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    La región conservadora: ¿restauración o retroceso?

    N° 2069 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2020

    Desde la caída de Fernando Lugo el 22 de junio de 2012, conservadores y derechistas comenzaron un constante avance para la recuperación del poder en la región. En los últimos ocho años una derecha diversa operó con suerte, regresando de diferentes formas y expresando políticas que reflejaron cuánto habían cambiado sus propuestas y sus estrategias de acuerdo con el país. Algunas, en cierta forma, rompieron con sus pasados, otras fueron continuación en estilos y discursos, pero chocaron contra realidades históricas que las hacían tan anacrónicas como inviables. Unas quisieron restaurar viejos poderes, pero con maneras renovadas, otras apostaron al retroceso, al regreso a una Icaria de orden y la jerarquía y por eso imposible.

    La derecha de gestión

    Luego de la dictadura la derecha argentina tuvo que eliminar de su menú las opciones corporativas y de militancia tradicional. Refugiados durante los 90 en el menemismo, el giro neoliberal de ese peronismo creó un bloque social inédito en la historia argentina, que sumaba desde las clases altas a los sectores populares que disfrutaron de la pizza con champagne hasta que la crisis arrasó con todo. El kirchnerismo, hijo de esa crisis, no tuvo una oposición conservadora estructurada; nadie quería retroceder a los tiempos de Menem, pero tampoco echaron mano a la tradición nacionalista, ya fuera católica o integrista, de tan triste memoria. El conservadorismo argentino debía modernizarse para ser creíble, y Mauricio Macri emprendió la tarea. Sin ideólogos oficiales, sin doctrinas preestablecidas, fue desde la fundación Creer y Crecer, donde Macri y De Narváez fabricaron una propuesta conservadora de nuevo tipo. Luego Rodríguez Larreta incluyó su fundación, Grupo Sophía, que convocaba técnicos jóvenes para diseñar políticas y programas que se integraban a las estructuras del Estado nacional o porteño. Así nació Propuesta Republicana (PRO), un partido de diseño, creado a la medida de sus integrantes, que logró ensamblar peronistas, radicales, derechistas de la UCD, técnicos de las fundaciones y empresarios exitosos. Una suerte de partido de la “no política”. Pero un gabinete compuesto íntegramente por CEO de empresas importantes no necesariamente será eficaz. Sus políticas fueron definidas por su perfil: Propuesta Republicana era “el primer partido proempresario de la historia argentina”, sostuvo Mauricio en uno de sus discursos más sonados. Desde la empresa y el mercado suponía que gobernar iba a ser fácil, tan sencillo como eliminar la inflación… La idea fuerza fue gestionar lo público privilegiando el usufructo de lo privado. Es la afirmación del management como valor político, lo que hemos denominado “derecha de gestión”. El fracaso es conocido. La disparada del dólar, el endeudamiento, los déficits y el incremento de la pobreza y la marginalidad fueron las causas de la derrota de un proyecto conservador que se agotó sin poder realizar ninguna de sus propuestas. La presentación amable y décontracté de la política no funcionó en un país marcado por el conflicto social.

    Así como en Argentina la derecha de gestión llega al gobierno por una victoria electoral donde sumó una coalición antiperonista, en Uruguay un ensamble multicolor de cinco partidos logró desplazar a la izquierda por un punto en la segunda vuelta. Sin embargo, la amabilidad “por la positiva” de Luis Lacalle Pou no pudo ser tan décontracté. El conglomerado que llevó a la victoria de la derecha uruguaya es el único en toda la región que cuenta con un partido militar, mientras que sumó a la grilla al viejo y gastado Partido Colorado, junto con el minúsculo Partido Independiente, una organización en crisis y en derrota. Nadie habla de doctrina o ideología. El viejo herrerismo, aquella usina del pensamiento conservador, derivó hoy en una serie de artículos de prensa, algunos de ellos talentosos, más preocupados por desactivar el discurso de la izquierda que por proponer una alternativa doctrinaria. La investigación publicada por el Partido Nacional reedita viejas obras o busca en el análisis del pasado la razón de su existencia. Cabildo Abierto, por el contrario, está inmerso en una búsqueda ideológica que lo lleva al pasado, reivindicando el riverismo del abuelo de su líder, y justificando el golpismo de Gabriel Terra, además de la defensa de los militares presos por violaciones a los derechos humanos. Su candidato a la vicepresidencia apoya la reforma agraria y la nacionalización de la banca… Todas estas pesquisas doctrinarias deben resultar para sus aliados tan incómodas como anacrónicas, pero son las únicas claras y evidentes hasta ahora.

    Asimismo, el hecho de que en primera vuelta el Partido Nacional de Luis Alberto Lacalle Pou obtuviera apenas 29% —una de sus peores votaciones— instaló un presidente débil. Atada por sus pactos, y limitada por el Covid-19, esta derecha uruguaya poco ha mostrado y mucho ha protestado. El acontecimiento político más destacado fue el envío de una ley de urgente consideración que empaqueta 11 secciones y 501 artículos que suenan más a revancha que a propuesta, considerando que la coyuntura la dejó bastante anacrónica. El apuro por su aprobación delata la poca fe del presidente en la permanencia de una alianza que está prendida con escasos alfileres.

    Mientras estos ascensos conservadores son el producto de un asedio de largo plazo y de una victoria electoral, los vecinos de Paraguay y Brasil apelaron a la fuerza y el golpe. Y, obviamente, las propuestas nacidas de esos acontecimientos son diferentes a las democráticamente elegidas.

