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    La niña, el naturalista y un capitán cargado de culpa

    “Naturalista de mierda”, dice la lengua de Robert Fitzroy, ya separada de su boca. Es 1865 y el excapitán del Beagle se suicida cortándose la garganta. En su escritorio hay un libro con el título El origen de las especies y una carta de su autor, Charles Darwin, con la leyenda que el capitán siempre repetía en el barco: “Beber juntos, naufragar juntos”. Así, con ese suicidio, comienza Simioinglés (Tusquets, 2022), la última novela del escritor y periodista Alberto Gallo (Montevideo, 1959), que se remonta años atrás, en el viaje de cuatro años que realizó Darwin al bordo del Beagle. Pero más que del naturalista esta novela policial trata sobre Fuegia Basquet, una niña de 12 años, nativa de Tierra del Fuego, que había sido llevada a Inglaterra junto con otros tres indígenas con el fin de ser educada con las costumbres británicas. En el viaje del Beagle embarcan a los indígenas para regresarlos a su tierra y Fuegia viaja rodeada de una tripulación de 70 hombres. Obsesionado por Darwin y por este viaje, Gallo estuvo 10 años hurgando en libros y documentos de época. Su anterior novela la había publicado en 2010 y se llamó Nunca acaricies un perro en llamas. “Preciso el largo aliento, por eso escribo novelas. Y nunca tengo apuro”, le dice a Búsqueda en el altillo de su casa donde, sin apuro y en una mesa con un planisferio, escribió su novela. Fue editor y periodista. Durante años condujo Efecto mariposa, en Radio Uruguay. Ahora, en Radio Sarandí, conduce Una hora en la Tierra con el Vasco Urriza. “El subtítulo del programa es Animales ligeramente humanos. De alguna forma está ligado a la teoría de Darwin: nos diferenciamos del chimpancé en un uno por ciento”, dice al finalizar esta entrevista.

    —¿Escribías desde niño?

    —Empecé a escribir a los 12 años, creo que si no lo hacía hubiera muerto. En la escuela tenía una compañera de banco llamada Evita. Desde 4º año les pedíamos a las maestras para sentarnos juntos. Hacíamos bailes en su casa y en la mía, éramos un poco más que amigos, pero a esa edad no podíamos decir que éramos novios. Un diciembre cuando ya estábamos en 6º mi madre atendió el teléfono. Estaba muy seria mientras hablaba. Cuando cortó, se sentó conmigo en el living y me dijo que se había muerto Evita. La había atropellado un camión, el conductor iba borracho. Ahí empecé a escribir, apoyado por un terapeuta. Durante la pandemia pensé mucho que eso me dejó sesgado para escribir sobre la injusticia. Ese hombre que conducía el camión no fue preso, no le pasó nada, y mató a mi amiga. Ahora me di cuenta de que todo lo que escribo de alguna manera está relacionado con la muerte. La literatura me ayudó a elaborar esos temas.

    —Tu papá era mago, supongo que también alimentaba tu fantasía para escribir…

    —Papá era prestidigitador y también relojero. Mamá hacía vestidos de novia. Por eso para mí la literatura, sobre todo la novela, es una mezcla de la precisión de la relojería, la imaginación de la magia y la gotita de amor de los vestidos de novia. Cómo no salir escritor con todo eso. Papá hacía magia en el Canal 12 y ensayaba para nosotros frente a un gran espejo donde también se probaban las novias.

    —¿Por qué te interesó la figura de Darwin?

    —En la novela Ángeles entre nosotros (2005), una de las líneas narrativas es el viaje de Darwin, sobre todo cuando pasó por Uruguay. Ahí me quedé con ganas de hacer algo que me parecía imposible: escribir sobre todo el viaje. Entonces empecé de a poquito a leer y a estudiar. ¿Por qué Darwin? Porque nunca volvimos a ser lo mismo después de él. En ese momento fue como si hoy un científico viniera de la mano de un extraterrestre y dijera que descendemos de un ser alargado y con ojos de lagarto. La teoría de Darwin generó el debate del siglo, la gente no podía aceptar que venimos del mismo lugar que el mono. Su descubrimiento de que sobrevive el que se adapta mejor fue revolucionario, pero de alguna manera el nazismo creció con esa premisa. Me irritan mucho las maldades que somos capaces de hacer y que en general no se pagan. Por eso esta novela es la primera entrega de una trilogía sobre la impunidad. Me asombra mucho esa capacidad del ser humano de hacer grandes genialidades y a la vez planificar grandes maldades.

