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    La mirada del sordo genial

    “Caprichos” de Goya en el Palacio Taranco

    Un hombre está colgado, muerto, frito. Tiene un detalle que habla de su triste final: las manos atadas. Posible víctima de una época terrible o de un momento oscuro de la humanidad, como tantos. La imagen recrea un hecho anecdótico de fines del siglo XVIII en España. Recreación o invento mayúsculo del artista que lo dibuja notablemente. No importa, es igual de terrible. Al lado del colgado, una mujer le abre la boca y trata de sacarle los dientes; en punta de pies para alcanzar la boca del colgado. Se tapa la cara con un pañuelo, deja ver su rostro de costado, sus ojos vivos que miran de reojo al maloliente. Medio rostro oculto para no mirar la cara, para ocultar parte de la vergüenza de meter los dedos en la boca, para evitar el hedor de la muerte.

    Así de terrible es la escena construida a pura línea, con claroscuros sutiles, paisaje sombrío al borde de un río nocturno. Pertenece a una serie de 80 grabados que realizó Francisco de Goya y Salientes (Zaragoza 1746-Burdeos 1828) y puso a la venta en 1799, ya sordo y golpeado por los tiempos que se avecinan, cargados de miserias y presagios terribles, violentos, estremecedores. Está en Montevideo, expuesto en el Museo de Artes Decorativas Palacio Taranco (25 de Mayo 376), junto a 23 más del primer grupo, cuyo núcleo sustancial es de claro corte erótico, íntimo.

    También hay un pequeño cuadro con una escena de batalla en el contexto de la invasión napoleónica de principios del siglo XIX. Pequeño pero tan duro como esa parte oscura de la obra de Goya, sobre todo sus escenas de guerra como la maravillosa pintura del fusilamiento de Madrid (“El 3 de mayo de 1808”). El artista describe allí un enfrentamiento entre gente común del pueblo y soldados invasores.

    Pero lo que importa en esta exposición del Taranco es la muestra de los “Caprichos”, rescatados del depósito del Museo Nacional de Artes Visuales, parte de un rico acervo que aparece cada tanto con exposiciones sorprendentes. Estos trabajos de Goya tienen el valor testimonial y artístico de una época y de un autor a quien seguramente su sordera lo empujó a explorar su mundo interior desencajado, en la profundidad del silencio, en cierto resguardo del ruido exterior. Procesa en ese esfuerzo inicial, el desencanto y escepticismo que lo alejará de una visión idealista de la sociedad.

    El ahorcado corresponde a los “Caprichos”, trabajos formidables que todo el mundo reconoce, en especial, la serie de los “Sueños”, donde permanece tan viva la imagen de la locura y la muerte. Se llama “A caza de dientes”. Es parte de la producción de los primeros numerados que Goya realiza para vender y de los que rápidamente debe entregar a su rey (cobres y copias) para superar los embates de la Inquisición. Es que en ellos, el artista español despliega la gran visión esperpéntica de su España sufriente, cargada de críticas feroces a la autoridad y al orden establecido sobre el dolor y la injusticia. Es un Goya, además, que se suelta de toda posible atadura y revela en una técnica trabajosa su mundo interior, cargado de escenas de pesadilla pobladas de monstruos, brujas, libertinos, prostitutas, personajes surreales.

    Encontró la inspiración en una tradición de leyendas populares, historias que le venían al pelo para eludir la alusión directa a personajes y hechos del momento. Una alusión que llevó a ver en ellos una fuerte crítica social y política, incluso con supuestos nombres y apellidos. Goya intentó además confundir con títulos difusos y un cierto desorden en los temas, un intento que produce una percepción inicial menos riesgosa para los ojos inquisidores de la época.

    La propuesta en su conjunto es arrasadora, de un impiadoso cuestionamiento a la corrupción imperante. Hay un desencanto amoroso que muchos atribuyen a su relación con la duquesa de Alba y hay desilusión frente a muchos aspectos de la vida, pero sobre todo hay un estado del alma que se expresa por el humor absurdo, por la deformación, por un tono radical y transgresor. En fondo y forma, inaugura el incontenible desborde posterior del arte, desde el romanticismo a las vanguardias históricas del siglo XX, expresionismo y surrealismo en particular. Su influencia es evidente, su genio anuncia la modernidad como pocos. En buena parte posible por esa España que dolía, como diría desde la carga existencial el notable pensador y escritor Miguel de Unamuno (1864-1936) ante otra arremetida de las armas contra la inteligencia.

    No era fácil vivir en la época de Goya. Menos aún, ser testigo de la vida cotidiana de una ciudad cargada de supersticiones, persecuciones religiosas y políticas, cruces entre visiones revolucionarias y un régimen autoritario que no se resignaba a morir. En el medio, intelectuales embanderados con una visión optimista de un gran idealismo, promotores del esfuerzo educativo para mejorar las almas y los cuerpos. Entreverados también, gente de buena madera que lucha por su salvación y la de los miserables. Un espíritu de revuelta romántica cruzaba Europa y conmovía los cimientos de una sociedad construida sobre ruinas humanas. Entre medio, artistas como Francisco de Goya y su impresionante mirada sobre los destrozos, la persecución y el desenfreno. Aun en el pesimismo, el impulso creador como motor para la búsqueda de sentido. Y su aporte personal, la imaginería riquísima en imágenes oscuras, un brutal sentido del misterio, de lo sombrío frente a la razón que se hace cargo de a poco del progreso humano, el talento para encontrar la belleza en la fealdad. Más que contradictorias, dos vertientes complementarias. Poetas comprometidos por primera vez con su sociedad recogen el guante de la mirada crítica, un poco olvidada por la historia artística. Escritores y artistas de todo talante, pequeños y grandes figuras que rompen las reglas, salen al mundo y entre emociones violentas involucran la naturaleza en todo su esplendor. Esos cuadros del Taranco son joyitas que merecen la visita. En el primer piso, al fondo, en dos salitas escondidas de un palacete que permanece cargado de historias y muy bien cuidado.

    “Caprichos” de Goya. Palacio Taranco (25 de Mayo 376). De lunes a viernes de 12.30 a 17.30 hs. Hasta el 10 de junio.