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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLas mentes abiertas de América Latina. En una nueva vuelta de tuerca, a las que ya nos tiene acostumbrados cierta dialéctica revolucionaria, vemos al sentido común y a la humanidad encerrarse entre paréntesis para dar paso a la interesante afirmación de que en Venezuela no ha existido ni existe otra cosa que una rotunda democracia. Paradójicamente, luchadores de la libertad, militantes de los derechos humanos y defensores de los trabajadores deponen momentáneamente sus armas, forjadas en la lucha contra la opresión, para unir voces en alabanza a la opresión que un régimen tiránico ejerce sobre sus gobernados, y que ya ha cumplido la última etapa de su muda de piel en una inequívoca dictadura: la neutralización de un Parlamento representativo y elegido por el pueblo.
Detrás de la farsa democrática y la impostura libertadora que a nadie engañan, sino a quien quiere ser engañado, la situación de miseria material y moral en que viven millones de venezolanos exige una radical toma de conciencia por parte de todos los latinoamericanos que hoy tienen la suerte de no estar viviendo esa pesadilla desde adentro. ¿Quién podría permanecer impávido frente a esta tragedia? ¿Quién podría negar la abrumadora realidad de un sufrimiento humano que se multiplica por miles y millones? ¿Quién podría desestimar la urgencia y la legitimidad de este grito desesperado de un pueblo que ya no se siente representado?
Con asombro vemos, sin embargo, cómo desde este país de sólidas convicciones -y prácticas democráticas y republicanas, surgen voces prefabricadas que niegan, minimizan o tergiversan el cataclismo que sacude al hermano país, ya sea cuestionando su misma existencia, ya sea despachándolo como un mero “problema de gestión” (novedoso eufemismo para el terrorismo de Estado), ya sea demonizando y cargando el peso de la culpa en los hombros de la oposición, ya regodeándose cínicamente en la estéril formalidad de una originaria elección democrática del presente gobierno, la cual recubriría de una prístina legalidad todos los abusos, todas las arbitrariedades y todos los crímenes perpetrados por el Estado, en nombre de la revolución bolivariana. También Hitler accedió al poder de manera democrática: ¿acaso alguien justificaría o minimizaría por ello todo lo que vino después?
¿Cómo se hace posible esta fantástica escisión entre la teoría y la realidad, esta dualidad de criterio sobre un tema tan fundamental como es el de los derechos humanos? Porque negar la realidad del caos venezolano es negar el derecho de millones de personas a expresar su sufrimiento, es negar el sufrimiento mismo, es militar selectivamente en la supresión de los derechos humanos para un determinado sector de la realidad. Negar esa realidad es más que simplemente permanecer indiferente: es ser cómplice de una formidable campaña de aniquilamiento de la voluntad de autodeterminación del pueblo en nombre del pueblo. ¿Por qué se desvía la mirada? ¿Por qué se justifica la tiranía? ¿Hay derechos más humanos que otros? ¿Hay humanos con menos derechos que otros humanos? Ya se quisiera responder con un rotundo no estas dos últimas preguntas; sin embargo, luego de ver cómo cierta dialéctica ha dividido al mundo en dos mitades irreconciliables, aplicando a una de ellas una implacable microfísica del poder que la desmenuza hasta nivel subatómico en su irredimible y tenebrosa maldad, mientras a la otra le estira un cheque en blanco con la más absoluta impunidad para mejor allanar el camino revolucionario, nos damos cuenta, con amargura, que tal vez sí, después de todo, existan seres humanos con menos derechos que otros. Por ejemplo, aquellos desafortunados que actualmente sufren bajo el yugo de un dictador afín.
¿Cómo se llega a esta hipocresía constitutiva, a esta ceguera voluntaria, a este despotismo de lo real que destruye todo lo que no encaja dentro de su obnubilada y estrecha visión de las cosas? En este caso, se destruye de un plumazo, mediante una negación, el derecho de un pueblo a su existencia como soberano. Lo que a unos se les otorga, a otros se les niega. ¿Cómo es posible tragarse tanta cantidad de sangre sublimada en utopía y aún sentarse a la mesa y pedir más?
