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    La resolución de la ONU sobre los asentamientos israelíes

    Sr. Director:

    La ONU: una Gran Mentira. El 24 de setiembre 2009 el premier israelí Benjamin Nethanyau —orador consumado— se dirigió al plenario de la Asamblea General de Naciones Unidas. Lo hizo desde el mismo podio en el cual poco tiempo antes había hecho uso de la palabra el entonces presidente de Irán, Sr. Mahmoud Ahmadinejad, adalid del negacionismo del Holocausto. Con ese antecedente tan fresco, el primer ministro israelí enfrentó a los allí presentes y les dijo sin miramientos: “Esta es la casa de la mentira”.  En el anfiteatro se hizo un silencio sepulcral: nadie se atrevió siquiera a refutarlo. 

    Esas mismas palabras son las que ahora resuenan en mi memoria tras conocer la resolución  del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (NU u ONU) del pasado 22 de diciembre.  Me refiero a la resolución que resolvió condenar al Estado de Israel declarando que la actividad de asentamientos israelíes en la margen occidental constituye una flagrante violación del derecho internacional (la cita no es textual).

    A juicio de quien esto escribe, esa resolución dice mucho más sobre la ONU que sobre el Estado judío. Para ser más claros: la resolución no hace más que ratificar —si acaso alguna falta aún hacía— el inexorable deterioro ético de las NU.  

    Esta afirmación tiene un trasfondo: el ensañamiento de las NU hacia la causa judía.  No es de ahora: comenzó poco después de la creación del Estado de Israel (1948)  —a la cual las NU del 47 (Uruguay incluido) tanto contribuyeron— y continúa hasta el día de hoy.

    Algunos números ilustrarán el punto.  Primero: en el año 2015, el Consejo de Seguridad de las NU emitió un total de 23 resoluciones de condena contra Estados: 20 fueron contra Israel, tres contra el resto de todos los países conjuntamente considerados. Segundo: el Consejo de Derechos Humanos de las NU ha condenado a Israel más que a todos los otros países juntos.  Tercero: la Comisión de Mujeres de NU ha condenado a un solo país en toda su historia: Israel (país en el cual —dicho sea de paso— una mujer ha sido primer ministro, dos mujeres han ocupado la presidencia de la Suprema Corte de Justicia, o incluso, mucho más básico y elemental aún, las mujeres —palestinas incluidas— votan y tienen representación parlamentaria). 

    Quiere decir que algo así como un milésimo de la población mundial y algo más de diez milésimos de la superficie terrestre del globo concentran el grueso de los pronunciamientos del organismo internacional.  

    La paradoja no es solamente cuantitativa.  Con o sin asentamientos, Israel es la única democracia del Medio Oriente (me atrevería a dar un paso más: es también la única República de esa  región, si por tal entendemos el sistema de gobierno regido por la separación de los tres poderes del Estado). Israel ha sido y es el país del Medio Oriente que más y mejor se ha ocupado de los palestinos:  en el territorio de Israel pre-67 es (de lejos) donde mejor viven los palestinos; baste constatar que es nula la emigración palestina desde territorio israelí pre-1967 hacia los territorios ocupados.  Más allá de las múltiples vicisitudes propias de toda contienda cuyas raíces ya tienen más de 100 años, el hecho concreto es que en esta guerra ha habido un agresor y un invasor —los árabes— y ha habido un agredido e invadido —los judíos—. Hay un pueblo que santifica la vida y la paz, en tanto otro pueblo glorifica la muerte. Y si de asentamientos post-67 se trata, justo es recordar que ni habían transcurrido ocho días de iniciada la ocupación de aquel año —al cabo de una guerra (no precipitada por Israel)—, cuando el canciller israelí de la época, el recordado Abba Eban, manifestó ante las Naciones Unidas, en blanco sobre negro, el compromiso de Israel de volver de inmediato a las fronteras previas, con una única condición: el reconocimiento del Estado de Israel.

    Sr. lector: la lista es interminable. Lamentablemente, las reglas de juego en la ONU —y no solo en la ONU— poco tienen que ver con las raíces del Occidente republicano. La ONU es hoy dominada por mayorías automáticas donde las democracias son minoría y donde la búsqueda de la verdad y de la justicia no están en la agenda.

    No nos llamemos a engaño. Los asentamientos no son más que el ocasional disparador de turno.  Porque puedo aceptar que ellos sean el talón de Aquiles de la política exterior (y de seguridad) del Israel de hoy, ¿pero alguien tiene la menor duda de que si no fueran los asentamientos, a la ONU y sus secuaces no les resultaría nada difícil encontrar otras excusas para arremeter contra Israel? ¿Acaso antes del 67 no existía el conflicto árabe-israelí (y de paso: los palestinos vivían en condiciones mucho peores que hoy)? El retiro unilateral de Israel de Gaza, ¿atenuó en algo la hostilidad contra Israel?

    Capítulo aparte merecería el voto uruguayo que acompañó la resolución.  Aquí me sucede algo parecido a lo que describí más arriba en relación con la ONU: por Israel siento pesar; pero lo que siento por Uruguay es algo mucho más hondo, una mezcla de tristeza y decepción.  ¿No era posible al menos abstenerse?  Hemos deshonrado nuestra mejor tradición diplomática. 

    Mientras escribo estas líneas, consigo divisar a lo lejos la llama incandescente de las velas de Hanukkah: es la luz en medio de la oscuridad. Por eso aún tengo esperanza: porque como solía decir Tarigo citando a André Malreaux, al final el triunfo es de los hombres justos.

    J.B.