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    La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?

    “Diana”, de Oliver Hirschbiegel

    Diana Spencer, Lady Di, la princesa de Gales, todos esos nombres eran manejados por los británicos para referirse a una de las mujeres más amadas del siglo XX. Diana era bella, era elegante, se vestía como para dictar la moda, todas las mujeres —inglesas o no— se miraban en ella. Además se preocupaba por la pobreza del mundo, por las minas enterradas que pisaban los niños, por la gente enferma que necesitaba urgente atención médica. Siempre estaba en alguna misión benéfica y se le tomaban muchas, muchas fotos. Ah, sí. Los fotógrafos vivían pendientes de ella. Los fotógrafos en serio, no los paparazzi en busca de sensacionalismo.

    Pero Diana no era feliz. El cuento de hadas terminó mal. Se separó del príncipe y tuvo el atrevimiento de decir públicamente que su matrimonio estaba integrado por tres personas. Todos sabían quién era la tercera en discordia, pero de eso no se hablaba. Luego de la separación oficial no se le permitió vivir con sus hijos. Tenía un castillo para ella sola, pero el precio era precisamente eso: estar sola. La gente la quería igual. A todos lados adonde iba era noticia. Los fotógrafos ya no eran tan serios: se estaban convirtiendo en odiosos paparazzi que buscaban pescarla en alguna indiscreción. A los 36 años, la princesa amada por todos menos por su ex marido, era una mujer triste. Tenía que vivir para su imagen, porque eso era lo que se esperaba de ella. Bella, triste y solitaria, encerrada en una jaula de oro. Qué lugar común pero qué real, por realeza y por verdad.

    Ahora está de moda hacer películas sobre la familia real británica. Colin Firth hizo de Jorge VI y ganó un Oscar. Helen Mirren interpretó a su hija Isabel II y ganó otro. ¡Es un buen negocio! Hacer películas sobre la reina Victoria o sobre el romance entre Eduardo VIII y Wallis Simpson no implica problemas: ya están muertos. Lo mismo Jorge VI. Pero Isabel II sigue en el trono desde hace 60 años y no pudo impedir que baratos telefilmes se refirieran a ella y a toda su familia, con la culminación de ese episodio reflejado en “La reina” (2006), donde casi todo el metraje se ocupaba de su reacción ante la muerte de Diana Spencer, hurgando en su intimidad de manera bastante atrevida. Faltaba entonces una mirada desde el otro lado. Cómo fue que Diana llegó al accidente que puso fin a sus días.

    Inteligentemente, las primeras escenas no muestran su rostro. Es la noche del 31 de agosto de 1997 y ella se encamina hacia el momento fatal. Se la ve nerviosa, como esperando una llamada teléfonica que nunca llega. Luego la acción retrocede dos años atrás y ahora sí se ve a Naomi Watts (muy parecida a Lady Di) sobrellevando su vida solitaria en Kensington sin ningún entusiasmo. Entonces conoce al cirujano paquistaní Hasnat Kahn (Naveen Andrews) y comienza una historia de amor llena de contratiempos y ocultamientos, porque ella era “la mujer más famosa del mundo” (Kahn dixit) y él un hombre dedicado a su profesión médica con alma y vida. La bella princesa se encontró con alguien que no se deslumbraba ante su aura divina y, peor aún, no estaba interesado en la fama ni la popularidad que esa mujer arrastraba consigo.

    Entonces es ella la que toma siempre la iniciativa, la que se entusiasma, la que cree que, por fin, podrá ser libre. Y contra lo que muchos creen, no era el millonario Dodi Al-Fayed el motivo de su afán sino este médico de religión musulmana, familia numerosa y costumbres muy conservadoras. Ella era la famosa Lady Di, pero era también una mujer divorciada. No había futuro en esa relación, y lo que la película quiere mostrar es la frustración amorosa de una mujer prisionera de su pasado y víctima de su presente. Si lo que se cuenta acá es cierto o no, si se ajusta a los hechos o es en parte ficción, si es un novelón romántico o reflejo de una pasión verdadera, nadie lo sabe. Esos últimos dos años en la vida de Diana aparecen aquí dedicados a Hasnat Kahn y a nadie más.

    La reputación de la princesa queda entonces a salvo. No era una mujer promiscua ni tampoco una desequilibrada proclive al suicidio. Era una mujer enamorada que cumplía sus misiones oficiales pero volvía siempre a los brazos de su doctor. Nunca se ve a nadie de la familia real. Solo se muestra parte del famoso reportaje para TV que causó un escándalo. Y Dodi Al-Fayed sería solo un señuelo, un anzuelo para atraer los focos de la prensa y desviarla del verdadero objeto de su atención. La historia terminó abruptamente y la gente perdonó a su princesa y la colocó en el pedestal reservado únicamente a quienes la tragedia sublima. Lástima que el director alemán Oliver Hirschbiegel (“La caída”) no haya puesto alma ni emoción en lo que cuenta. Tiene a Naomi Watts que está muy bien, pero el libreto carece de fuerza y no sobrepasa los modestos límites de un telefilme. Y acá había materia prima, aunque nadie se animó a moldearla con sutileza ni osadía. Procede por acumulación, pero no penetra más allá de una anodina superficie.

    “Diana”. Gran Bretaña-Francia-Suecia-Bélgica, 2013. Dirigida por Oliver Hirschbiegel. Escrita por Stephen Jeffreys sobre libro de Kate Snell. Duración: 113 minutos.