Tal vez debido al orgullo de profesar el ideal de un mundo mejor. El orgullo es el mejor antídoto contra la culpa. Gracias a él se endurece el corazón y se justifica la muerte de los estorbos en el camino a ese mundo como un evento necesario y hasta saludable, digno de ser emulado, y que en modo alguno deberá despertar el menor atisbo de compasión en el alma del iniciado. El orgullo que mantiene el juego de una dialéctica cuya prometida síntesis nunca llega, cuya dicotomía crea conciencia solo para la violencia y el odio, y cuyo ideal es el automatismo mental y moral. El orgullo del que siempre encuentra la raíz del mal en el adversario. El orgullo del que ni aun en el error da el brazo a torcer.
Tal vez debido a la íntima convicción de que el fin justifica los medios, de que es lícito matar y robar (al Estado, cuando no se está en el poder, y desde el Estado, cuando se tiene el poder), de que es lícito prostituir a una democracia en la que no se cree, incubándole una bomba de tiempo en su generosa matriz; de que es válido acallar la voz de millones a fuerza de aplausos y silbidos, repitiendo hasta la sordera el insidioso mantra criollo de la liberación nacional.
Tal vez debido a una ilusión juvenil, virgen todavía de su primer desengaño, que candorosamente se resiste a ver a sus endiosados profetas de la liberación erigidos en dictadores: profetas que subrepticiamente violan la niñez de la conciencia, impeliendo a la definición prematura y a la lucha, instilando rencor y odio, transformando al mundo en un tablero de damas en el que los seres humanos -y sobre todo los más jóvenes cumplen el papel de meras fichas.
Tal vez debido al sopor académico de quienes habitan los mundos de la teoría y la abstracción, prontos a tapar el sol con un tecnicismo, pero incapaces de abrir su corazón al ser humano de carne y hueso que se arrastra bajo sus narices sobre todo si ese ser humano parece contradecir tantos volúmenes y tantas estadísticas; sobre todo si ese ser humano no es políticamente correcto. Tal vez debido a una conveniente negación del hombre de carne y hueso actual gracias a una irresponsable (y desalmada) extrapolación de un supuesto estado de paz y felicidad del hombre del futuro, correspondiente al fin del tiempo histórico.
La polarización de atributos negativos en una mitad de la realidad como en una pintura de San Miguel Arcángel o de San Jorge, esa especie de política de la paja en el ojo ajeno, han contribuido quizás a esta visión sesgada de los derechos humanos, que los enarbola con bombos y platillos o los ignora impunemente según los intereses y las conveniencias de la hora, que pinta las calles de silencio y de impunidad para con el pueblo venezolano. Silencio que no deja de ser significativo, ya que nos conduce a preguntarnos si no habrá en este país personas para las cuales haya algo que esté por encima del valor de la vida humana, una instancia de suspensión de los derechos de todos los que no comulguen con sus ideas, una suerte de justificación de la negación del derecho del otro a disentir, a tener una visión distinta, y a poder convivir en paz con ello.
Venezuela es solo uno más de los casos en que la facultad individual de juzgar queda sometida al patoterismo de una dictadura mental, que sustituye el fuero íntimo por un recetario digno de papagayos, cuyo ingrediente principal siempre es echarle la culpa a alguien más, y negar todo lo que se encuentre fuera de los límites de su monocromática simetría.
Afortunadamente, la realidad siempre es más compleja y rica de lo que los dualismos, o quienes se aferran a ellos, pretenden hacernos ver. A modo de ejemplo: el 23 de agosto de 1939, los dos totalitarismos más formidables de Occidente, el de Hitler y el de Stalin, sellaban sus ambiciones expansionistas con el pacto Ribbentrop-Molotov, en el cual, además de la no-agresión mutua, acordaban repartirse (mediante una cláusula secreta) la mitad de Europa del Este para cada uno. Ese momento, en el que dos genocidas representantes de dos movimientos vistos hoy como antitéticos se dieron la mano, debe abrirnos los ojos sobre la verdadera naturaleza de los totalitarismos cuyos extremos se tocan y sobre los discursos que quieren hacernos creer acerca de un mundo dividido en buenos y malos, o en imperialismo y liberación nacional, o simplemente en negro y blanco, como lo que realmente son: un bozal para la libertad de expresión y una trampa para el entendimiento.
Mientras no comprendamos que nuestro futuro depende de una apertura hacia el mundo y hacia la historia, libres de prejuicios y de atavismos, nuestras mentes seguirán drenando lentamente y la sociedad con ellas a través de las heridas que nosotros mismos decidimos seguir cavando.
Guillermo Cedrez
CI 3.513.805-2