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La obra de David Cronenberg es perturbadora. Concentra y fusiona, entre otros tópicos de difícil digestión, raros y enfermizos experimentos científicos, desastres médicos, mutilaciones y desmembramientos, evisceraciones y mutaciones, adicciones desesperantes e insólitas, videojuegos que se conectan al cuerpo por medio de consolas orgánicas, trasplantes y cirugías grotescas, extravagantes contagios virales e instrumentos quirúrgicos de aspecto alienígena diseñados para intervenir la anatomía de mujeres mutantes. Entonces, ¿por qué molestarse en ver sus películas?
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En la carne de sus historias, el uso extremo de la tecnología, el inesperado estallido de la violencia, la monstruosa exhibición de sangre y tripas, todo lo psicopático y lo siniestro que se agita allí, en ese catálogo de atrocidades que comenzó en el lodazal del cine clase B y que fue ganando sutileza, puliéndose y enriqueciéndose en forma y contenido, realmente expresa, significa algo. Y es algo que está más allá de las modas y las apetencias, más allá del gesto provocativo o el refrito disfrazado de parodia u homenaje.
“Todos somos científicos locos”, dijo una vez: “Y la vida es nuestro laboratorio”.
Hijo de un escritor y una pianista, Cronenberg nació en 1943 en Toronto. Su padre además tenía una librería, lo que le permitió sumergirse en textos de difícil acceso para un niño. Pensaba convertirse en escritor científico, en un entomólogo. Se veía como una suerte de versión junior de Isaac Asimov o de Vladímir Nabokov, uno de sus ídolos, junto con William S. Burroughs, a quien posteriormente conoció y de quien llevó a la pantalla El almuerzo desnudo, después de que su vida universitaria, repartida entre Ciencias y Lengua y Literatura Inglesa, dio un giro. Fue cuando vio Winter Kept Us Warm, debut de uno de los estudiantes de cine de la Universidad de Toronto, David Secter, de 22 años. La película, de bajísimo presupuesto, un drama romántico en blanco y negro con un sutil subtexto gay, le voló la cabeza. Fue, para Cronenberg, una revelación. Era eso lo que quería hacer. Era eso lo que iba hacer. A su modo. Había encontrado la herramienta adecuada de expresión: una forma de exploración científica y filosófica que fusionaba hombre, mente y tecnología.
De cortometrajes de terror y visos de humor surrealista hechos con muy poco dinero (Transfer, From the drain) a mediometrajes como Stereo, que, paradójicamente, tuvo serios problemas con la grabación del sonido. De largos, experimentales, pretenciosos, en los que se encargó de casi todo y no todo le salió bien, a momentos en los que empezó a delegar funciones y dar pasos más firmes, concentrándose en el libreto y en la dirección. De este modo fue construyendo su cambiante filmografía. Crimes of the Future y Shivers pusieron su nombre como clave secreta entre el público consumidor de gore y body horror. Era solo el principio.
De los poderes ocultos y la autodestrucción a la telekinesis más explosiva y sangrienta que se haya visto en el cine B (Scanners, los amos de la muerte) a una película conspiranoica y philipdickiana, posiblemente el gran quiebre: Cuerpos invadidos (Videodrome), donde la televisión ocupa un sitial entre sagrado y científico, necesario para conectarse con la realidad, una película que se retuerce sobre sí y a la que Cronenberg le agregó una sádica cobertura de erotismo, un ritmo despiadadamente más lánguido. En Videodrome, un productor de televisión (Woods) dedicado a pasar contenido aberrante y chocante en su canal, encuentra material pirata, snuff fresco, que seguro, supone él, va a enganchar al insaciable público. Lo que no imagina es que él va quedar enganchado de una forma desesperante. Y aquí se perciben señas que hacen que un filme de Cronenberg sea un filme de Cronenberg. Dicho de otro modo: que sea imposible no reconocerlo cuando se lo ve.
El miedo y el deseo son las emociones básicas que gobiernan a los personajes de sus películas (incluso las menos apreciadas: M. Butterfly, Un método peligroso). Más que gobernarlos, a veces lo que hacen es poseerlos, invadirlos, como lo haría una energía sobrenatural, extraterrestre o un virus. El miedo (a la muerte, a la desintegración, a perder la razón, a perder el honor, el control, la reputación) y el deseo (de amor, de fama, de poder, de transcendencia, de control del cuerpo, de la mente, de la propia vida y de la vida de otros) son los motores de los personajes y de sus filmes. Y la transformación como constante en el ciclo de la existencia, y la tecnología como una actividad humana en permanente transformación están en el corazón de las historias. Historias que siempre están condicionadas y alteradas por la mente de los personajes. Y la mente, la verdad, no siempre es del todo confiable.
