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    La realidad y sus cuerpos desfigurados

    Artistas figurativos en el MAC

    “Al fin una pintura que se entiende”. La frase es dicha con entusiasmo por la señora elegante que se cruza con el periodista en el ascensor. Es un viejo aparato de puertas de reja, un poco lento pero cuidado. Un cartelito advierte sobre el riesgo de golpear las puertas. Es ruidoso pero no tanto como para volver desagradable el silencio y la quietud que se impone en el antiguo edificio de la calle 18 de Julio. Todo en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) es curioso: la entrada casi imperceptible, el pasillo inhóspito y su ubicación en un segundo piso, uno más debajo de la Federación Rural. El solitario portero ayuda con algún dato sobre el horario y confirma la presencia de la muestra 5 Figurativos, que incluye obras de los artistas uruguayos Martha Escondeur (1957), Rogelio Osorio (1962), Virginia Patrone (1950), Vera Sienra (1947) y Esteban Smerdiner (1972).

    El movimiento es escaso entre semana. La tarde está lluviosa, ideal para una recorrida entre obras que “se entienden”, como dice la señora, ante la posibilidad de enfrentar algo que puede describir y que se parece a una idea o ilusión de realidad. Es probable que ante la diversidad y extraña construcción de algunas de las obras, la idea de “figuración” como “comprensión” del arte se disuelva rápidamente y quede apenas una sugerencia, una amable sensación de realidad. Es cierto que lo “incomprensible” suele ir de la mano de propuestas menos evidentes o de expresiones que exploran otros límites o territorios menos conocidos.

    Cuando un artista pinta o dibuja y elige explorar otros territorios menos reconocibles que evaden el sistema de imágenes con las que convivimos a diario, el arte empuja hacia otro tipo de vínculo entre obra y espectador. Más irracional, sensible, emotivo, tal vez más profundo e indescriptible. Es una relación que muchas veces molesta, incomoda, malhumora. Cuesta dejarse llevar apenas por figuras irreconocibles o materia pura o colores y armonía y equilibrio irracional de formas o trazos que aparentemente se desligaron de lo cotidiano, algo que ya de por sí es muy discutible.

    A primera vista, la recorrida por estos “figurativos” del MAC parece transitar el camino de cierta racionalidad, de códigos rápidamente descifrables, aunque el arte nunca pueda definirse por categorías supuestamente objetivas, explicativas, fácilmente traducibles. Ni siquiera las figuras casi fotográficas de Martha Escondeur que avanzan apenas uno entra en la sala con ventanales a 18 de Julio. Aparece Yolanda (2011) en una pintura inundada de rojos y una mujer de mediana edad sentada en un enorme sillón, piernas cruzadas, medias a rayas, zapatos de suela alta, postura incómoda, en pose de mujer fuerte, decidida. La imagen es inquietante, molesta. Parece una mujer sentada en un sillón, pero los rojos no permiten que esa imagen se instale del todo en la comprensión inicial del espectador. Es una imagen perturbadora que se vuelve incomprensible en la medida en que uno percibe el exceso de los detalles, la compleja sintaxis elaborada por su autora. El límite entre la figuración extrema, el hiperrealismo y la desfiguración, por llamarlo de alguna manera, es casi imperceptible. Pero existe; la realidad se deshace en esa ilusión y engaña, pretexta una imagen que no es posible captar plenamente en ese anhelo permanente de “comprensión”.

    Pero se complica más en los cuerpos chorreantes, enigmáticos, sin cabeza, de Rogelio Osorio. Un cuerpo de mujer que cuesta percibirlo como tal, que apenas se evidencia en su desnudez como una figura borroneada, en tonos amarronados y suaves, en contornos diluidos, temblorosos. El movimiento es más que la figura, la sensación de cuerpo es más que el cuerpo, por lo tanto, menos definible. Son cuadros claros, de expresión sutil y delicada, pero nada estridentes, como si las mujeres de Escondeur aquí se desnudaran en otro cuarto, se apagaran, se desarmaran, desfiguraran su imagen, la guardaran en otro lado.

    Pero hay más. Están las mujeres de Virginia Patrone, los colores y figuras deformadas en planos sinuosos, superpuestos, descompuestos. Patrone ofrece con sus toques expresionistas la construcción de un mundo pictórico en un escalón más de la desfiguración. Es posible que la señora del ascensor ya tuviera algún que otro problema de comprensión con estas imágenes por más ilusoriamente “figurativas” que sean. Plenas de colores fuertes, rostros maquillados, pálidos, cuerpos que invaden las telas con sus redondeces y extrañas posturas, cuerpos pintados sobre el cuerpo como cuadros, casi siempre de cara al espectador pero en actitud desconcertante, con fondos de tonos y colores invasivos. Ya no importa si son figuras reconocibles o racionalmente interpretables, son representaciones de una realidad incierta, entre la fantasía y el sueño, cuerpos librados a la emoción y el desajuste de la vida posible, personajes de ficción, más allá de toda realidad inteligible.

    El díptico La niña del crepúsculo (2013) es un momento especial en este tránsito por la emoción de la imagen, figuración impregnada de irrealidad, apenas conectada por una fantasía desbordante de emoción en la sutileza de las miradas. La muestra incluye también obras de Vera Sienra, cuadros más chicos, poblados de personajes irreconocibles, ya en un límite mucho más complejo de este reconocimiento conflictivo con la apariencia de lo real. Son pequeñas y delgadas figuras que semejan caballos o seres humanos o algo parecido a la vida. En paisajes desiertos pero no áridos, en tonos más aplacados pero vivos, con una pintura diluida que permite un juego fascinante en el que se desliza esa irrealidad posible, esas figuras fantasmales, diabólicas.

    Finalmente, la obra de Esteban Smerdiner, lejos de figuras humanas, aparentemente desprovista de vida, con rastros de objetos inmóviles en lugares insospechados o la mirada puesta en rincones ocres, donde la luz y las sombras desnudan esa sensación de quietud metafísica que aparece siempre que hay objetos vacíos o abandonados. Otra vez la figura exacta en ventanas abiertas a la irrealidad posible, inquietante, desajustada. Algo pasa allí, lo dan esas pinceladas blandas, en superficie cambiante, patinada. Desde la Yolanda poderosa a esta ausencia de figura humana, todo parece estar suspendido en un proceso de complejidad de lo establecido, de la figura a “primera vista”. Eso es lo interesante de un término que ya no expresa lo que en algún momento sirvió para aferrar el arte a la realidad. A la supuesta realidad cotidiana, comprensible, entendible, como diría la señora del ascensor. Disfrutable, seguro.

    5 Figurativos. En el Museo de Arte Contemporáneo de El País. Avda. 18 de Julio 965, piso 2. Lunes de 14 a 18 h y de martes a sábados de 14 a 20 h. Hasta fines de diciembre.

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