    —En tu novela hay un proceso de animalización de la tripulación que viaja en el Beagle

    —En realidad esos hombres dejan en evidencia lo que ya son. El capitán había secuestrado a los cuatro indígenas a cambio de un botón. De allí el nombre que le pusieron a uno de ellos, Jemmy Button. En esta novela todo es cien por ciento cierto, salvo lo que es cien por ciento inventado (se ríe).

    —Más que Darwin, las figuras centrales son el capitán y la niña indígena, Fuegia Basquet. ¿Los pensaste como protagonistas?

    —Darwin no fue como naturalista en el viaje del Beagle. El capitán quería a alguien educado para charlar durante el viaje, entonces un profesor le dijo que tenía un alumno avanzado y se lo recomendó. Y el tipo terminó cambiando el mundo para siempre. Pero esta novela está dedicada a Fuegia, aunque no con una dedicatoria explícita. Todos los nombres propios que aparecen están escritos en minúscula, salvo el de ella. Hubo investigadores que pusieron en duda sobre qué habrá pasado con esta niña que viajó años con 70 hombres a bordo y yo trabajo con lo que pudo haber sucedido, pero que no está consignado.

    —¿Leíste bitácoras o registros del viaje?

    —La historia de los nativos en el Beagle es muy conocida, la ciencia la conoce. Los habían secuestrado con la excusa de educarlos. Tenían esa misión, pero en las bitácoras solo se consignan las cosas buenas, porque están pensadas para la posteridad. Uno de estos indígenas murió cuando el Beagle pasó por Montevideo, y después del viaje la historia continuó. A Jemmy Button le hicieron un juicio en las Malvinas, algo que cuenta Syilvia Iparaguirre en La tierra del fuego, una novela preciosa. En la novela Darwin le escribe una carta al capitán y le dice que todo el mundo cree que escribió El origen de las especies porque Alfred Wallace se le había adelantado, pero que en realidad lo había hecho porque en la misma asociación científica a la que pertenecía un integrante recubrió una petaca de whisky con la piel del último nativo de Nueva Zelanda.

    —¿Por qué una novela policial?

    —Primero, porque leo muchas novelas policiales. Siempre pensaba: “Qué lindo escribir una, pero qué difícil atar cabos y que no salga nada mal, que las pistas se cumplan”. Hay que mantener perfectamente tensado el misterio porque si se afloja, se cae la historia. La novela policial es como un elástico que se tensa y se suelta en el momento justo. Y fue difícil escribirla porque hay que ir dando pistas verdaderas de época. La palabra mágica de cualquier novela, especialmente la policial, es verosimilitud. Para que exista, no puede haber anacronismos, hay que meterse en la cabeza de los personajes. En este caso, en una cabeza victoriana, poderosa, machista, que veía el mundo con ese sesgo. En los libros y bitácoras aparecen tripulantes muertos por enfermedades o por accidentes. Por esa brecha fue que me metí para trabajar la novela policial, por las dudas que aparecen en algunos documentos, a veces relacionados con la niña. Ya se sabe que la literatura se mete por la brecha dudosa. No creo mucho en la bitácora de un capitán, de hecho, el capitán anterior se suicidó. En la bitácora no dice por qué, y lo hizo porque plagió todas las cartas de navegación del hombre que era su mano derecha, y que hacía todo el trabajo, y las firmó como propias. Cuando se muere alguien, se consigna de una forma fría, pero es difícil que se especifiquen las causas, por ejemplo, que diga que murió de sífilis.

    —¿Se puede saber en los registros qué pensaba Darwin sobre los indígenas que iban en el barco?

    —En sus diarios se pregunta cómo es posible que un mes después de haberlos dejado de nuevo en su tierra volvieran a moverse como monos. Que hayan olvidado el lenguaje y toda la educación europea. Se pregunta cómo es posible. Estos indígenas sufrieron lo indecible al ser educados en otra cultura y a Darwin lo hizo pensar mucho en la adaptación.

    —Hay mucho sobre el trabajo del relojero que adapta su conocimiento a la navegación…

    —Leí libros de época sobre la longitud. El descubrimiento de la longitud es lo que le permitió al imperio inglés saber dónde estaban sus barcos en todo momento y eso fue un invento totalmente tecnológico, de relojería, un proceso que llevó 100 años. Lo descubrió el relojero John Harrison y lo trataron muy mal porque había un premio enorme para quien pudiera medir el rumbo exacto de los barcos. Al final cobró el premio su hijo y por un monto mucho menor. No querían darle ese premio a un relojero y no a un científico.