Véanse los casos de Spider y Una historia violenta, con actuaciones extraordinarias de Ralph Fiennes en la primera y Viggo Mortensen, Maria Bello y Ed Harris en la segunda (y con esa limusina negra llegando desde la profundidad del inconsciente). Como le sucede a la gran mayoría de la gente, la experiencia Max Renn (Woods) en el mundo está mediatizada por la televisión. A partir de su cuelgue con los videos snuff comienza a tener dificultades para distinguir qué es real y qué no. Algo similar ocurre con el veinteañero multimillonario Eric Packer (Robert Pattinson), que se mueve por la ciudad, el mundo, dentro del confort uterino de su supermegaultra tecnológica limusina, que también tiene el aislamiento absoluto de un ataúd, en Cosmópolis. La confusión entre lo real y lo virtual es el combustible de eXistenZ, otra de sus grandes obras, que ni siquiera se llegó a estrenar en cine.
No es que la tecnología sea diabólica ni inhumana. Simplemente hay que estar atentos. En Rabid, su cuarta película, cuando todavía se encontraba en su etapa de bajo presupuesto, la ex estrella porno Marilyn Chambers tiene un accidente, pasa un tiempo en coma y es sometida a experimentos médicos que la convierten en una perversa versión de una mujer mosquito. En Scanners, los amos de la muerte, ciertos intereses provocan una guerra entre telekinésicos con poder para hacer explotar cabezas. En La Mosca, una de sus obras maestras, un científico lleno de sí mismo se convierte en un monstruoso bicho (“Soy un insecto que soñó que era humano y lo disfrutó, pero el sueño se terminó y el insecto está despierto”, dice lo que queda de Jeff Goldblum). En Pacto de amor (Dead Ringers), otra obra maestra, dos gemelos (Jeremy Irons, que más que dos papeles, dada la complejidad de esos personajes, en realidad interpreta cuatro o seis), ginecólogos y cirujanos de éxito, viven una relación simbiótica que sufre una poderosa transformación cuando uno de ellos se enamora de una de sus pacientes. En la insólita y lisérgica El almuerzo desnudo (que parte del libro de Burroughs junto a otros textos) filmó lo infilmable y además le puso música a esa película perversamente hermosa y paranoica habitada por drogadictos extravagantes, encuentros monstruosos en bares, máquinas de escribir parlantes e insectoides, agujas y persecuciones de cine negro. Crash, con un refinamiento exquisito, adapta el libro homónimo de J.G. Ballard sobre unos personajes perturbados que tras sufrir siniestros de tránsito descubren, cada uno a su modo, que además de dolor, experimentan gran placer sexual. Y que existe todo un mundo dedicado a ese goce. Siempre existe otro mundo que corre en paralelo. Palabras clave: transformación, cambio, incertidumbre, lucha interna.
“Cuando nos observamos a nosotros mismos, de uno u otro modo somos un cúmulo de células. En el cuerpo ocurre como en la sociedad: hay un intento de organizarse, porque solo a través de la organización puede darse esa complejidad y esa fuerza, pero también hay una lucha por el dominio incluso en el interior de un solo órgano de nuestro cuerpo. En la gestación, cuando se produce el embarazo también se produce una lucha entre el cuerpo de la madre y el del bebé: es algo así como una lucha, porque la placenta se hace un lugar en el interior de la madre, no es algo amable sino duro y difícil. Pero aquí estamos: hay muchas células en mi cuerpo, realmente no sé quién lo dirige. No hay un momento particular en el que pueda decir que ‘esto es la realidad, aquí es donde reside el control y permanece para siempre o durante años’. Es un flujo constante. Cuando estás durmiendo, ¿quién lleva el control? Bueno, es la respiración automática, etc., mientras el cerebro está de vacaciones. Y se despierta cuando te despertás. Creo que es lo mismo con la sociedad y quizá también lo sea en el universo. Un flujo constante, y hay un continuo cambio de las cosas. No existe un instante en el que puedas decir ‘Eureka’, y tenerlo todo ahí”, decía. “Al segundo de haber dicho eso ya todo ha cambiado”. Su filmografía lo demuestra.
De nuevo: ¿por qué molestarse en ver esta clase de cine? Respuesta posible: porque puede que David Cronenberg esté hablando de sí mismo, de los asuntos que le interesan a él, que simplemente, con cada película esté trazando líneas con las que dibuja su propio rostro, pero ese rostro, como el de todos, se encuentra en permanente cambio.