La responsable libertad y el caso Preve

La responsable libertad y el caso Preve

La columna de Gabriel Pereyra

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Nº 2121 - 6 al 12 de Mayo de 2021

Eduardo Preve es uno de los mejores periodistas que conozco. Pero es, por sobre todo, uno de esos amigos-hermanos de los varios que me ha dado el periodismo y que ellos saben bien a quiénes me refiero.

Recuerdo hace años una discusión con mi colega y amigo Pedro Cribari sobre mi exacerbado concepto de ser un liberal radical en el ejercicio del periodismo. Y recuerdo que le dije que, en aras de la verdad, estaba dispuesto a mandar al frente a mi finada madre, una señora más buena que el pan que me alimentó siendo ella empleada doméstica. Fue la forma que encontré de expresar lo que pienso de este oficio. Es cierto que mucha tinta y bits han pasado y la edad morigera muchas cosas en uno sin por ello renunciar a los principios, aunque se aprende también que, si esos principios están muy anclados, como les pasa a las sectas, más que principios son un clavo.

En el Día de la Libertad de Prensa, el despido de Eduardo Preve de su cargo de coordinador de Subrayado, el informativo de Canal 10, ocurrido unos días antes, monopolizó las redes y lo hará quizás hasta que una señora le pegue a un perro y le robe el primer lugar entre lo más visto.

La libertad de expresión no se juega solo en este caso, pero vale la pena analizarlo porque la libertad también se juega en él.

Es raro que tras 16 años en el canal echen a Eduardo cuando el informativo estaba primero en rating. Raro que lo hagan unas horas después de que los partidos acordaron cómo beneficiarán a los canales en la ley de medios. Raro que tras el despido el director del 10 visite la Torre Ejecutiva. Raro que en la discusión acerca de su despido se le haya mencionado una entrevista con Álvaro Delgado, que ni pidió Preve, ni produjo Preve y que, según me dijo el propio Delgado, a él no lo molestó la entrevista para nada.

Si los periodistas vamos a hacer de todo lo raro una noticia, esto será un aquelarre. La notica, la información digna de ser publicada, requiere de otras cosas más que solo de su condición de sospechosa.

Mencioné a Delgado porque, habiéndose comportado conmigo siempre como un caballero, hablé con él como intenté hacerlo con los involucrados, incluso sin saber si iba a publicar esta columna. Le pregunté porque quería tener todas las visiones sobre un episodio que, a decir verdad y todos lo sabemos bien, más allá de lo que digan los consultados, nunca sabremos a ciencia cierta qué llevó a Canal 10 a tomar esa decisión. Por lo pronto, el canal emitió un comunicado que, en lo sustancial, dice que la relación se había desgastado, elogia a Preve y asegura que no hubo ninguna presión del gobierno.

Y le pregunté al presidente Luis Lacalle Pou, quien me escribió por WhatsApp: “En el acierto o en el error, jamás presionaría a nadie. Creo en la libertad en serio y parte de ella es la prensa independiente”. Y dijo que desde el año pasado no se reúne con el director del 10.

Personalmente, puedo dar testimonio de que jamás Lacalle Pou insinuó alguna presión conmigo o con los medios donde trabajo o trabajé.

También puedo dar testimonio de que, en ocasiones, los dueños de los medios son más realistas que el rey, y hacen sin que nadie se los pida. No digo que este sea el caso.

Lo cierto es que una ola de tuits, ¡atenti!, similares a los que se usan para linchar a periodistas por sus opiniones, empezó a tirar hipótesis sobre llamadas del gobierno que ameritaron el despido. Gente de todo pelo exigía pronunciamientos y contaba historias alocadas, mientras que Eduardo negociaba con el canal su salida y cada tuit sobre el tema jugaba en su contra. A pesar de esos actos, contrarios a su suerte, Eduardo superó con nota, aunque con el comunicado público el canal voló una cláusula de confidencialidad que estampó en el despido. Un asunto entre un trabajador y una empresa privada.

Llama la atención, más allá de lo que ocurre en las redes sociales, que, con buenas intenciones, el gremio de periodistas (APU) haya emitido una declaración llena de conjeturas y señalamientos que no lo debería hacer nadie sin caer, quizás, en una injusticia, pero menos los periodistas, que sabemos qué hacer para acercarnos a una versión más o menos verosímil de los hechos.

Sería muy fácil para mí decir, junto con la claque, que sí, que hubo llamadas y que echaron a un amigo periodista por eso. Pero el mejor homenaje que le puedo hacer a la única persona que me interesa de esta historia, Eduardo, es comportarme como un periodista. No hacer en este caso lo que no hago en otros: abrir juicios sin pruebas, tirar suspicacias porque queda bien, sospechar sin preguntar.

Ahora, una cosa es una cosa y otra, otra. ¿Personas del gobierno están llamando a los medios de una forma que no había ocurrido en los últimos lustros? Sí. Pero lo puedo afirmar porque a compañeros de trabajo les pasó. Y porque hubo directivos de medios que les dijeron a sus periodistas de esos llamados. ¿Y por qué no informaron? Quizás les pareció lo mejor para su trabajo y su posterior ejercicio de la libertad. Un comunicado denunciándolos le daría mucha importancia a gente que no la tiene y que está muy lejos de ser una amenaza para la libertad, sobre todo porque el poder de publicar o no está en manos de los medios. Si esa fuera siempre la actitud, las presiones serían anécdota.

Pero la vida no es perfecta. Estos matones de última hora, que encaran a noteros para cuestionarlos, quizás reciban lo suyo. Los políticos deberían recibir clases que les muestre, por ejemplo, qué pasa con la imagen del periodista en una redacción cuando se entera que un político llamó al director, un director que está en 10.000 cosas mientras que el notero solo está para informar. ¿Cómo esperan que algunos periodistas actúen luego con ellos? Y lo digo sabiendo que es un error usar la profesión para picanearlos, pero, al fin y al cabo, todos somos humanos y nos podemos equivocar.

La libertad de expresión se defiende prestigiando la profesión, permitiendo que los periodistas cobren sueldos que no sean de hambre, que les permita formarse, querer lo que hacen y quererse a sí mismos; se prestigia cuando los partidos llaman al orden a legisladores y legisladoras que escupen por el colmillo cuando hablan de los trabajadores de los medios (y cuya credibilidad es espantosa, según el Latinobarómetro); se prestigia no aprobando leyes abusivas que beneficien a los más poderosos mientras se olvidan de medios del interior del país que llevan con la información la civilidad a esos pueblos olvidados, donde vaya si hay colegas que tienen que soportar las impertinencias del mandamás de turno.

Pero cada país tiene los políticos que se merece. Cuando uno ve en redes sociales que no son la realidad, pero son una parte de ella, a miles y miles de ciudadanos que participan del linchamiento de un periodista, gente que porque puede hacer oír su voz se cree que está ejerciendo un oficio que tiene sus códigos, sus reglas y al que miles accedieron luego de estudiar años y años (no es mi caso). Un oficio en el que hay que dar la cara por lo que uno opina y asumir las responsabilidades éticas y judiciales que emanen de ello. Un oficio que está obligado a hacer lo posible por acercarse a la versión más verosímil de los hechos por caminos que, lamentablemente, no parecen haberse recorrido en el caso que involucró a mi amigo Eduardo.