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    La polarización y sus razones

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2200 - 17 al 23 de Noviembre de 2022

    “En cuanto a nosotros, los uruguayos hemos estado jugando con el fuego a lo largo de las últimas décadas. Por pereza o por exceso de confianza hemos ido erosionando nuestras mejores tradiciones pluralistas, apelando sistemáticamente a confrontaciones y a los agravios recíprocos, sin tener en cuenta que estamos avanzando en un camino que a la larga puede desembocar en alguna versión moderada, o bien del pantano argentino o bien de la cacería de brujas estadounidense”. Con este párrafo formidable se cierra el capítulo V de Jugando con fuego. Las apuestas a la polarización del sistema político uruguayo de Carlos Pareja, docente y filósofo.

    Fiel al estilo que lo convirtió en uno de mis profesores favoritos, Pareja ofrece una crítica demoledora de nuestras prácticas políticas. Su argumento principal, sintetizado y traducido al criollo, es que padecemos una tendencia creciente y peligrosa a la polarización porque las instituciones políticas, tal como quedaron conformadas a partir de la reforma de 1996, estimulan la conformación de dos bloques políticos destinados a chocar entre sí. Comparto absolutamente la preocupación por la polarización. No estoy tan de acuerdo con la explicación. Pero esto es lo de menos. Lo que precisamos es mejorar la calidad de nuestra discusión sobre este problema. En ese sentido, la publicación de este texto representa una contribución extraordinaria.

    El problema existe. Lo peor que podemos hacer es negarlo. No tenemos polarización en el sentido clásico de los viejos textos de Giovanni Sartori: no hay una gran distancia ideológica entre el partido más de izquierda y el más de derecha. No tenemos, al menos por ahora, una competencia centrífuga. Dicho al revés: los dos bloques (los “polos” en los términos de Pareja) siguen buscando los votos decisivos en el centro del eje izquierda-derecha. Pero tenemos polarización en otro sentido, tan o más peligroso que el anterior. La distancia emocional entre los dos bloques es demasiado grande. Exagerando un poco, y parafraseando a Julio Martínez Lamas, hemos vuelto a tener dos “patrias subjetivas” dentro de las fronteras nacionales. Uruguayos todos, pero extranjeros los unos respecto a los otros. Los que “gobiernan para los ricos”, de un lado. Los “zurdos que no entienden todavía el valor de la libertad”, del otro.

    Aunque para Pareja, en última instancia, el problema de la polarización deriva de la opción inicial por el presidencialismo (diseño que tiene, según el autor, “deficiencias incurables”), “la escalada de rencores y agravios recíprocos” (muy bien dicho) que sufrimos cada día deriva de la reforma de 1996. En esa encrucijada, la mayoría de los partidos optaron por la interpretación “recortada” y “domesticada” del pluralismo, que privilegia la estabilidad de los gobiernos y la fortaleza de los partidos. Esta visión, que Pareja asocia al Partido Colorado, logró imponerse por el “abandono vergonzante de su oponente”, es decir, del Partido Nacional, que se alejó de su mejor tradición, la defensa de un “pluralismo sin restricciones”. La reforma del 96 “recortó y domesticó” el pluralismo por dos vías principales: por un lado, porque buscó disminuir la diversidad interna (favoreciendo la cristalización de oligarquías partidarias); por el otro, porque consolidó la dinámica binaria de dos grandes bloques enfrentados en una lógica plebiscitaria (penalizando la construcción de acuerdos entre bloques).

    Según Pareja, la dinámica binaria puede tener otra deriva tan inconveniente para la democracia como la polarización excesiva: el “desdibujamiento” de las diferencias entre los dos bloques, como consecuencia de la búsqueda de los electores de centro. La superposición de la oferta programática de los dos bloques es el caldo de cultivo para los outsiders. Siempre según Pareja, la ciencia política ha ayudado poco y nada a señalar estos peligros. Las “primeras incursiones politológicas” estadounidenses padecieron de “miopía” y “provincianismo”. La naciente ciencia política uruguaya (la de los noventa) habría contribuido a inclinar la balanza (en 1996) hacia el lado equivocado en la medida en que se dejó arrastrar por “la mala influencia de la politología estadounidense”. En todo caso, según Pareja, la evidencia es clara: “el experimento reformista fue un fracaso”.

    ¿Lo fue? Creo que no. Pero supongamos que Pareja tiene razón y que la reforma tuvo consecuencias inconvenientes. Esto no implica necesariamente que no hayan existido, en su momento, excelentes razones para hacerla. Empecemos por la eliminación del Doble Voto Simultáneo. Con esta medida, entre otras, la reforma se propuso simplificar la interna de los partidos. Es cierto que, de este modo, se “domesticó” el pluralismo. Pero ¿no era necesario hacerlo? ¿No había demasiadas diferencias ideológicas dentro de cada partido? ¿No surge de la evidencia histórica, y muy especialmente de la década previa a la dictadura, que esas diferencias complicaban excesivamente la gobernabilidad? Sigamos con la incorporación del balotaje. Es cierto que este instrumento reforzó la lógica binaria de dos polos con identidades claramente enfrentadas. Pero ¿acaso no favoreció la moderación programática de unos y otros? En el caso del Frente Amplio, esto fue muy evidente.

    Para ser muy honesto, donde Carlos advierte un retroceso lamentable yo leo un aprendizaje genuino. La reforma del 96 forma parte, para mi gusto, de lo que Emanuel Adler llamaría un proceso de evolución cognitiva. De todos modos, una innovación realizada a partir de buenas razones puede tener consecuencias negativas. Es posible que Pareja tenga razón y que, al reforzar la lógica binaria, haya estimulado (excesivamente) la confrontación entre dos polos con identidades (demasiado) fuertes. En todo caso, ha llegado la hora de hacer un balance a fondo de la reforma de 1996 y de discutir, otra vez, cómo mejorar nuestras instituciones políticas. También es tiempo de analizar a fondo las causas de la versión uruguaya de la “grieta”. ¿La polarización deriva del diseño institucional? ¿No es posible desarrollar otras prácticas, más saludables, con el mismo set institucional? A la hora de responder estas preguntas deberán participar los principales protagonistas de la comunidad de práctica democrática uruguaya (políticos, analistas, periodistas especializados, entre otros). En una discusión de este tipo, las personas de la talla intelectual y del compromiso cívico de Carlos Pareja, y los libros como Jugando con fuego, son fundamentales.

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