    —Es curiosa la figura del dibujante que iba a bordo. En la novela es casi un fotógrafo forense…

    —Augustus Earle fue el dibujante más importante, después lo siguió Conrad Martens. Todas las descripciones de los paisajes están sacadas de sus dibujos. Darwin se da cuenta de que hay cosas a las que él no puede llegar, de que hay imágenes que le permiten ver otras cosas, por eso le pide a Augustus dibujar la herida del primer muerto, y ese dibujo le da ciertas pistas. Pero el dibujante para mí tiene otro valor. Quería que varios personajes, que son los que se hacen retratos, se enfrentaran como en una cámara al dibujante. Los retratados hablan como en un monólogo. Están solos con el dibujante, en una habitación, y en el encierro y con una charla distendida, casi psicoanalítica, sueltan la lengua. En un momento el dibujante le pasa un secreto al capitán y le dice que siempre achica las narices en los retratos. El capitán se horroriza de que en la posteridad la gente se diera cuenta de que ninguna nariz es verdadera. Entonces, otra vez, todo es relativo. ¿Los reyes y la nobleza que pintó Velázquez eran en realidad así o es la visión que le pidieron al pintor? Tampoco confío mucho en los retratos (se ríe).

    —A la novela le faltan mayúsculas, tampoco usás guiones en los diálogos o signos de pregunta. ¿Por qué elegiste ese estilo?

    —Fue un proceso de años. En mis otras novelas usé todos los guiones, los signos de pregunta, de admiración o los puntos suspensivos que acá aparecen una sola vez cuando pasa algo con la niña y el narrador dice que es momento de descansar un poco. Creo que mi interés es que la literatura se parezca a la realidad. Entonces, empezaron a molestarme los guiones. Incluso cuando leo a los escritores norteamericanos, que son magos en usarlos, me parece que abusan de los guiones. Si leés a Hemingway, terminás sacando mentalmente los guiones.

    —Supongo que te habrás peleado con los correctores…

    —Fue una pelea con el editor y con correctores porque tendían a poner puntos suspensivos cuando una frase quedaba cortada. Yo apuesto a los lectores, sé que puede ser raro al comienzo pero en el contrato de escritura está el dejarse llevar por la narración, que tiene que fluir. Una vez un periodista me pidió que definiera a Saramago en una sola palabra, y yo le dije “coma”, porque rompió una regla esencial: usaba la coma seguida por una mayúscula, algo que existe solo en alemán. Para Saramago significaba que alguien comenzaba a hablar en ese momento. Cuando ves eso en las primeras páginas te parece un error, después te das cuenta de que como lector estás como en un banquito giratorio viendo cómo hablan todos.

    —También creás situaciones simultáneas, como si fuera una película. ¿Cuánto te influye el cine al escribir?

    —Siempre cuento que crecí al lado del cine de Lezica, y la pared de mi casa era la del cine. Había unas rejillas que amplificaban el audio y una de esas rejillas, tal vez por error o por ventilación, daba para mi casa. Mi padre arreglaba los relojes del cine y teníamos siempre pases gratis, entonces con mi hermano veíamos todas las películas. De noche escuchábamos los diálogos por la rejilla y jugábamos a adivinar cuál era la película, incluso las que eran en inglés. No solo crecí con la imagen cinematográfica, sino que soy hermano gemelo de la televisión. Nuestros padres escuchaban el mundo a través de la radio, pero nosotros empezamos a verlo. Yo veía a mi papá haciendo magia en la tele. Con las imágenes simultáneas trato de acercarme a la realidad, donde no hay una sola mirada ni una sola voz, como no hay una bitácora que cuente.

    —En la novela el capitán se suicida por la culpa. ¿Te parece que haya sentido algún remordimiento?

    —Yo me metí por ese lado, lo que está muy consignado es que se suicida porque no soportó la aparición de El origen de las especies. Pasó como lo describo, tenía al lado el libro y se cortó la garganta. Pero, otra vez, me parece corto pensar que se suicida solo por la aparición de un libro y porque la ciencia le ganó la guerra a la religión. Tengo que pensar que algo tiene que haber jugado la culpa. Él comprende que los indígenas la pasaron mal y se arrepiente. Sabía que era un riesgo llevar a una niña abordo y la subió igual. Por supuesto que no lo hizo a propósito, pero sí la mantuvo todo el tiempo y la devolvió cuatro años después, educada y vestida como la reina Victoria, que tenía su misma edad. En este caso la gota que derramó el vaso fue el libro, pero lo que creo es que venía acumulando la culpa, tuve la necesidad de poner ese lado humano del capitán. La niña es lo único que le dice en inglés al final: “Todo fue por su culpa”, y eso lo persigue para siempre.

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