En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
* Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
¡Hola !
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
El modelo político y social que Bernardo Berro articuló en sus escritos tempranos, y que luego intentó materializar durante su participación en diferentes gobiernos, especialmente durante su Presidencia (1860-1864), era una contracara al modelo dominante en la región y representaba una furibunda crítica a la influencia cultural e ideológica francesa y a la aplicación de los principios que esta influencia aportaba a través de los caudillos: verdadera causa y consecuencia del estado de atraso general en las nuevas repúblicas latinoamericanas.
¡Registrate gratis o inicia sesión!
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
Al modelo francés, Berro, al igual que más tarde su discípulo y correligionario Herrera, anteponía el modelo anglosajón. El pueblo anglosajón, repetía el joven líder nacionalista de una y tantas maneras, había conseguido sus libertades y derechos en forma orgánica a lo largo de muchos siglos. A un paso le había seguido otro.
Pero esas libertades, ¡y esto es de fundamental importancia!, no fueron buscadas “como un derecho abstracto, sino como medio indispensable de conseguir un bien real que sin ella les sería negado”.
¿Qué significa esto? Esto significa que los anglosajones no habían luchado por su libertad por la libertad en sí, como un bien supremo, único y despojado de otras connotaciones, sino que por el bienestar material que solo la libertad les podía dar. Bienestar material y libertad eran por ende dos caras de la misma moneda. Elementos indisolubles. Sin el uno no podía darse el otro.
El histórico amor por la libertad que encontramos en el seno del pueblo anglosajón se debía, pues, al hecho de que la libertad implicaba un mayor bienestar material. Esas conquistas de creciente libertad y mayor bienestar material eran orgánicas, lentas y graduales, lo cual les daba una sólida estabilidad pues eran entendidas, compartidas y defendidas por el grueso de la población.
Una consecuencia directa de esta relación, señalaba Berro, era que ni el pueblo inglés ni el norteamericano perseguían la libertad como algo especulativo (como un fin en sí) sino que por las ventajas concretas y tangibles que la misma traía aparejadas. Por eso también, en el discurso anglosajón sobre las luchas por mayores libertades, tanto la metafísica y el derecho natural eran cuestiones secundarias o inexistentes, mientras que las aspiraciones de mayor bienestar económico y social eran prioritarias y concretas.
Y acotaba el líder blanco a raíz de los beneficios de una mayor libertad: “En Norteamérica especialmente, como es sabido, sus aplicaciones son siempre enderezadas a la consecuencia de un bien material, no a la satisfacción de derechos abstractos, que solo entran en juego subordinados a los primeros”. En la vereda de enfrente, Berro ponía el ejemplo francés, caracterizado por revoluciones que eran cien por ciento “obra de la filosofía y no del común del pueblo”.
Debo abrir un paréntesis. Quisiera recalcar en este punto del razonamiento que justamente este aspecto defendido por Berro como algo positivo es uno de los temas más criticados por Rodó en su Ariel, quien en esa identificación de libertad con beneficio económico (“utilitarismo”), característico de la sociedad estadounidense, veía una rotunda muestra de inferioridad de los anglosajones frente a los latinos.
El elemento básico de este supuesto rodosiano encaja a la perfección con las características del pensamiento hegemónico en América Latina, según el cual la libertad es un fenómeno independiente y tiene un valor propio muy superior al del bienestar material.
Establecidos estos polos opuestos, el líder blanco señaló a propósito de la alternativa gala: “Alimentados con las doctrinas filosóficas del siglo, revestidas de las exageraciones francesas, sin precedentes prácticos ningunos y despreciando en su mente sus antiguos fueros y libertades (…), comenzaron a desdeñar los recuerdos históricos y a separarse de todo lo establecido para engolfarse en un mar de sistemas y teorías, a cuál más rapsódica. En vez de estudiar al hombre y considerarlo como es en sí, lo construyeron a medida de su deseo y forjándose un mundo imaginario, emplearon todas sus fuerzas intelectuales, toda la energía de su voluntad, en creaciones y en actos fuera de término y medida”.
Esa actitud explicaba que a medio siglo de la Revolución Francesa y de la Declaración de los Derechos Humanos, Francia permanecía aún en el terreno de las exageraciones, “aborreciendo lo pequeño, repugnando lo práctico, fastidiándose de lo común y vulgar y por último buscando la libertad en idea, construyendo la sociedad en idea, reformando el mundo en idea y ahogándose en idealismo cuya aplicación no se hace al hombre puro que creó Dios ni a la naturaleza que vemos, sino a otros entes y a otros países que ellos se crean para que salgan bonitas y ajustadas a principios sus creaciones”.
El tiempo pasado no ha logrado hacer mella en estos planteos.