivencia social.

    Es la finalidad de la sociedad lo que está en juego: ¿para qué vivimos en sociedad? Son las reglas fundamentales de la convivencia social las que están en entredicho: ¿qué debemos hacer o no hacer? Son los fundamentos de la sociedad y del derecho lo que se discute: ¿por qué, siendo seres libres, debemos actuar de determinada forma?

    1) La finalidad de la sociedad. Hasta ahora, la finalidad es crear las condiciones para que todos y cada uno podamos desarrollarnos como seres humano.

    2) Las reglas fundamentales. ¿Qué se debe hacer o no hacer? Se debe hacer lo que los demás necesiten para desarrollarse (según la posibilidad y la particular relación que se tenga con esa persona: ayudar más al más necesitado). No se debe hacer (nunca, nadie) lo que impida el desarrollo de los demás. Por eso, la primera y más universal regla social es “no dañar” y, dentro de esta, “no matar”.

    3) El fundamento de la sociedad y del derecho. ¿Por qué se tienen esos deberes y correlativos derechos? ¿Qué es lo que hace que debamos facilitar el desarrollo de los demás en vez de dañarlos o matarlos? Primero, hay una condición necesaria, pero no suficiente: todos necesitamos de los demás, somos mutuamente dependientes; libres pero necesitados de que no nos impidan desarrollarnos libremente y de que, según la real necesidad de ayuda de cada uno, nos ayuden. En segundo lugar, ¿cuál es el motivo, la razón, por la que, siendo libres, debemos querer ese ser del otro en su integridad y en su desarrollo? Porque es lo más valioso, es digno, por ser humano. Todos somos igualmente dignos, y por eso debemos valorarnos mutuamente.

    Estos son los actuales fundamentos de nuestra convivencia: la igual dignidad de todo ser humano, no hay vidas sin valor.

    Con la legalización de la eutanasia… la finalidad no será facilitar el desarrollo de algunas personas, sino su eliminación; el fundamento no será el reconocimiento de su igual dignidad, su vulnerabilidad —necesidad de ayuda— y su libertad (en función de la cual la ayuda no se le impone sino que se le ofrece).

    El nuevo principio será que no todos son dignos, que hay vidas con valor social (irrenunciables, a las que está prohibido matar) y otras eutanasiables (renunciables, eliminables, a las que se les ofrece matarlas).

    ¿Por qué esta esta discriminación y devaluación social legal? Porque lo que se valorará ya no será la dignidad inherente a toda persona, sino la autonomía, y no todos somos igualmente autónomos.

    A los más dependientes (por su sufrimiento, discapacidad, enfermedad o vejez) no se los considerará dignos, merecedores de mayores manifestaciones de valoración y ayuda… Serán vidas con “grave y progresivo deterioro de su calidad de vida” (como dice el proyecto de ley de eutanasia). Los más vulnerables no serán dignos de una mayor solidaridad. A los menos autónomos, cínicamente, se les reconocerá su “autonomía”, para considerar “libre” y válida su renuncia a un derecho humano irrenunciable (aunque, en realidad, no sea una renuncia libre, porque está determinada por un sufrimiento “insoportable”).

    Los más autónomos ofrecerán eliminar a los más dependientes. La libertad del más fuerte se impondrá (con apariencia de respeto a su libertad) a la libertad del más vulnerable. La ley del derecho (expresión de las exigencias de la dignidad humana) será reemplazada por la ley de la selva…

    No es una valoración individual la que está en juego, es una valoración social: la que se contiene en la ley, la que es capaz de generar nuevos “deberes” y nuevos “derechos”.

    Hay quienes ya ahora, individualmente, consideran que no toda persona es digna, que la calidad de vida puede “deteriorarse” al grado de que se pierda el valor inherente de esa vida humana.

    Nadie pretende imponerles la valoración de su vida (este sí es un acto individual); pero tampoco ellos pueden imponer a la sociedad que no valore sus vidas, que cambie su finalidad, sus reglas fundamentales y sus fundamentos. ¿Se los forzará a seguir viviendo? No, pero no se les ofrecerá matarlos, sino aliviarlos y acompañarlos (acciones exigidas por su dignidad irrenunciable).

    Esa es la propuesta de la ley de cuidados paliativos recientemente aprobada. Es la respuesta que respeta la dignidad y la libertad de quien sufre y que le permite superar el sufrimiento. La otra, ofrecerle matarlo, es decirle (a quien está en una condición que puede producir un sufrimiento grave) que lo que le queda de vida no vale, que no podrá superar el sufrimiento, que ya cumplió su fecha de vencimiento. ¿No se generará o acrecentará, así, el sufrimiento que, se afirma, se quiere evitar?

    Diego Velasco Suárez

    CI 3.683.909-5