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    La mugre, un delito

    Le pregunté a mi amiga Alicia cómo estaba tan limpio su país. Me miró con incredulidad. Ella no cree que esté tan limpio. Le aseguro que comparado con Montevideo, el lugar donde ella habita parece un CTI.

    Ella es uruguaya pero hace más de 30 años que se fue, huyendo de la dictadura política y mental. Cuando cruzó los mares, las galletitas se vendían envueltas en papel de a 100 gramos, se llevaban envases de vidrio para comprar bebidas y los bebés usaban pañales de tela. Era un mundo sin bolsitas voladoras, bandejas arracimadas y botellas de refresco esperando 100 años a degradarse.

    El consumo y la tecnología condujeron también a Uruguay a deglutir vorazmente plásticos. Y se sumó la degradación económica y social con que nos inició la dictadura: la mugre se convirtió en constante. Un estribillo de la vida urbana.

    Cuando observo fotografías en blanco y negro del Montevideo de los años ‘30 y ‘40, busco con lupa un papelito perdido en el suelo de 18 de Julio. Nada. ¿Barrerían para la foto? No lo creo. La mugre es una bola gigantesca que se echó a rodar y no se detiene.

    Ahora bien: las bolsas, envases, envoltorios y porquerías diversas del siglo XXI son universales. El misterio es por qué en otros sitios desaparecen tan rápidamente de la vista y aquí rondan los tobillos, se ganan las miradas, explotan el paisaje.

    Alicia me despejó el misterio. Yo esperaba que se refiriera a la educación, a la solidaridad, a los sentimientos comunitarios. Pero no, fue rotunda: “En este país si ensuciás la calle te meten una multa que te matan”.

    Ah…entonces la represión es el secreto. Mmm…el famoso aspecto punitivo de la norma.

    ¡Ja, ja, ja! Ahora, con mi amiga Alicia a miles de kilómetros, me imagino la posibilidad de que un uruguayo tire un palito de helado a la vereda y que de la nada salga un inspector de higiene que le meta una “multa que te mata”.

    Montevideo se inundaría de inspectores o de cámaras de seguridad.

    Y las personas, sumisamente, se inclinarían a recoger el pegajoso palito de helado con aire culpable. Tolerancia cero a la mugre. Seres humanos limpios y obedientes como en un cuento de Ray Bradbury.

    Tres millones de inspectores para tres millones de infractores. Habría que instrumentar un plan de inmigración masiva. Inmigrantes para mano de obra, perdón, ojo de obra, para detectar la mugre que producen los uruguayos.

    Ayer vi un episodio de Girls, la serie de HBO. Una de sus protagonistas se bajaba el shorcito y la bombacha y se ponía a orinar en pleno Nueva York. Inmediatamente paraba un patrullero y le aplicaba una multa rosada. La chica rompía la boleta y se la llevaban presa.

    Nunca había visto (ni en el cine) a una mujer orinando en la calle. He divisado cientos de hombres orinando mi zaguán, la arena de la playa, los monumentos, los árboles, el alumbrado público, los contenedores.

    Pero lo más impactante no fue el desenfado con que la actriz de Girls echaba sus aguas, sino aquel pequeño papel rosado: la constancia del delito. Mugre.

    Culpable de MUGRE.

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