Varios talleres de pintura funcionan en Montevideo y Ciudad de la Costa con clases semanales de entre dos y tres horas, con distintos objetivos, según el perfil de cada coordinador. Antes, el taller de arte era un lugar de corte fundamentalmente académico y técnico, donde además imperaba la línea del maestro, que los alumnos intentaban seguir. Hoy, algunos de estos espacios registran un cambio en la tónica de la actividad, que se asocia más al bienestar personal.
Entre los talleres históricos que formaron a las últimas generaciones de artistas se encuentra el de Guillermo Fernández y Nelson Ramos, referentes absolutos durante décadas. El más tradicional y serio que continúa funcionando hoy es el de Clever Lara, que celebró sus 30 años de actividad y formó generaciones enteras no solo en cuestiones técnicas sino también en materias como Historia del Arte. No hay receta para elegir el taller más apropiado para cada uno. Lo mejor es acercarse, observar y charlar sobre la propuesta del lugar y llevarse por la intuición. Como siempre, hay matices diferentes entre dos extremos bien definidos que son la libertad y la exigencia técnica, el hacerlo por placer o por estricta formación, el buscar convertirse en “artista” o pintar como un aficionado.
“No sirven para nada”.
Pinta unas niñas con cabezas enormes, ojos pequeños y colores intensos y su forma de ser desembozada hace que muchos lo sigan en Facebook. Gastón Izaguirre coordina además un taller de pintura desde hace varios años. “No creo en los talleres”, dice riéndose. Queda en Solymar, en el Km 23.800 de la Ruta Interbalnearia. Hasta 10 personas pueden asistir a sus clases, que se dan de noche los martes, miércoles y jueves (y un grupo en la tarde). “Un taller puede tomar dos caminos: uno es la recreación, otro es si querés dedicarte al arte: en este caso te sirve como una introducción a lo pictórico y una absorción de conocimientos del profesor o del grupo”.
Para Izaguirre, el pintor se hace en soledad, pintando todos los días en su casa. “Yo no saco pintores. Yo te doy todas las técnicas y te ayudo, después tenés que laburarlo solo. Yo pinto absolutamente todos los días del año, no una vez a la semana, para después rascarme”. Los participantes de su taller deben generar el hábito de “ir para adentro”, dice. “No pongo una manzana, una naturaleza muerta o un cuadro de un pintor famoso para copiarlo. Lo mío es absolutamente emocional, se trabaja sobre esa base: una frustración, una alegría. Pero nunca es ‘vamos a hacer una marina’”.
La clase es, entonces, una especie de tertulia, no están todos con los caballetes, no hay que saber pintar de antemano y sí animarse a buscar lo que cada uno puede hacer, para después embellecerlo. “Tampoco me interesa que pinten como yo. Les digo: ‘Dejate de hacer los ojos de Izaguirre, que te quedan una porquería’. Sí intento que la persona busque el formato visual correcto a través del trazo y el dibujo, sin alterar la forma ni los colores”.
“Me parece que en los talleres se peca de soberbia al pensar que sacan pintores. Te puede orientar, dar una perspectiva de los materiales y de cómo llegar al cuadro. Como a mí, que pinto lo que me emociona, no soy un retratista”. Dice que la gente que llega sabe que no va a un lugar rígido o conservador. No se dan clases técnicas, como la teoría del color, sino que el enfoque es más pragmático. “No me llega la vieja que quiere hacer la flor country”, bromea. Izaguirre agradece la gente que ha conocido en su taller donde se charla, se come, se toma y se pasa un buen rato. “Se da algo muy hermoso”.
De la fidelidad a la diversidad.
En el taller de Gabriela Acevedo sí hay caballetes, en su coqueto y funcional atelier de Ramón Anador y Luis A. de Herrera. Por grupo, la pintora tiene entre 12 y 15 alumnos, con un flujo de gente que varía por épocas, si bien algunos alumnos están desde hace 20 años, cuando nació el taller en 1996. “La mayoría de los talleristas no fueron formados como docentes sino que son pintores que como medio de vida forman un taller. Antes había más escuelas académicas y se hacía escuela”, dice Acevedo.
Tomó clases con Edgardo Ribeiro (1921-2006), uno de los pocos alumnos de la escuela de Torres García que hizo docencia. Desde niña le gustaba pintar, con el apoyo de su madre, que la acercó al taller del plástico artiguense. A los 17 años siguió a Clever Lara. En 1996 Edgardo falleció y le dejó a cargo el taller. “Todos los que estábamos ahí hoy somos artistas plásticos: lo hacías por vocación y formación”. También se formó en el IPA en Dibujo, lo que le permitió dar clase en los liceos.
“No hay un libro con una receta: cada uno tiene su propio estilo, y todo es válido en la medida que encuentres lo que vos quieras. Edgardo, por ejemplo, diluía en querosén; otros dicen que amarillea. En esa época, ir a otro taller era serle infiel al maestro”, recuerda. Acevedo, en cambio, le sugiere a sus alumnos que vayan un tiempo a su taller y después cambien porque “todo suma”. Le gusta que en la muestra de fin de año el comentario repetido sea acerca de la diversidad de la producción. “Enseño técnica, en general con óleo, pero también con acrílico o collage, y cada uno va encontrando lo que le gusta. Enseño un vehículo para que ellos se encuentren a sí mismos en lo que hagan y se sientan libres”.
