Nº 2206 - 29 de Diciembre de 2022 al 4 de Enero de 2023
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDurante las fiestas de fin de año, la comida se vuelve un tema central: qué cocinar, qué llevar, cómo no pasarse de la raya o cómo recuperarse de los excesos. En las últimas semanas de diciembre compramos productos mucho menos saludables que en el resto del año, para luego resetear en enero nuestras compras hacia alimentos más nutritivos. Empezamos el año con todo impulso y gradualmente, al avanzar las semanas, la calidad nutricional de nuestras adquisiciones se va deteriorando. Más allá de estas tendencias estacionales en nuestras compras de alimentos, me interesa analizar hoy tendencias de más largo plazo, que se asocian a una de las problemáticas de salud más importantes de la era actual: la epidemia de obesidad.
Uruguay es uno de los países de la región donde el exceso de peso ha crecido con mayor rapidez en los últimos años. Dos de cada tres personas adultas y casi 40% de los niños y adolescentes tienen sobrepeso u obesidad. Entre los niños menores de cinco años, Uruguay muestra las cifras más altas del continente, con una tasa de sobrepeso y obesidad que supera el 12%. Y más de la mitad de las mujeres embarazadas termina su embarazo con sobrepeso u obesidad. Una persona tiene sobrepeso cuando el cociente entre su peso en kilos y su altura (en centímetros) al cuadrado, lo que se conoce como el índice de masa corporal, sobrepasa el límite de 25. Y tiene obesidad cuando el mismo cociente supera el límite de 30.
El sobrepeso y la obesidad se asocian fuertemente a enfermedades como las cardiopatías, los accidentes cerebrovasculares, la diabetes, los trastornos del aparato locomotor y algunos cánceres. El riesgo de contraer estas enfermedades crece a medida que crece el índice de masa corporal. La obesidad durante el embarazo aumenta los riesgos de un nacimiento prematuro. Los niños con problemas de obesidad, por su parte, presentan mayor riesgo de enfermedades relacionadas con la salud cardiovascular, alteraciones endócrinas, afecciones respiratorias, alteraciones musculoesqueléticas, digestivas, y psicológicas, entre otras. En suma, la obesidad y el sobrepeso reducen la calidad y acortan la esperanza de vida, aumentan los costos del sistema de salud, disminuyen la productividad de los trabajadores y reducen el PIB de los países.
¿Por qué aumentaron tanto el sobrepeso y la obesidad en Uruguay? Hay varios motivos que vienen impulsando la tendencia al aumento de peso en el mundo entero y que no han sido ajenos a nuestro país. En primer lugar, los precios de los alimentos ultraprocesados y con azúcares añadidos han sufrido caídas significativas en relación con los precios de los alimentos más saludables, como las frutas o las verduras. En Uruguay, en los últimos 25 años, los precios de los refrescos con azúcar cayeron en términos reales alrededor del 15% y los precios de los helados, yogures, postres y otros alimentos ultraprocesados con azúcar se mantuvieron prácticamente constantes en términos reales. En cambio, los precios de las frutas y las verduras se encarecieron más de 55% en términos reales. En los precios relativos esto ha llevado a una recomposición del consumo de los hogares hacia productos más baratos, con más calorías, pero con menor valor nutricional.
El proceso se ha visto reforzado además por la suba en el costo de oportunidad de cocinar en casa, producto del aumento de la participación de la mujer en el mercado de trabajo. El costo de preparar una comida nutritiva no es solo el del dinero que se precisa para comprar ingredientes, sino también el del tiempo que lleva su preparación. A medida que la mujer trabaja más fuera del hogar, le resulta más costoso destinar tiempo a cocinar. En los últimos 25 años, el porcentaje de mujeres uruguayas en el mercado de trabajo pasó de 57% a 68%. Uruguay es hoy el país latinoamericano con mayor participación laboral femenina, con tasas que se ubican en los niveles de la Unión Europea, América del Norte o Israel. La menor disponibilidad de tiempo ha llevado a un aumento en el consumo de productos ultraprocesados que se presentan en formatos prontos o semiprontos para consumir, como las prepizzas, las hamburguesas, los nuggets o los snacks. A esto se suma una propensión creciente a consumir comidas rápidas fuera de casa o a pedir este tipo de comidas en formato delivery, con un impulso notorio durante la pandemia y luego de la aparición de las apps de delivery.
Para rematar, cuando fuerzas económicas tan fuertes cambian los patrones de consumo, lo que la sociedad considera bueno o malo (las normas sociales) también se modifica. Hay numerosos estudios que muestran que cuando un individuo está rodeado de gente que come mal termina empeorando el valor nutricional de sus comidas. También hay evidencia de que las personas tienden a cuidar más su peso o su estado físico cuando los que están a su alrededor también se cuidan. Por lo tanto, los cambios en las formas de alimentarnos que se derivan de las fuerzas económicas anteriores (precios relativos o costo de oportunidad del tiempo) se ven multiplicados por la influencia que los individuos ejercemos unos sobre otros.
Como consecuencia de estas tendencias, hoy los uruguayos consumimos de alimentos ultraprocesados casi tres veces lo que consumíamos hace 25 años: pasamos de unos 60 kilos per cápita por año a alrededor de 170 kilos. Según un estudio reciente de Koncke y coautores, más de la mitad de los niños uruguayos en edad escolar consumen calorías en exceso y un porcentaje significativo de estas calorías está conformado por productos ultraprocesados, con una densidad calórica excesiva, azúcares añadidos, grasas no saludables, sodio y con un bajo contenido en fibra alimentaria y potasio.
También hay que reconocer que todo aumento de peso se produce porque la ingesta de calorías excede las calorías quemadas en actividad. Esto significa que es tan importante considerar el aspecto de la alimentación como el de la actividad física. Si bien hay poca información sobre tendencias sedentarias y de actividad física en Uruguay, hay varios estudios para países desarrollados que muestran aumentos en el uso de computadoras y videojuegos durante el tiempo de ocio en personas de todas las edades y aumentos en el tiempo total que adolescentes y adultos permanecen sentados. En otras palabras, estos estudios sugieren que el uso creciente de pantallas se asocia a un mayor sedentarismo y por lo tanto a un menor gasto de calorías.
Para cerrar, es preciso destacar que el problema de la obesidad no radica solo en su tendencia promedio, sino también en sus implicancias en términos de equidad. Hay una correlación fuerte entre la pobreza y la obesidad. El consumo de comida rápida, alimentos ultraprocesados y con excesos de azúcar, el sedentarismo y sus consecuencias sobre el sobrepeso y la obesidad vienen creciendo más en hogares de bajos ingresos. Si hace unos años la pobreza venía asociada a desnutrición y bajo peso, hoy en día se asocia en mayor medida a exceso de peso y obesidad, generando inequidades en las trayectorias de salud similares a las que causaba antes la desnutrición.
Dada la magnitud y la irreversibilidad de las fuerzas económicas detrás de esta epidemia de obesidad, ¿tenemos como sociedad herramientas para frenarla? En una próxima columna intentaré justificar por qué tiene sentido que el gobierno intervenga para contrarrestar estas tendencias, cuáles son las herramientas de política que los gobiernos están usando en su combate y cómo se ubica Uruguay en este sentido.