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    La mano viene brava

    No es broma

    La causa exacta no la sé. En los corredores del semanario hay quienes dicen que el allanamiento a la radio del Nacho fue un atropello, y a la casa de él, peor, aunque no lo hayan encontrado. Y que hace bien en no entregar el celular. Hay otros que dicen que por fin se dieron cuenta de que Bianchi tenía razón, y otros más que dicen que el fiscal de Corte, que era un gordo bueno, se disfrazó de Jorge Díaz, y ahora se hace el malo.

    Algunas de esas cosas las escuché en la vereda antes de entrar a la redacción, pero no sé si era gente de la casa o personas que pasaban por ahí. El ambiente está muy revuelto.

    Se habla de la libertad de expresión, de la libertad de prensa, se cita a Orwell, a Jefferson, a Churchill, a Margaret Thatcher, a Daniel Ortega, a Nicolás Maduro y al petizo Putin. Y hasta se cita a Marcelo Abdala, pero creo que por otra cosa.

    Lo que sí sé, es que los colegas de la redacción me vieron meterme en mi escritorio empezando a juntar las carpetas de archivos que tengo (es que yo en Internet no soy muy ducho, pero las carpetas con papeles que he juntado a lo largo de todos estos años son un montón).

    Ahí tengo de todo, los recortes de prensa de cuando a Ramón se lo llevaron en cana dos veces, los comunicados de la Comaspo, del Esmaco, de la Sepredi, de los años 75, 78, 80 y hasta 82. Las resoluciones que tomaron los muchachos cuando nos clausuraron varias veces, y por varias ediciones, cuando secuestraron una edición completa a la salida de las rotativas, haciéndonos gastar la guita que había costado la impresión, para después llevarse toditos los ejemplares para hacer un fueguito y tirar unas tiritas y unos chorizos en la parrilla del cuartel.

    Tengo, porque lo guardé, el borrador del artículo de Ramón, cuando dijo que el Acto Institucional No 8 era una vergüenza, mal escrito y redactado por un ignorante del derecho, un atentado contra la separación de poderes, lo que motivó que lo encerraran en la Cárcel Central, donde estuvo lavando letrinas durante dos semanas, aunque eso fue mucho mejor que cuando lo llevaron a un cuartel y le daban de comer un poco de guiso con pan duro en un plato de aluminio de esos en los que se le pone la comida al perro, y sin cubiertos ni nada. Y encima, durmiendo en el suelo. Lo que había hecho era criticar la Ley de Ilícitos Económicos, redactada por un profesor de Derecho Penal que además era ministro de Justicia. Tengo el borrador de ese también. Ramón decía que si uno le vendía unos remedios que le habían sobrado de una gripe a un amigo que los necesitaba, era una operación lícita. Pero que si le vendía unos dólares que le habían quedado de un viaje, era un ilícito penado por esta absurda ley. Y agregaba: “La ley subvierte el orden natural de los negocios”. Eso porque esta ley solo permitía comprar y vender dólares en bancos y cambios. Y con ese razonamiento justificaba el título de su artículo: “La Ley de Ilícitos Económicos, una ley subversiva”. Y la causa oficial por la que cerraron el semanario y lo metieron preso no fue por criticar la ley. Fue porque estaba prohibido decir “subversivo”, porque era una de las palabras marginadas por decreto del uso permitido en la prensa, al igual que “tupamaros”, “revolucionarios” y otras más. Como cuando –según se cuenta– a Mariano Arana le secuestraron en un allanamiento a su casa un libro intitulado Cubismo. Creían que era un elogio a la Cuba de Fidel.

    Era cuando se prohibía emitir por la radio a Zitarrosa, al Sabalero, y hasta el tango aquel que empieza diciendo “un viejo verde, que tira su dinero, emborrachando a Lulú con su champán, hoy le negó un aumento a un pobre obrero, que le pidió un pedazo más de pan”. Ustedes no lo podrán creer, pero fue así.

    Y ni les digo cuando una vez escribí una columna que se llamaba “¡WFA, ché!” (por las iniciales de Wilson Ferreira, que estaba en Buenos Aires en una Semana de Turismo, y esperaba que miles de correligionarios fueran a visitarlo). Mi columna simulaba uno de aquellos antiguos prospectos de las agencias de viaje, que decían “día uno, visitamos los shoppings del Centro, de noche cena en una cantina de La Boca”, día dos, y así. En el día tres, puse: “visita al astillero ACF” (N. de R.: iniciales de “Adelante con Fe”, que identificaba a los seguidores de Wilson en las elecciones universitarias) “en el cual se está construyendo un lanchón fluvial con capacidad para 33 navegantes”. ¡Para qué! Nos clausuraron el semanario, y en el decreto de cierre, firmado por el Goyo y su ministro del Interior Yamandú Trinidad, se expresa que “el autor pretende ironizar con la mención a un acontecimiento histórico, vinculándolo ostensiblemente con un delincuente prófugo”.

    Parecía que no tenían límites, y se esforzaban por demostrarlo.

    En realidad tengo guardados en mis carpetas, de esas de cartón con un elástico que les cierra en los ángulos, un montón de aquellos documentos, comunicados, atropellos, inconsistentes pero reales y perversos, que nos causaron tanto daño, a Búsqueda, sí, pero mucho más que todo eso, a la libertad de prensa, al compromiso con la libertad de expresión en toda su dimensión, que han caracterizado a Búsqueda en su medio siglo de existencia.

    Los muchachos de la redacción me preguntaban insistentemente por qué estaba yo rejuntando aquella pila de carpetas llenas de recortes viejos.

    Y yo les contesté: “Es que tengo miedo de que vengan a allanarnos los jueces y los fiscales, y se las lleven para usarlas como ejemplo en alguna otra alcaldada…”

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