Los alumnos se asombran de lo que logran después de aprender la técnica. “El dibujo se aprende, es algo mecánico. Cuando ven que pueden dibujar una cara siguiendo los cánones de la figura humana, se quedan sorprendidos”. Pero más allá de lo técnico, van buscando un espacio de encuentro. “Quieren canalizar las cosas que les suceden, distraerse, liberar tensiones, un montón de cosas que antes yo no veía. Lo disfrutan y encuentran un espacio para conectar consigo mismos al pintar. Cuando pintás, te abstraés, parás la mente, se suspende el espacio y el tiempo”.
Las clases duran tres horas con un corte para tomar un café y conversar. “Es muy valorado ese momento, porque además viene gente muy sensible que necesita esa calidez humana que muchas veces se pierde. En verano extrañan mucho ir”. Y esto tiene que ver con el planteo de Acevedo: disfrutar el momento. “No importa si un cuadro lleva un día o una semana”, concluye.
Crear con feedback.
Con fachada azul, el Taller de Montevideo está ubicado en Luis de la Torre y 21 de Setiembre. En la vidriera hay obras con mucho color hechas en vidrio y cerámica. Es un lugar al que dan ganas de entrar. Los docentes son el matrimonio de artistas Rosina Rubio y Pablo Salgueiro, quienes ofrecen clases de pintura a niños y adolescentes. Decidieron no hacerlo con adultos, que van a trabajar cerámica, vitrofusión y mosaico. Están de acuerdo con que el público tiene que tener feeling con el docente y su producción. “Yo trato de que la gente no haga lo que yo hago, por lo cual tenemos poca obra nuestra a la vista: la fuimos sacando porque la gente decía ‘quiero hacer una como esta’”, explica Rubio. Los docentes se abren a lo que la persona quiere realizar; si no saben cómo lograrlo, investigan juntos hasta encontrarle la vuelta. A ella le gusta más la denominación de “taller” que la de “escuela”, porque es más igualitaria. En el taller no solo no se sigue al maestro sino que se anima a cuestionarlo y compartir distintos puntos de vista.
Los adolescentes llegan solos, no a instancias de los padres, como sucede con los niños. Para comenzar a trabajar, les ofrecen un tema amplio como excusa para dibujar, para que muestren quiénes son. “Es difícil, porque el adolescente, al igual que el adulto, está pensando ‘qué se espera de mí’. Tenés que vencer eso: no esperamos nada”. Se empieza pintando a lápiz sobre papel canson y se pinta con témperas o pastel tiza, dos técnicas rápidas que se prestan fácilmente para corregir el error. El óleo es bastante frustrante al principio. “Hay cada vez menos tolerancia a la frustración, no solo en los adultos. Justamente para eso trabajamos, para bancarse que el aprendizaje necesita frustración”, señala Rubio.
“No me importa el dibujo, sino todo lo que vivió el chico para llegar a ese dibujo: la cantidad de sensaciones e intenciones que hay ahí, que solo puede sentir él, para después transmitirlas a un dibujo. Tener acceso a ese sentimiento individual y único que es lo que hace que seamos cada vez más humanos”, agrega Salgueiro. La libertad en los temas a veces se tiene que defender ante los padres. Como cuando un niño dibujó una persona con un tenedor clavado en la cabeza. “Vino la madre y puso el grito en el cielo. Le dije: ‘Por favor, dejalo’. El chico estaba cenando con su abuelo en El Mundo de la Pizza y desde arriba cayó un tenedor que se clavó en el fainá que tenía delante. Había que darle la oportunidad de sacarse eso de encima, sin interpretar”, defendió Salgueiro.
La clase es de dos horas, una vez a la semana, los lunes, miércoles y jueves a las 18, viernes a las 17 y sábados a la mañana. El Taller brinda los materiales y hay descuento importante para hijos de docentes.
Ver con los dedos.
La experiencia del artista Rogelio Osorio y la ingeniera química Marcela Cozzo es singular: hace tres años montaron un taller de pintura para ciegos, con auspicio de la Dirección de Cultura del MEC y Fundación Itaú. “El proyecto integra a estas personas al mundo de la pintura. Las clases son una vez por semana y a fin de año se hacen muestras abiertas al público. Cozzo creó una pintura especial que tiene aromas para distinguir cada color. “El sentido que ellos más usan es el tacto: es como si tuvieran los ojos en las manos. Entonces busqué que pudieran ver los cuadros con los dedos, con un material con relieve: ellos tocan y ven si les gusta o no cómo va quedando”.
En un mundo que se mueve cada vez más en la hiperconexión tecnológica y al mismo tiempo en la desconexión del cara a cara, el taller de pintura aparece como un lugar privilegiado para encontrarse con uno mismo y con otras personas en la misma sintonía.