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    La “licenciatura” de Sendic

    Sr. Director:

    Vice perdido o títulos para todos. Imagínese: Ud. es vicepresidente del Uruguay, líder de un grupo importante aunque minoritario e hijo de quien para muchos fue un gran caudillo revolucionario y héroe de la resistencia contra una dictadura. Alguien, alguna vez, le sugirió que le convenía presentarse al mundo con un título universitario, que Ud. no tenía. O quizás fue Ud. quien lo decidió. ¿A quién le podría interesar ese título? No a la masa electoral ni a la gente que terminó votando por Ud., sino a sus colegas y competidores, dentro de su propio partido y de la oposición. En la lucha por los liderazgos es bueno poder afirmar que uno es tan bueno como el mejor en el campo del esfuerzo, la disciplina y los conocimientos, y el que termina una carrera universitaria puede presumir de ello. Para rematar, casi nadie conoce mucho de genética y suena difícil y complicado. Perfecto.

    Ud. está convencido que es justo reconocer de alguna forma los cinco años que pasó estudiando medicina, incluyendo aquel curso en genética. No parece equitativo que quien tiene méritos de sobra (¡con medalla de oro!) salga sin nada y otro, solo porque da algunos exámenes más, logra conseguir el título. Nunca pensó ponerse Doctor ni Licenciado en medicina, pero casi cualquiera es Licenciado en algo. Así que no era para jactarse de nada indebidamente, sino una forma de hacer justicia. ¡Títulos para todos o para nadie! ¡Qué mezquino y falto de humanidad quien no lo pueda entender!

    Ahora se enreda el asunto. Resulta que a sus colegas (competidores) no se les escapó la astucia y un día una periodista descubrió la maraña. Su primera reacción fue admitir la falsedad (que tampoco es muy grande, ¿no?). Luego vino la reacción dentro del partido, a puertas cerradas. Alguien (quizás haya sido Ud. mismo) planteó que sería inadmisible confesar un fraude que había durado tantos años. Ud. no se sintió con fuerzas suficientes para afrontar todas las consecuencias, porque su enemigo más peligroso podía estar muy cerca, hasta en su propio entorno.

    Veamos las alternativas que tenía. Primero, la que la oposición pidió: pedir disculpas. Ud. hubiera podido seguir en su cargo sin mayores consecuencias, pero sus pretendidos rivales hubieran aprovechado el incidente para afirmar que Ud. no debía ser futuro candidato a la Presidencia del Uruguay. Otra alternativa, la valiente, la del auténtico líder: presentar renuncia como vicepresidente y jefe de su agrupación política. Irse, separar a sus enemigos de sus verdaderos y leales compañeros, y volver a la labor cotidiana con ideas y argumentos, para ser más fuerte. Pero Ud. sabe bien que si renunciaba no volvería fácilmente a la posición que creía haber logrado: la de príncipe heredero de la revolución tupamara y resplandeciente esperanza de la izquierda uruguaya (“Made in Cuba”).

    No era posible aventurarse tanto. Para eso se necesita mucha energía y un talento descomunal. ¿Cómo abordar semejante tarea cuando hasta ahora las puertas del poder se abrían casi sin esfuerzo? En la lucha por el poder, los símbolos son potentes y Ud. sabe que su apellido tiene un valor simbólico excepcional. Entonces, Ud. lo debe haber pensado bastante y se le ocurrió que podía salir de la encrucijada como tantas veces lo ha hecho el formidable maestro que es Fidel: negar la existencia del problema, apostar al olvido, exigir a los compañeros que ignoren lo evidente cuando las cosas salen mal (aplicar la disciplina partidaria) y decir que todo es una conspiración de la derecha y de sus acólitos. Unos viajecitos en primera clase a Zambia e Irán (porque de Venezuela y Maduro ya no hay nada que esperar) compensarán el trauma sufrido, y a otra cosa.

    Pero Uruguay no es Cuba y Ud. nos permite apreciar las diferencias, Sr. Vicepresidente.

    N.I.X.

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