    Las restauraciones forzadas

    Paraguay tiene una larga tradición conservadora, fue su única opción desde el ascenso de Stroessner en 1954. Una férrea dictadura de derecha marcó a fuego al Partido Colorado que existe desde y para el poder. No hay una ideología elaborada, más allá de un discurso anticomunista, hoy antichavista, sin mucha retórica. Jerarquía y poder son los perfiles que esta derecha transmite a la sociedad, además de la prioridad de los negocios, sean legales o no. Tras la caída de Lugo, Horacio Cartes “alquiló” al Partido Colorado. Hombre casi desconocido, nunca había votado ni actuado en política, decidió que su billetera era el mejor argumento para ganar, y se hizo con la estructura a fuerza de poder y chequera. En cuatro años la fractura del oficialismo fue evidente, y la élite más clásica retornó con Mario Abdo Benítez, con un origen familiar tradicional vinculado a Stroessner. El novel gobernante sintonizó su discurso con la vulgata actual, contrario a la diversidad sexual, al feminismo y a la integración regional, pero sin una elaboración teórica o doctrinaria.

    Muy diferente es lo que sucede en Brasil. Si bien Jair Bolsonaro es producto de la casualidad y su discurso no va más allá de una versión simplista de un esquema común, no deja de ser un heredero de la derecha histórica brasileña, con una tradición integrista que, tal vez, permeó en los decires de la derecha contemporánea. Creado y pensado por Plinio Salgado, el integrismo brasileño fue un movimiento espejo del fascismo italiano, nacionalista, corporativista y amante de la violencia. Sus “camisas verdes” intentaron tirar gobiernos, basados en su visión conspirativa y católica. Treinta años después Plinio Corrêa de Oliveira fundó Tradición, Familia y Propiedad, dando un nuevo giro al anticomunismo, pero desde una óptica católica ultramontana. Y estas raíces dieron pie, en cierta forma, a las concepciones de Olavo de Carvalho, autor de cabecera de Bolsonaro. Quizá refleje un último eco decadentista con su llamado a “salvar a occidente” de las amenazas del marxismo cultural y de la globalización. Brasil debe rescatar su raíz católica y conservadora, y Bolsonaro al hacerlo se transforma en el primer presidente democrático del país, lo anterior era una farsa. El liberalismo económico de Olavo de Carvalho rompe con las opciones corporativas del viejo integrismo, pero plantea una lucha contrahegemónica en sintonía con la Nueva Derecha Radical Europea del Grupo GRECE y de su principal ideólogo, Alain de Benoist. Así, acepta las visiones de los gramscianos de derecha para postular la derrota de las nuevas identidades sociales —gay, feministas, etc.— reemplazando la “atmósfera mental” creada por la cultura marxista, para así rescatar a la familia tradicional. Su prédica se tradujo en resultados políticos; fueron propuestos por Olavo de Carvalho los ministros de Educación, Ricardo Vélez, y de Relaciones Exteriores, Ernesto Araujo. El primero para “sacar la basura marxista” de las escuelas y el segundo para luchar contra la globalización y crear una alianza cristiana contra la conspiración marxista que abarca a China, la Unión Europea y la ONU. Por supuesto que la aceptación de la violencia como método político es una parte central para este gran coleccionista de armas. Bolsonaro y sus apoyos militares —hoy bastante deteriorados— abrevan de esas visiones. Si bien el presidente no tiene vuelo intelectual, tiene detrás a un ideólogo que fija los rumbos de una nueva derecha que aspira a una lucha por la hegemonía de las mentes y de las almas.

    Rumbos distintos, viejas opciones

    Brasil y Paraguay apelaron a los golpes destituyentes para derrotar a las izquierdas. Mientras que los segundos no se plantean más que una marcha atrás simple, que restablezca el dominio colorado, la derecha brasileña aspira a un cambio más profundo. Su iniciativa, bastardeada por un presidente sin vuelo, aspira a un conservadorismo que instale una cultura que liquide a la izquierda y sus posturas de apertura e integración. En la nueva derecha de Olavo de Carvalho no hay lugar para lo diverso, y, finalmente, aspira a una política intolerante, pero con consenso social.

    Uruguay y Argentina recorrieron caminos distintos. Macri ganó y su “derecha de gestión” tuvo poca vida para morir en el fracaso. Su empresarismo aséptico y casi apolítico no creó sentido en la sociedad porque se olvidó de las contradicciones sociales, parte esencial de los procesos. Olavo de Carvalho tiene muy presente las crisis y las clases sociales cuando piensa y propone. Mientras tanto, Luis Lacalle Pou creó una propuesta basada en un abanico demasiado amplio, unido por el rechazo a la izquierda más que por una propuesta común. Sus contradicciones de todo tipo auguran corta vida a una unión de nacionalistas de viejo cuño con gestores liberales que descreen de la política como forma de conjugar visiones sociales distintas e intereses contrapuestos.

    Las derechas regionales y sus aliados conservadores marchan por diferentes caminos, plagados de diferencias internas, algunas imposibles de solucionar. Unos buscan restablecer el “orden” y la jerarquía por cualquier medio, otros apelan a los consensos, caminando entre obstáculos que ellos mismos construyeron. El tiempo dirá cuál tendrá éxito.